Julio Llamazares. escritor
«¿Dónde están ahora quienes decían que el minero era un privilegiado?»
Siendo sólo un monaguillo asombrado atendió, en la iglesia de Olleros, a los sepelios de muchos picadores caídos en la cuenca de Sabero. Hoy, Llamazares, autor sensible con los problemas de la minería donde los haya, que prepara nueva novela y encara la última parte de sus ‘Rosas de piedra’ abre el curso de la Fundación Antonio Pereira con su conferencia ‘Oficio de mentir’.

El narrador leonés Julio Llamazares (Vegamián, 1955).
Como escenas de cine antiguo —no mudo pero que deja con pocas palabras a quien las contempla—, observa Julio Llamazares los rostros de la tragedia, con su mensaje de incomprensibles dolor y rabia, y le transportan a otra época, a otros momentos de la historia y de su propia vida. Y a pesar del drama que el escritor confiesa haber sentido muy cerca, vuelve hoy Llamazares a su tierra para impartir magisterio en la apertura del curso de la Fundación Antonio Pereira. El tema de la conferencia, su vocación y su trabajo cotidiano, ese fabulador Oficio de mentir .
—¿Qué pensó cuando escuchó la noticia del accidente de Llombera? ¿Pensó en desgracias similares de hace tiempo?
—Me ha impresionado mucho, de verdad. Pero es que esta desgracia es proporcionalmente más grande que hace tiempo, cuando había cinco veces más mineros en la provincia. Es como si el número de víctimas lo multiplicáramos por dos o por más, eso nos indicaría la verdadera dimensión del suceso.
—¿Qué escenas le vinieron a la mente?
—Todo esto me ha recordado cuando en Olleros hacía de monaguillo y asistía a entierros de mineros, más o menos cada dos o tres meses había un accidente grave, y todas aquellas sensaciones se me han removido con estas muertes.
—¿Tendrá palabras para el colectivo hoy en el auditorio de la calle Santa Nonia?
—No lo dudes. Ya tengo preparadas unas palabras de homenaje para los mineros muertos... y también para los mineros vivos. Quiero referirme a todo lo que están viviendo las cuencas. Han muerto seis personas, sí, pero lleva ya tiempo muriendo un oficio y también un territorio, es una tragedia que trasciende su dimensión puntual. Además, gente joven... es una pena.
—¿Proporciona esto algún mensaje, alguna conclusión?
—Pues mira, por lo menos a partir de ahora nadie podrá decir lo que en algún momento hemos escuchado de que los mineros son unos privilegiados... eso se dijo. ¿Dónde están ahora quienes decían eso? Que personas, políticos, hayan podido decir ese tipo de cosas sobre gente que se pasa ocho horas trabajando a 700 metros de profundidad es un verdadero insulto, y nos dice mucho sobre la catadura moral de quien lo pregona.
—‘Oficio de mentir’....
—La conferencia que hoy voy a ofrecer en Santa Nonia trata del oficio (o lo que sea esto) a lo que me dedico. La ficción se parece a contar mentiras, sí, pero la ficción es más bien la otra cara de la verdad, no lo contario de la verdad. Y voy a rendir homenaje a uno de los grandes ‘mentirosos’ de nuestra literatura, Antonio Pereira. Mentiroso en ese sentido que te digo de los dos tipos de mentiras: el que la practica persiguiendo un objetivo perverso y el que la cultiva con idea de que quien la lea o la escuche piense y sienta más que lo que piensa y siente habitualmente.
—¿Piensa en los políticos, cuando habla de ese primer tipo de mentiras?
—No sólo. Todos mentimos. Continuamente. Aquella es mala en términos morales, y hay otra, diríamos buena, que se cuenta o se escribe para desatar la imaginación y para ayudarnos a vivir mejor. Pero la mentira interesada la practica todo el mundo. El paisano que entra a un bar y dice: ‘Pásame el periódico a ver qué mentiras cuenta hoy’, ese miente a la mujer, al médico, al jefe y a todo el mundo. Siempre pensamos que mienten más los otros a pesar de que todos lo hacemos sin parar, ¿y por qué? Porque ya de pequeños nos inculcan que decir siempre la verdad te traerá problemas.
—¿Quién fue, a su juicio, Antonio Pereira? ¿Qué altura literaria alcanzó?
—Para mí fue uno de los más maravillosos autores en lengua española de la segunda mitad del siglo XX, perfectamente comparable a Torrente Ballester y a muchos otros de ese período. En León hemos tenido la suerte de contar con grandes fabuladores, y fue un privilegio haber podido escuchar y compartir momentos con Pereira, fantástico narrador tanto oral como por escrito, y hombre de una imaginación portentosa.
—Y su humor...
—Y su humor. Tenía esa retranca berciana, que es más dulce, menos ofensiva, que la del otro lado del Manzanal, y un cierto tono erótico que llamaba ‘erótico-diocesano’, más de sacristía, que nunca sobrepasaba los límites de la corrección. Y me gustaría decir, además, que Antonio Pereira no tuvo suerte en lo que a reconocimiento público se refiere fuera de su tierra natal, es decir, que éste no corrió parejo a sus enormes calidad y talento. Son cosas de la vida, está el talento, está el trabajo, y también está la suerte.
—¿Con qué proyectos concretos anda enredado ahora?
—Pues con la segunda parte del proyecto sobre las catedrales de España ( Las rosas de piedra ), y también con nueva una novela pero que aún está cocinándose... es pronto todavía para hablar de ella.
Lugar: calle Santa Nonia, 4.
Hora : 20.00.