El sastre de Bruce Springsteen y su amplia colección de retales

El ‘Boss’ vuelve con ‘High hopes’, una mezcolanza de canciones inéditas y descartes.

El cantante Bruce Sprinsteen en uno de sus últimos conciertos en España.

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óscar bellot | madrid
León

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De alguien tan reverenciado como Springsteen se espera siempre lo mejor. Instalado desde hace casi cuatro décadas en el pináculo del rock and roll, cada lanzamiento es aguardado con la esperanza de la llegada del relato definitivo de la América urbana. Sus letras se erigen en la Biblia tanto de aquellos sectores descontentos con el devenir del país de las barras y las estrellas como de quienes aplauden el rumbo emprendido. Quizás ahí radique buena parte de su magia, en su capacidad de satisfacer por igual tanto a los más liberales —con un Working on a dream alumbrado bajo el fulgurante destello que acompañó la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca— como a los más conservadores —ejemplo supremo fue la apropiación, por mucho que le pesase al de Nueva Jersey, por parte de Ronald Reagan de su Born in the USA en los años ochenta—. Mas los ‘dioses’ también tienen derecho a un momento de esparcimiento, y precisamente eso es lo que ocurre con el nuevo trabajo del ‘Boss’, que llega a las tiendas el 14 de enero, apenas medio mes después de que Amazon descubriese por error el pastel que había horneado en esta ocasión Bruce. Quien anhelase un nuevo grito desesperado contra las pequeñas y grandes tragedias que asolan el mundo, en la línea de Darkness on the edge of town o Nebraska , o un certero disparo contra las oscuras fuerzas que han sumido a los ciudadanos en la más delicada situación económica desde los tiempos de la Gran Depresión, como ocurría en el más reciente Wrecking ball , se llevarán un chasco. Lo harán igualmente los amantes del Springsteen más luminoso, ese que rezumaba esperanza en el ya mencionado Working on a dream. Y qué decir de aquellos nostálgicos del perfeccionismo rayano en la obsesión que llevó al artista que por entonces aún aspiraba a consagrarse a plantearse hasta el último momento el descarte de un Born to run que le asentaría definitivamente entre los más grandes. Nada de eso emana de High hopes , un disco lleno de retales. Claro que el sastre encargado de manejarse con ellos no da puntada sin hilo.

El décimo octavo

Puede que no le acompañe en esta ocasión un brillo cegador, pero ya quisieran para sí sus compañeros de profesión tamaños sobrantes con los que componer un traje como el que presenta el autor de Thunder road. Grabado entre Nueva Jersey, Los Ángeles, Atlanta, Nueva York y Australia, el décimo octavo álbum de Springsteen recoge lo que, según él, es «parte del mejor material sin publicar de la pasada década». Una declaración un tanto grandilocuente pero que no anda tampoco desencaminada. Se trata de un compendio de canciones inéditas unidas a otras que en su día fueron descartadas por el músico al no encajar en los proyectos que por entonces tenía entre manos, más una serie de versiones de temas propios y ajenos. Una maraña sobre la que vuelve a operar el hechizo de la E Street Band —con un lugar muy especial para dos miembros tristemente desaparecidos como Clarence Clemons y Danny Federici— y en el que otros que todavía continúan junto al ‘Boss’, como Nils Lofgren, quedan en un segundo plano en beneficio del nuevo protegido de Bruce, Tom Morello, quien desempeña un destacado papel en varios de los cortes del álbum. Así ocurre en el tema que da título al álbum. High hopes fue escrita por Tom Scott McConnell en 1987 e integrada por The Havalinas en su repertorio. Springsteen la hizo suya ocho años más tarde y la incluyó en el EP Blood brothers. Ahora, le introduce un ritmo más acelerado y el exguitarrista de Rage Against The Machine le aplica su particular barniz.

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