MINORÍAS ABSOLUTAS
Mordaza
Se confunden las masas. Su rebelión no tiene cabida en la hegemonía de los lapidadores. Tenemos el mal gusto de anunciar nuestro hambre, de anunciar con angustia la desolación que vivimos o viven amigos nuestros, vecinos y vecinas de nuestra vergüenza. Nos debemos confundir todos en masa y vemos con tristeza cómo se nos impone la barbaridad sin hacernos bárbaros nosotros. Cada día que pasa se va regulando esa idea que algunos teníamos de que las ideologías no se pueden perder. Y nuestros dirigentes están empezando a ser consecuentes con esas que visten.
Ahora entiendo todo mejor. Porque cuando uno ve al lobo vestido de cordero, acaba por pensar si pese a las ovejas muertas que hay cada día, no será fruto de la casualidad o de la mala fe de uno el hecho de sospechar del citado cordero. Pero gracias a la coherencia, ya no hay disfraz. Hemos de agradecer esa transparencia ideológica a nuestro gobierno.
Se ha encumbrado el ejército político (ya no puedo llamarlo gobierno) en España con su llamada Ley de Seguridad Ciudadana. Una ley que se apropia de lo que es ético y de lo que no lo es. Una ley hecha sin duda por refundadores de la razón humana. Grandes filósofos que cuidan del pensamiento y su posible derrame. Una ley hecha, sin duda, por dios. Porque sí, así debe entenderla uno. Como adoctrinamiento. Como dogma de fe. De lo contrario, todos saldríamos ahora mismo a la calle y derogaríamos este gobierno que nos quiere callar, amordazar la conciencia y la libertad de opinión.
Una ley que criminaliza la trasparencia de acción (ningún daño puede hacer que graben a un funcionario en su labor pública –y un policía lo es-, o eso nos vendieron a los ciudadanos cuando pusieron cámaras por todas las esquinas); una ley que criminaliza al que no piensa igual, manifestando su disconformidad; una ley que se apropia de lo que es de todos, como lo son los edificios públicos, y los utiliza con vileza para alejarse del pueblo. Una ley que te indica cómo, cuándo y cuánto debes oponerte a lo que piensa el poder. Una ley diestra que se coloca a la diestra del mismísimo. Rememorando sin duda viejos tiempos que no estamos dispuestos a revivir.
«En los países y épocas en que la comunicación se ve impedida, pronto todas las demás libertades se marchitan. La discusión muere por inanición, la ignorancia de la opinión de los demás se convierte en rampante, las opiniones impuestas triunfan», dice Primo Levi.
Y ahí nos quieren dirigir, con el miedo a los escraches pero sin vergüenza para asumir los errores que hacen que el pueblo reclame responsabilidades. En Alemania –ya que siempre sacan a ese país a colación- apenas saben qué es un escrache. También es verdad que apenas descubren una anomalía de un político, la vergüenza de éste le impide ser representante digno, y dimite. No son necesarias reglas inquisitorias, tan sólo ética. Con ella el pueblo avanzaría a favor de quien la suscribe. Si avanza esta ley, disentir se convertirá en un crimen de estado, y la democracia en España será tan sólo un anhelo en los libros de texto.