Diario de León
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Opinión | mikel labastida

Decía hace unos días un mandamás de Mediaset que Cuatro necesita un cambio, que algunos de sus formatos habían sufrido desgaste. Hablar de desgaste en lo que respecta a esta cadena como metáfora no está mal, pero ajustarse se ajusta poco a la realidad. Echaba la culpa este directivo a que la emisora iba a cumplir nueve años, pero eso es no querer ver el problema ni asumir responsabilidades. Hacen mal en Mediaset si no afrontan con valentía lo que está sucediendo con su canal benjamín, que se ha convertido en una cadena intrascendente y bastante prescindible. Y eso no es bueno. Lo de Cuatro no se debe al paso de los años, no, lo suyo es un claro ejemplo de cómo una marca puede echar a perder todo su prestigio y la imagen labrada por culpa de una errónea gestión. O por una injerencia mal disimulada. Lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien. Esto en Telecinco lo saben. Sus programas son continuamente criticados pero todos acabamos viéndolos en algún momento. Saben crear acontecimientos. En Antena 3 y laSexta también. Raro es el estreno en alguna de estas emisoras que no genere expectación. Sucedió con el Operación Palace de Évole, con El Príncipe de Coronado, o con el A bailar de Mónica Naranjo. Lo que ocurre en Cuatro no interesa a nadie. O a muy pocos. Un tipo como Osmin, el entrenador que en 30 días te convertía en un yogurín, en otro lado habría arrasado con comentarios, a favor o en contra. Por Cuatro pasó con más pena que gloria. Los postres de Raquel Sánchez Silva no han logrado endulzar a nadie, ni con expulsiones masivas lo consiguen. Incluso el siempre polémico Risto, con un formato bien hecho y con posibilidades de dar que hablar, apenas está obteniendo datos destacados. El público se ha olvidado de pulsar el cuatro.

No hay duda de que Cuatro necesita un cambio, pero no porque esté mayor, sino porque alguien decidió un día practicarle una agresiva cirugía tras la cual no la reconoce nadie. Precisa recuperar su personalidad o inventarse una nueva. Lleva herida de muerte un tiempo. En manos de los directivos que ponen excusas está el dejarla desangrar o no.

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