Diario de León

HABLA EL POETA

«Es muy fácil y muy cómodo ser un intelectual de salón»

El poeta bañezano Antonio Colinas durante una reciente conferencia en la India

El poeta bañezano Antonio Colinas durante una reciente conferencia en la India

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Vuelve el Colinas más hondo con su 'Canciones para una música silente' - VERÓNICA VIÑAS | LEÓN
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Más depurado, más hondo, pero siempre libre. El autor leonés Antonio Colinas regresa dos años después de publicar su ‘Obra poética completa’ con ‘Canciones para una música silente’, donde renueva el compromiso con los valores que sostienen una de las obras más coherentes y lúcidas de la poesía contemporánea. Desde su timidez, Colinas marca ahora nuevos silencios a la palabra.

—¿Cuál es el reto que afronta en ‘Canciones para una música silente’?

—El reto que supone escribir un libro nuevo después de la publicación en 2011 de mi Obra poética completa; un título que no era pretencioso, sino que suponía precisamente un reto, el de superar los libros ya escritos de una manera nueva, Porque la poesía debe ser, ante todo eso: palabra nueva.

—Le molesta que le denominen ‘el poeta tranquilo’?

—No, aunque quizá podíamos decir aquello de Antonio Machado que «dentro del pecho llevo un león». Ahora bien, es cierto que en mí la poesía nace desde el equilibrio y la templanza y que, más allá de todas las pruebas por las que he pasado en la vida, para mí la poesía y la vida son una búsqueda de la plenitud de ser. En este sentido me han ayudado mucho mis amigos los pensadores de Extremo Oriente, esa búsqueda interior de mis versos que producen una cierta paz

—En estos tiempos de miserias, ¿es más necesaria la voz crítica de los poetas?

—Desde luego, esto lo apreciamos muy bien en países que poseen grandes problemas sociales y a los que he viajado últimamente, como la India o Colombia. Allí la poesía es una presencia viva en la calle, acaso la «válvula de escape» frente a tantos problemas; la palabra rebelde, a contracorriente. La palabra, como yo digo, que llega cuando el resto de las palabras ya no sirven. Lo que sucede es que en nuestro tiempo necesitamos tener también un concepto fiel de qué es la poesía esencialmente.

—¿Tiene el poeta la obligación moral de ser una voz comprometida?

—Desde luego. Yo comprendo perfectamente que exista lo que entendemos por un «poeta testimonial», pero que éste no lo sea de manera engañosa. Es muy fácil y muy cómodo testimoniar con un poema y luego lavarse las manos, ser un «intelectual de salón». Por eso Pound nos recordaba aquello de que «nunca digas en un mal poema lo que puedes decir en un artículo o en un ensayo excelente». Yo durante años utilicé el artículo para ocuparme de problemas medioambientales o sociales, pero en mis cuatro últimos libros de poemas está también muy presente la realidad-realidad, desde la caída del Muro de Berlín en el poema La tumba negra, a las guerras de estos años, pasando por el atentado de Atocha o los Siete poemas civiles del libro que ahora acabo de publicar.

—¿Cómo la música puede ser silente?

—Hay un momento en que la música, como las palabras, nos superan. O no nos sirven. Exigimos de ellas algo más. Por eso, hablamos, a la manera de los órficos y de los pitagóricos, de una música que no se oye, pero que se escucha. Es una música que nos lleva a la armonía se ser, que es otro concepto muy presente en mi obra, sobre todo en mis libros de aforismos, en los Tratados de armonía. La armonía, que no es un estado de placidez, evasivo, fantasioso, sino lo que llega después de las pruebas de la vida, de las asechanzas de la vida, de la muerte de los seres queridos.

—¿Cómo es la música de Colinas?

—Es la que puede haber en mis poemas. Algo que considero primordial. Lo primero en un poema es su ritmo, su «música», para evitar que el poema sea engañosamente prosa cortada en trozos y colocada como si fuesen versos. La música también va unida a la emoción. El poema debe conmover, ser un revulsivo para el lector. Y hay que ser fiel a esa música aunque sea, como yo he dicho, una «música dolorida».

—En ‘Canciones para una música silente’ hay una gran cantidad de símbolos y, en especial, el de la mujer, ¿por qué esa devoción por las mujeres?

—En efecto, es un libro extenso, con ocho secciones muy diversas. Es una obra polifónica en la que junto a poemas extensos se dan otros muy breves. Todo el libro es un viaje hacia el silencio y en él, en efecto, hay una presencia primordial, un gran símbolo que es el de la mujer, de sentido y significación múltiples. La mujer es la amada, pero también puede ser la amiga, la representación de lo telúrico, un ideal de belleza y verdad, como lo fue en Oriente o en el Renacimiento italiano; o incluso una vía de conocimiento, como lo es en la Vida Nueva de Dante Alighieri. La mujer en mis poemas, aunque lo parezca, no responde a algo anecdótico, sino que siempre es un medio poderoso hacia el conocer. Va muy unida también a lo mistérico, como en esos dos poemas en los que la mujer tiene algo de aparición. Sea en una estación de ferrocarril o en un bosque. La mujer, como la naturaleza, son en mi obra vías de conocimiento hacia otro conocimiento más absoluto. Ello no quiere decir que en algunos de mis poemas la mujer no sea también algo muy concreto. Así, en el poema Una muerte, que dedico a mi amiga la periodista Concha García Campoy o a la violinista, también muy unida a Ibiza, Lina Tur Bonet. En mi libro hay también esa galería de «retratos sonámbulos».

—¿Depuración sería la palabra que define su última poesía?

—Así es. Se trata de otra de las características primordiales de este libro. En tres de las secciones ( Un verano en Arabí, Valle de Sansueña y, sobre todo en Llamas en la morada), el poema se hace más breve y sintético, se plantean temas en los límites, pero desde una gran sencillez y claridad. El caso extremo es el poema que cierra el libro, que yo lo considero una verdadera Poética. Estamos de nuevo ante la llamada del silencio.

—¿Qué le duele de León?

—Acaso nos falte orgullo. Ahora que tenemos que padecer tantos excesos de los «nacionalismos», no estaría mal que insistiéramos, desde la unidad, en nuestros valores. Siempre hay que pensar lo que sucedería en esas comunidades «históricas» si tuviesen nuestro patrimonio natural (que debemos mimar al máximo) y monumental. ¿Qué sería si hubiesen tenido ellas esas Cortes originarias, o el tesoro de una lengua que se extiende por todo el mundo de una manera increíble, sin cesar? Para mí León es sobre todo el lugar de la memoria, de mis raíces, el de la ribera de Órbigo y el del monte que mira al Teleno, el del chopo, el encinar y el pinar. Nuestra tierra es círculo que se cierra en muchos poemas de este libro. Pero eso sí, yo siempre he proyectado mi obra hacia fuera, la he universalizado por mis vivencias, pero sobre todo por dialogar con otras culturas.

—¿El poeta contempla la vida con otra mirada?

—Desde luego. El poeta no es un fotógrafo de la realidad. Para eso ya tenemos fotógrafos magníficos o vídeos que nos ofrecen la realidad a todo color. El poeta trabaja con la palabra y esta palabra no debe ser cualquier palabra: debe fulgir, debe trascender la realidad sin dejar de revelarla, debe intensificarla con su mirada y concentrarla en muy pocos palabras. El poeta al contemplar se «templa-con» la realidad circundante, la armoniza, trasmite mensajes últimos.

—En una sociedad con tanto ruido mediático, ¿es posible la música silente?

—Es difícil, pero posible. Sí, hay demasiado ruido en el mundo, demasiados mensajes, una presencia devoradora de la imagen en los nuevos medios tecnológicos. Pero el ser humano debe dar con esa música silente que lleva en su interior, que va de dentro a fuera. Como la libertad o la paz, es un valor que va de dentro a fuera, que debe nacer de cada uno de nosotros. ¿De qué nos sirven una sociedad teóricamente en libertad y en paz si nosotros no somos libres, ni estamos en paz, ni dejamos estar en paz a los demás?

—¿Cada uno de sus poemarios es un reto que se impone?

—Lo procuro. Si ahora contemplamos mis dieciséis libros de poemas veremos que cada uno de ellos tiene su carácter, su forma y su contenido. Poco tiene que ver Truenos y flautas en un templo con Sepulcro en Tarquinia y éste con Noche más allá de la noche o con los últimos, con un sentido más humanista. Pero, a la vez, creo que en todos ellos está mi voz, que ya no puedo cambiar a la altura de mis 68 años. Y ahí, sí, desde un principio hay en mi voz emoción, intensidad, pureza formal, pero siempre teniendo en cuenta ese reto de traer la palabra «nueva». Por eso insisto en el carácter polifónico de este último libro. Alguien me decía hoy mismo en una radio que en ese libro hay varios libros. Puede ser.

—Con el actual sistema educativo, ¿qué futuro le augura a la poesía?

—Siempre he dicho que el amor a la poesía y su fomento están en la educación, y de manera muy concreta en la primaria y en la secundaria. Hemos perdido también el lado positivo de la memorización. Un poema memorizado y recitado no es lo mismo que un poema leído en silencio. El mismo niño lo sabe y lo goza. Pero el problema educativo se incluye en otros problemas más globales, como la llamada «filosofía del todo vale», que se confunde con la libertad, o la invasión en los jóvenes de los nuevos medios. Yo creo que la poesía siempre estará presente en el sistema educativo. Pensemos que la poesía está en los orígenes del ser humano, que en Sumeria y en China tenemos poesía desde el siglo XX y más atrás, antes de Cristo. La poesía es consustancial al ser humano y ya en aquellos remotos orígenes, cuando escribía, el poeta estaba a la vez entrando en otros campos: ciencia, religión, cultura en general. La poesía, desde los orígenes, fue canto, pero también testimonio.

—Usted es un viajero impenitente, ¿qué busca en tanto viaje?

—Yo, como en mis vivencias en otros lugares que no han sido mi tierra, no he ido donde he querido sino donde el destino me ha llevado. Me fui a Italia para seis meses y estuve cuatro años. Me fui a Ibiza para uno y estuve veintiuno. Suceden cosas misteriosas: te amordazan o te silencian en nuestro mundo cercano, pero de repente te llaman de cinco universidades de China o de dos de Corea o de la Academia de Letras de la India o de tantos amigos de la América hispana. Como yo digo, la realidad es a veces mucho más poética que la misma poesía. He trabajado mucho y he propagado nuestra palabra, pero he vuelto al origen y estoy imponiendo otro ritmo a mi vida. Ese ritmo pasa por ir renunciando precisamente a los viajes.

—Hace un par de años publicó su ‘Obra poética completa’. ¿’Canciones para una música silente’ puede interpretarse como un punto y seguido o un punto y aparte?

—No sabría qué decirle: cuando acabo un libro siento una sensación muy angustiosa, la de que quizá no pueda o no deba escribir más, pero sucede que luego pasan dos o tres años, como ahora ha pasado, y regresa la palabra, regresa ese primer verso que da lugar a un nuevo poema. Como digo, cada poeta tiene su ritmo creativo, pero el mío, al menos hasta ahora, ha sido el de la continuidad, el de que la poesía va unida a mi vida. Espero que este libro de libros sea un punto y aparte en esta nueva etapa de mayor retiro y concentración (en los territorios del Viejo Reino).

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