Reclamos con clase
Crítica de televisión rosa belmonte
Dice Pepe Sacristán en una entrevista en Vertele que él no es reclamo en Velvet. Que sería temerario afirmar algo así, pero que algo aportará. Evidentemente, el reclamo para la masa es la pareja formada por Miguel Ángel Silvestre y Paula Echevarría. Igual que en Gran Hotel lo eran Jon González y Amaia Salamanca. Ya no hay que sorprenderse del prestigio de la juventud, como hacía Coco Chanel («Es algo muy nuevo, hace veinte años nadie la mencionaba»).
Al menos no nos sorprendemos en las series españolas de televisión que nacen para triunfar (con excepciones como Herederos ). Otra cosa es que, una vez que se solventa el asunto de los protagonistas con tirón entre jovencitas, el reparto lo completen actores de genuflexión. Pasaba hasta en aquel espanto de Gavilanes, la adaptación española de Pasión de gavilanes, donde Carme Elías hacía de una horrenda madre extraordinaria.
A veces, los jovencitos tienen los registros interpretativos de Rin Tin Tin en sus inicios, pero los mayores compensan sus taras. En Gran Reserva estaban Ángela Molina y Emilio Gutiérrez Caba. En ‘Gran Hotel’, Concha Velasco y Adriana Ozores (más algún invitado de lujo tipo Juan Luis Galiardo). En Velvet tenemos a Pepe Sacristán. Y en un tramo de edad intermedio, que no digo que sean mayores, a Aitana Sánchez-Gijón y Natalia Millán. Bambú llevaba tiempo detrás de Pepe Sacristán, pero no había podido cuajarse nada (Daniel Écija también estaba detrás de Carlos Iglesias antes de que finalmente participara en B&b; y qué curioso que el lunes coincidiera el actor en dos cadenas, en La 2 con Un franco, 14 pesetas y en Telecinco con la serie a la que Velvet se zampa). No es que Pepe Sacristán no haya hecho televisión. Es más, ha hecho televisión mala, igual que ha hecho cine malo. Protagonizó dos series también en Antena 3, ¿Quién da la vez? y Este es mi barrio, ambas de Vicente Escrivá.
Da igual lo horribles que fueran, él estaba estupendo. Puede que Pepe Sacristán o Aitana no sean reclamos en Velvet, pero redimen cualquier mediocridad.