El pintor que sueña monstruos
El artista leonés Karlos Viuda expone sus dibujos en Vela Zanetti.

El artista leonés Karlos Viuda.
La imagen de Karlos Viuda es la de un feliz oficinista. La de un funcionario que vive relajado después de conseguir el sueño de haberse ganado un puesto vitalicio tras duras oposiciones. Pero nada más lejos de la verdad, Karlos Viuda es uno de los pocos leoneses que se dedican al arte en jornada completa y que tras resolver sus tremendos problemas de subsistencia… son capaces de mostrar siempre una sibilina sonrisa. Y si las cosas van menos mal lanzar al aire una sonora carcajada.
Viuda es feliz en la penumbra de su ático. No se imaginen un piso espacioso y de enormes terrazas. Su ático es un lugar de techos inclinados y espacios más bien pensados para los enanitos de Banca Nieves. Y ahí se pasa la vida, en ese reducto personal e intransferible funciona su mente a mil revoluciones por segundo.
El artista, ya no tan joven, sigue sorprendiendo cada vez que expone su obra. El plazo máximo que se otorga a sí mismo para poner en valor su trabajo es de dos años. Y en este tiempo, además de buscarse la vida de la mejor manera posible, es capaz de ofrecer al espectador de su nueva exposición una obra totalmente diferente, unos dibujos o unas pinturas que nada tienen que ver con lo hecho anteriormente… aunque siempre, siempre en sus trabajos se ponga de manifiesto la peculiar personalidad del artista.
Ahora llega a la Fundación Vela Zanetti su nueva exposición cuyo título (a veces el artista es algo retorcido) Biömorfikamëcanika, y cuyo pequeño catálogo (ya saben que el Ayuntamiento no aporta ninguna ayuda) nada tienen que ver con los deliciosos e inquietantes dibujos que la conforman.
Pero de esa colección de pequeñas maravillas tridimensionales mucho mejor que nosotros habla Antonio Gamoneda, que ha ilustrado la muestra con sus poéticas palabras. «Una cita -dice- de acero enloquecido entra en sí misma y sale de sí misma. Hiende la osamenta y los frutos, dispersa los residuos esféricos, roe las pértigas, enardece los látigos, decapita los bronces. Baja a las celdas del óxido. Regresa a los anillos. Descansa. Pesa en silencio. No. Nada es verdad. A no ser, únicamente, acaso, el furor de las cintas. Hay enseñanza, pero la realidad anuncia su mentira. ¿Qué es una mentira en las entrañas del acero? Descienden cabellos desprendidos de la ira. Desciende la incandescencia volcánica».
Se ha sumergido el poeta en los intrincados laberintos grises que Viuda propone. Amasijos de seres orgánicos, de despojos, de elementos minerales y mágicos. Propone el artista un recorrido iniciático para la mirada del espectador. La obliga a penetrar dentro de la maraña que ha inventado y que quizá represente una primavera pos-atómica, o el caos de donde todo nació hace incontables milenios. Pero dejemos que la clara visión del poeta siga ayudándonos a caminar por el laberinto: «¿Quién vierte llamas y cabellos sobre la sed de las serpientes? ¿Qué es este mundo, esta mecánica arterial, esta tortura silvestre? No hay salvación. No hay raíz de existencia en la selva de acero. ¡Ah de los nudos, ah de las serpientes!».
Y Gamoneda se rinde ante la las trampas visuales que Karlos Viuda propone: «No hay nada que decir ni comprender -asegura- . Ver. Sólo ver. Esta belleza cruel. Su víscera, su dentadura elemental, su vértigo. Aún y para siempre, solo la mentira es verdad. Cierro mis ojos».
Dejamos dormido, quizá asaltado por terribles pesadillas, al poeta que nos ha servido de guía para circular por el laberinto gris de Karlos Viuda. Y dejamos al pintor soñando hecatombes en lo alto de su estratosférico estudio.