Diario de León

palabras desde el psiquiátrico

«La vida es un inmenso cenicero, una violeta pálida y destruida»

Publicado por
e. gancedo | león
León

Creado:

Actualizado:

Escuchar a Leopoldo María Panero, encontrarse con él frente a frente, se parecía a asomarse a un precipicio. Sus ojos hundidos, su cabeza angulosa, su boca oracular... eran reflejo del abismo que supone la vida, de ese pavor del existir en el que vivía instalado y del que extraía versos no frenados por convenciones sociales: la suya es una poesía brutal, llena de imágenes implacables, versos vomitados sin venda en los ojos. Y sus declaraciones públicas solían adquirir similar cariz, sólo que el fragor de su cabeza debía de bullir tan inconteniblemente que a veces —y con el tiempo, de forma cada vez más acusada— su discurso se hacía inaudible o incomprensible, algo similar a una distorsión radiofónica salpimentada de citas de grandes escritores y filósofos (en sus idiomas originales) y de reflexiones de una honestidad feroz.

Por eso, por dicción e imprevisible comportamiento —se levantaba continuamente para orinar, aunque estuviera ante nutridos auditorios o en medio de debates televisivos—, las entrevistas con Leopoldo María fueron pocas y complicadas, y habían de hacerse durante los muy contados permisos que le concedían en unos manicomios (prefería esa palabra a psiquiátrico) en los que vivió recluido durante casi cuatro décadas.

«La vida es sólo un inmenso cenicero, violeta pálida destruida por el mundo, sílaba atroz en el cenicero repleto de palabras», decía en 2007 en la presentación de Papá, dame la mano que tengo miedo , prosa con prólogo de Ana María Moix, recientemente fallecida y su amor no correspondido de juventud.

«Tengo miedo a morir —confesaba entonces—. Tengo un miedo cerval a la muerte, mucho miedo». Y proseguía: «La única esperanza que me queda en esta vida es la literatura. Escribir y ganar algo de dinero para sobrevivir...». Nunca ahorró improperios contra los centros mentales que constituyeron su hogar a pesar de que, paradójicamente, en el de Las Palmas comenzó a vivir por decisión propia. «Yo no quiero volver al manicomio. Es un sitio cruel, un circo romano, donde me maltratan y me echan agua caliente en los ojos para que me despierte. Tienen un orden obsesivo. Son una pústula infame».

El mediano de los hijos de Leopoldo Panero —solía recordar que a los cinco años ya tenía listo su primer poema sin apenas saber escribir— explotaba en ocasiones, cansado de ser él mismo. «Estoy harto de los malditos, harto de ser el loco, harto de ser Leopoldo María Panero. ¡Quiero ser un hombre común!», proclamaba en la Feria del Libro de Madrid del 2005, un evento que adoraba («quiero estar en la feria y firmar libros y mezclarme con la muchedumbre. Me gusta la muchedumbre, como a Alan Poe»). Precisamente fue entonces cuando se ‘autosolicitó’ el Nobel. «Siempre he pedido el Premio Nobel de Literatura para Gimferrer, pero ahora creo que lo voy a pedir para mí. A mí me gustaría que me lo disesen, porque, ¿qué tiene Delibes, para quien lo piden, que no tenga yo?».

«La vida cotidiana es un infierno —incidía en otra ocasión—. Primero me mato para que me den el pase de salida, luego paseo, me fumo casi cinco paquetes de tabaco y voy a la librería Esdrújula, donde hace poco leí que un verso de Dante sirve para enamorar a una muchacha y una página de Hegel, para humillar a un enemigo». Era consciente de que no estaba bien, pero a la vez anunciaba que no era un loco: «Me dan un alud de pastillas y lo que necesito es que me alquilen un apartamento y que si me da una crisis, me ayuden y punto, pero aquí me tratan como si fuera bobo y no puedo hablar con nadie porque todos los internos se creen que son reyes o vírgenes». También era recurrente la queja sobre su olvido nacional. «A Artaud —dramaturgo francés al que se sentía próximo—, cuando se volvió loco le putearon en las calles y en los bares, pero luego era reconocido y hablaba en la televisión y salía en los periódicos, pero a mí me tratan como a un perro».

«La realidad es sórdida y terrible —aseguraba—, yo he querido trascender todo lo que es vil, y lo he hecho con la palabra». Y en el programa televisivo Negro sobre blanco : «El loco yerra, pero no miente, tiene la perniciosa manía de decir la verdad». El Semanal le dedicó en 2003 un reportaje en el que no escaseaban ‘perlas’ dedicadas a su familia; al padre («acabó siendo uno de los poetas de Franco»), a la madre («ella pagó para que me diesen pasaporte cuando era joven después de que intentara suicidarme y me hinchara a drogas. Me volvió loco»), a su hermano Juan Luis («es mala persona, pero está bien como poeta») y a su hermano Michi («es el hermano que más me fastidia»).

«El sufrimiento es la vida entera, todos somos máquinas de sufrir», decía. Y en su última intervención en León, en mayo del 2011, cuando compartió mesa con Antonio Gamoneda, fue demoledor en declaraciones a este periódico: «La literatura es ahora mismo lo único que me separa del suicidio».

tracking