MINORÍAS ABSOLUTAS
El capital
Mañana hará cien años del nacimiento de un hombre cuya voluntad para saciar al mundo de su hambre de humanidad, le hizo renegar de creencias totalitarias que buscan una fe que no deja evolucionar al individuo. «La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas» dictó en su día Albert Camus.
Hoy en día ese vaticinio, esa sentencia, no es más que una realidad lamida y relamida por el curso de los mercados y las carreras en estampida de los políticos para pasar un fin de semana relajados a la sombra de la desesperación ajena.
Amigos, a pesar del patetismo que generan nuestros representantes en el congreso, con esas huidas televisadas y sus correspondientes justificaciones lamentables, del tipo «legalmente cumplí con mi horario» o «tengo derecho a comer con mi familia» (uno debería aprender esas frases y soltárselas al jefe cuando le pide que se quede una hora más o cuando le trasladan a trabajar a la otra punta del país sin pluses y sin importarles si su familia vive cerca, lejos o en entretiempo), decía, que a pesar de ese patetismo, la verdadera ampolla, el problema real, está en el todopoderoso afán de los mercados por hacernos cosas vendibles y canjeables. Por tener tan claro que nuestra vida, la del ser humano, no es diferente de cualquier objeto con el que intercambiar ese valor chabacano que confiere el dinero. Hace unos días pude ver una película que atiende con cierta lucidez y sin la vergüenza que genera la descarada obviedad, los valores y ambiciones que mueven el mundo desde el epicentro del sistema. Ese que aclama como deidad al peor de los dioses que la humanidad ha tenido hasta ahora: El capital.
La película, titulada El capital (así, sin metáforas) del director franco-griego Costa-Gavras, no pretende sorprendernos con una imagen inusitada y ficcionada. Sin embargo, su realismo y la incomodidad que genera, me parece una cura para los muchos que de vez en cuando volvemos a la ceguera del tedio. Al conformismo a pesar de todo, a la inacción por esa falsa creencia de que el cambio no está en nuestras manos.
Muchos verán esta película y apenas bostezarán, por entender como cotidiano lo que ven. De esas personas, me compadezco profundamente. Son personas que asumen su condición de objetos sin más.
Cierto es que el principal elemento de control de los mercados y su desorden ético deberían ser los órganos de gobierno que los ciudadanos elegimos para ese fin. Pero cuando la estampida se hace visible, uno ha de generar nuevos caminos. Alternativas que desde el ligero alcance que cada uno podemos tener, hagan una pequeña mella en el sistema en favor del cambio. «Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo» decía Camus. La manera de relacionarnos, de generar confianza en los valores primigenios de una sociedad (honor, lealtad, solidaridad, etc.) es imprescindible y vital desde una base: la nuestra, la del día a día. Ajena a las élites y a su capital inerte. Siendo personas haremos comunidad.