Diario de León

El mecenazgo melómano de Sierra

Dos investigadores desvelan la labor de filantropía musical que Francisco Fernández Blanco realizó desde su Fundación.

Imágenes de carteles, partituras, carnets de la Sociedad Musical de León, etc que se conservan en la Fundación

Imágenes de carteles, partituras, carnets de la Sociedad Musical de León, etc que se conservan en la Fundación

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cristina fanjul | león
León

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Los profesores de la Universidad de Oviedo Esther Arce Bayón e Ignacio Suárez están a punto de publicar una investigación en la revista Cuadernos de música iberoamericana sobre los fondos musicales del archivo de la Fundación Sierra Pambley en la que ofrecen una nueva dimensión sobre la obra de mecenazgo del filántropo leonés. En ella, reflejan la educación musical de Segundo Sierra Pambley y su sobrino, Francisco Fernández Blanco, sus preferencias en el terreno musical, donde muestran una marcada predilección por la ópera italiana. La investigación pone de manifiesto, además, que algunas modas burguesas observadas en Madrid en el siglo XIX fueron adoptadas, en buena medida, por esta peculiar familia leonesa.

Partituras, cartas con información sobre la actividad musical de la familia y cuadernos de dos clases: los que recogen exclusivamente repertorio en boga y los anotados a modo de método, de lenguaje musical o de diversos instrumentos, estos últimos normalmente también con partituras de moda están entre la documentacion estudiada por los profesores.

En cuanto a Francisco Fernández Blanco, se han descubierto algunos datos sobre la formación musical de Francisco, entre ellos un pequeño cuadernillo de música, firmado por él, que contiene Les tons-tons , suite de cuatro valses de Jean-Baptiste Tolbecque, compositor famoso por sus galops, polcas y valses basados en conocidos temas de ópera. «Gracias al análisis caligráfico hemos podido determinar que Francisco es también el autor de tres hojas que tratan sobre la teoría elemental de la música», sostienen. Asimismo, defienden que es el autor de unos ejercicios de piano con veintidós tonalidades digitadas en ambas manos así como de la mayor parte de uno de los cuadernos más ricos de la colección, fechado hacia 1854. «Éste está organizado en dos partes: en la primera, un maestro de música, que presenta seseo y ceceo propios de un andaluz, enseña los rudimentos del solfeo; en la segunda el maestro apunta sencillas lecciones, pero más tarde aparece la mano de Francisco, que copia, entre otras cosas, varios bailables, como el Himno de Riego..

Los autores hacen hincapié en que la prueba más concluyente de su pasión melómana sea que, al poco tiempo de su fundación, Francisco fue nombrado Presidente honorario de la Sociedad de Conciertos de León, máxime si tenemos en cuenta que era una persona muy reacia a aceptar este tipo de cargos honoríficos. «Su compromiso con esta sociedad filarmónica fue tal que, en carta remitida el 26 de diciembre de 1907, pidió al presidente efectivo, Adolfo de la Rosa, que le hiciese socio colectivo, un tipo de asociado –pensado para familias– que tenía unas condiciones bastante gravosas, puesto que debía pagar una cuota de entrada de quince pesetas y otra mensual de cinco», explican. Además de su afición musical, otro hecho debió resultarle especialmente simpático para tomar esta decisión, ya que, como le anunciaba de la Rosa en misiva anterior, la Sociedad había resuelto hacer labor educativa y filantrópica facilitando hasta cien entradas gratuitas por concierto a personas con pocos recursos. Así lo recogió posteriormente un nuevo artículo incluido en la reforma sufrida por el reglamento de la Sociedad al año siguiente, que cita explícitamente como beneficiarios a «los alumnos de Escuelas, educandos de música y obreros amantes del arte que lo soliciten de la Junta directiva».

La labor filantrópica hizo que en las escuelas Sierra-Pambley se impartieran lecciones de música y canto y, también, que entre sus «actividades prácticas» se programara la clasificación de instrumentos de música tradicional.

Hay dos hechos que manifiestan el empeño por preservar el patrimonio musical local y por utilizar éste como base o elemento inspirador para los compositores. «Nos referimos a los cantares de boda recogidos por el profesor de la escuela Juan Alvarado, publicados póstumamente por su hermano en 1919. Los beneficios obtenidos de los 1000 ejemplares editados fueron destinados íntegramente a la Asociación de Antiguos Alumnos de la Escuela Sierra-Pambley de la localidad», defienden. Además, constatan que Francisco encargó en 1904 a Segundo Álvarez, director de la escuela de León, que comprara diez ejemplares del segundo tomo de Canciones Leonesas , dedicadas precisamente por su compositor, Rogelio Villar, «al ilustre leonés D. Francisco Fernández Blanco».

Segundo Sierra

La afición musical de Segundo se gestó en su etapa madrileña. Gran melómano, acudía con regularidad a las funciones de teatro lírico y hablado celebradas en el Teatro de León, donde tenía palco propio. Conforme a su gusto, la inmensa mayoría de la ópera representada en la ciudad era italiana, normalmente realizada por compañías foráneas que, de paso, paraban en la ciudad durante sus giras por el noroeste ibérico. Segundo conservó dos carteles de funciones realizadas en 1849 en ese teatro, impresos en seda y hoy expuestos en la Casa Museo de la Fundación.

En la vivienda construida para su fallido proyecto de matrimonio, Segundo habilitó un espacio musical ubicado en la segunda planta del inmueble que estaba dedicada a la vida social. La presencia de particelle para violín, así como la existencia de diferentes versiones de la misma obra para distintos instrumentos, podría haber tenido como finalidad la ejecución a dúo o en pequeño conjunto. «La sala de música posee un piano de mesa y un mobiliario cuidadosamente escogido que contribuye a crear un ambiente idóneo para pequeñas reuniones, incluso para improvisados bailes, debido a la amplitud de la sala».

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