Diario de León

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«Para caminar a Santiago hay tantas razones como pasos»

Joaquín Alegre responde en un libro a . los ‘por qués’ de la peregrinación jacobea.

Lo leonés predomina en el libro: Panteón Real de la Colegiata de San Isidoro.

Lo leonés predomina en el libro: Panteón Real de la Colegiata de San Isidoro.

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E. Gancedo | León
León

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Podría parecer que este librito viene anejo a Camino a Santiago , la última guía publicada por la editorial leonesa Rimpego, pero es en realidad autónomo y completo en sí mismo. El escritor y editor Joaquín Alegre acaba de sacar de la imprenta Raíces y claves de la peregrinación jacobea , una obra en la que, con hondura argumental y profusión fotográfica a base de una muy sugestiva iconografía santiaguesa, ahonda Alegre en los muchos ‘por qués’ que rodean la decisión de tomar camino a Compostela.

«Es una obra dirigida a un público que quiere ir un poco más allá de los mensajes estandarizados de las guías generales, y que busca hacerse una idea global del fenómeno de la peregrinación jacobea —explicó el autor a este periódico—. Ni que decir tiene que no es una obra de investigación, pero creo que es divulgación bien documentada y sencilla de entender. Que llega, vamos...».

La primera pregunta resulta obligada, y no es otra que la verosimilitud de la creencia según la cual los restos de Santiago reposan en Compostela. «Hay que estar constantemente en guardia con las certezas —cree Joaquín Alegre—. Cuidado con esas verdades que pueden guardarse en un bolsillo y nos dejan satisfechos y tranquilos. Justamente cuando los descreídos habían lanzado sus líneas contra el fenómeno de la peregrinación, llegó un cura de pueblo (de una aldea perdida en las montañas entre Galicia y León) y armó esta ‘invasión’ que se vive hoy: fue Elías Valiña, párroco del Cebreiro. Mientras los eruditos rubricaban la defunción del germen jacobeo, los arqueólogos estaban poniendo patas arriba la verdad histórica. El relativismo, o es de doble sentido o no es más que indocumentada tendenciosidad».

Cada vez son más, y de las más diversas procedencias, las personas que ponen rumbo a Santiago, un hecho que Alegre hace responder a las siguientes razones: «Porque el fenómeno de la migración rompe todos los corsés. ‘Para ir a Santiago hay tantas razones como pasos’ creo decir en algún pasaje del libro. La peregrinación, o tiene una dimensión espiritual (no necesariamente religiosa), o es puro atletismo. No es el final lo que importa, sino los pasos. Del Camino nada valioso te llevarás, salvo el polvo. Y para el humano de hoy, hay un descubrimiento increíble: tus pies te pueden llevar lejos. Sin metro, autobús, coche o avión... Creo que lo que decía Ortega de la caza puede aplicarse aquí: el placer de hacernos paleolíticos».

En torno a la duda de a quién pertenecerán, exactamente, los huesos que reposan en Compostela, opina el autor de Raíces y claves de la peregrinación jacobea que «tal vez jamás se sepa». «Pero ¿y el resto de huesos que santifican otras peregrinaciones, cristianas o no?», inquiere. «Se sabe a ciencia cierta a quién pertenecen. Es más, si esos famosos huesos fueran de dinosaurio, entonces la peregrinación carecería de valor, y los desplazamientos de millones de personas se convertirían en psicopatologías sociales».

«Nuestra evolución neurobiológica condiciona nuestra manera de ver el mundo —argumenta—. Los neardentales preparaban a sus muertos para el viaje, eso nos fue haciendo humanos. La compasión, el altruismo, la generosidad, están fuera de la lógica de la supervivencia... y sin embargo nos trajeron hasta aquí, salvando todas las asechanzas de la selección natural. Los ensayos de desvestir al hombre de todo sentimiento espiritual ha producido monstruosidades espantosas, y Europa ha dado ejemplos señeros».

Compostela es, así pues, y a juicio de este investigador e infatigable caminante leonés, «el santuario que celebra la memoria de Santiago el Mayor con la misma certeza erudita con que pueden argüirse otros momentos estelares de la historia. O los descomponemos todos, o los damos por buenos... A elegir».

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