Crítica de televisión
Toñi Campechana
mikel labastida
Por norma general desconfío de la mayoría de seres campechanos. No me los creo. Seré yo, que me sale el recelo cuando percibo actitudes exageradas o deliberadamente buscadas para un fin. En televisión hemos visto muchos ejemplos de presentadores que hacen bandera de su cercanía con el espectador. Lo era Bertín Osborne, que se sentaba en el estudio como si estuviese en el sofá de casa; Juan y Medio, que siempre tenía un chiste picarón a mano; o Alicia Senovilla, que abusaba de expresiones o dejes que no se correspondían con su edad. La última reina de la campechanía en la pequeña pantalla es Toñi Moreno, que conduce ese programa de caridad mal entendida de la tele pública. Entre todos escarba en las miserias de personas sin demasiados recursos y es seguido principalmente por público de elevada edad (solo hay que fijarse en los asistentes al plató).
No tendría sentido, valorando esto, que la presentadora acudiese envuelta en armanis y joyerío. No. Pero Toñi se pasa en su intento por parecer una más y empatizar con esa señora que la sigue cada tarde, con la que habla de trucos de cocina, de lo caro que se han puesto los tomates o lo bien plantado que está Arturo Fernández. «Cómo nos cuesta llegar a final de mes», exclama en ocasiones para lograr un aplauso rápido. Ella quiere ser una más, pero no lo es. Lo suyo es postureo, cañí, pero postureo al fin y al cabo. Para empezar, Toñi será todo lo campechana que quiera, pero cobra cada día 1.400 euros y esa situación la aleja completamente de la realidad de la mayoría de personas con las que practica el falso ‘tú a tú’.
Exagera tanto en llaneza que se mete en lodazales sin salida. Estoy seguro de que la periodista de TVE no piensa que las mujeres maltratadas deban quedarse calladas en sus casas. Pero es tal su afán de hacer tele tipo Nodo (esa en la que se usan expresiones como «hay que ganarse a la suegra» o «el amor de tu vida») y de regodearse en la lágrima fácil que, cuando se le presentan asuntos suficientemente serios que no admiten chascarrillos o bromas como el acontecido esta semana, se enreda. Tanto aparentar lo que uno no es pasa factura. Quien juega con fuego se quema.