Diario de León

Adiós a una gran dama de la escena española

Amparo Soler Leal fallece en Barcelona a los 80 años y despide una carrera de más de seis décadas en las que tomó parte en 200 obras teatrales y ochenta películas.

Imágenes de las interpretaciones cinematográficas y teatrales de la actriz.

Imágenes de las interpretaciones cinematográficas y teatrales de la actriz.

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miguel lorenci | madrid
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Empezó en el teatro con 14 años y se mantuvo activa en las tablas y los platós más allá de los setenta. Amparo Soler Leal, discreta gran dama de nuestra escena, falleció este viernes en Barcelona a los 80 años a causa de una insuficiencia cardíaca. Protagonista de una de las carreras más sólidas, coherentes y respetadas de su oficio, a lo largo de casi siete décadas tomó parte en 80 películas y más de 200 producciones teatrales.

Actriz intuitiva, «de tripas, no de métodos», dijo, dio lo mejor de sí a las órdenes de Buñuel, Berlanga o Pilar Miró en películas como El discreto encanto de la burguesía , la trilogía Nacional o El crimen de Cuenca, donde demostró su capacidad para ser eficaz y conmover en la comedia y la tragedia. Pero ella se tenía por una actriz de teatro, al que dedicó el grueso de su carrera y por el que literalmente se arruinó, al formar compañía con su primer marido, el también actor Adolfo Marsillach.

Comprometida, eficaz y serena dama del teatro y el cine, supo dar lo mejor de sí en la oscura escena franquista y en la colorista y esperanzada España democrática. Hija de la actriz Milagros Leal y del director de teatro Salvador Soler Marí, nació durante una gira de sus progenitores, pero sería empadronada en Madrid el 23 de agosto de 1933. Amparo Soler Leal estaba predestinada a escuchar el canto de Talía y subirse al carro de la farsa. Su padre fue represaliado por rojo, republicano, catalán y liberal y su madre era una actriz franquista, españolista y ultracatólica estricta, la inolvidable Celestina de José Tamayo.

Estudió con Luis Escobar en el María Guerrero y su primer éxito llegó en este mítico teatro con Historias de una casa , de Joaquín Calvo Sotelo. Se aventuró después en producciones comprometidas y exigentes con piezas de Alfonso Sastre y de Luigi Pirandello que dirigían Bardem y Adolfo Marsillach. La actriz creó su propia compañía para interpretar sobre todo a Chéjov y después el grupo Teatro Realista. Abordaría todos los grandes clásicos con títulos como Vestir al desnudo, La zapatera prodigiosa, Las buenas personas, La gaviota, Ondina — que le dio en 1959 el Premio Nacional de Interpretación—, ¡Ay, infeliz de la que nace hermosa! o La señorita Julia, de August Strindberg, que protagonizó en 1975 y marcó su primer adiós a las tablas para volver en 1993 con la ‘Amanda’ que representó en Barcelona.

Al cine por ruina

Sus fracasos empresariales en el teatro la dejaron en la ruina y probó suerte en el cine. Debutó en 1953 con Así es Madrid, de Luis Marquina. José María Forqué la reclamó en 1960 para Usted puede ser un asesino con Alberto Closas y José Luis López Vázquez. Lo que debía ser un «papelito» acabó otorgándole otro Nacional de Interpretación.

Fue un exitazo que ratificaría con la legendaria Plácido que Berlanga rodó en 1961. Con Berlanga repetiría en la trilogía que conformaron La Escopeta Nacional , Patrimonio Nacional y Nacional III, con La vaquilla , Todos a la cárcel y París Tombuctú . En total siete películas que le permitían definirse como ‘Chica Berlanga’. Se la rifaron todos los grandes cineastas y trabajó con Luis Buñuel, Pedro Olea, Jaime de Armiñán, Fernando Fernán Gómez, Pilar Miró, José Luis García Sánchez, Jaime Chávarri y Pedro Almodóvar que la consolidaron como una de las intérpretes más sólidas de nuestro cine. Encadenó títulos como El discreto encanto de la burguesía, que Buñuel rodó en 1972, Bearn, El crimen de Cuenca, Las bicicletas son para el verano’ o ‘ ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, y Por fin solos.

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