MINORÍAS ABSOLUTAS
Centinelas centenarios
Seremos los centinelas del fuerte,/ donde llora la víctima, y el rey,/ desde la cama, mientras se enfría el desayuno,/ entre las sedas de las colchas y los ojos que miran/ cómo se configura el pánico/ de su diabólico anillo».
Se nos caen los centenarios elogios que la vida regala para superar lo más feo de este tránsito. Nos quieren convertir en centinelas del despropósito, como nombra en este fragmento de poema nuestro casi centenario elogio de la vida Manuel Álvarez Ortega, que tristemente se nos ha ido en estos días. Nos deja con el desamparo y la herida abierta a sus poemas, que conocí no hace tanto de mano de otro poeta, Antonio Gamoneda, que lo consideraba como uno de los poetas más importantes de este país y que ya hace años, allá por la década de los setenta, le publicó en la colección que dirigió en nuestra ciudad, la Colección Provincia. Grandes descubrimientos y hallazgos surgieron de esa época editora.
No queremos ser centinelas de ese orden establecido que pondera las matemáticas del dinero en detrimento de la exigencia que lo vivo hace en nuestras almas.
Pero sí debemos ser centinelas de su contrario. Por eso, ante la barbarie hecha tala en los montes de Robledo de la Guzpeña, hemos de vocear la palabra verdad para que a muchos se les ponga roja de vergüenza. No es posible que una vez más, esas eléctricas que nos inundan con anuncios verdes las pantallas, campen a sus anchas en la atrocidad medioambiental. No es de ley que quinientos años de vida en un lugar, se talen sin ninguna responsabilidad, y menos que se haga como quien entra a robar en un museo, con el miedo de saberse saqueador de algo que pertenece y beneficia a todos.
Las encinas centenarias de Robledo necesitan más eco. Sus vecinos ya han empezado a manifestar su contundencia encadenándose a ellas, a esas que resisten. Las que se han talado ya no podrán pedir recurso o nulidad en el acto, así de bien se salvan ciertas oligarquías empresariales. ¿Cuál debería ser la multa? ¿Cómo se mide ese daño? ¿Se cura el destrozo con dinero?
Regreso con el ímpetu del que no se casa con ningún círculo imperante. Manuel Álvarez Ortega hubiese levantado la voz en contra del que se considera centinela del poder. Nos ha dejado a sus noventa y un años, avanzando hacia esa centenaria virtud del poeta sin frontera.
«Esta hora no nos olvidará:/ sujeta a las predicciones del sueño, ronda de tierra encadenada a la sequía, toca/ el arrepentimiento de otra edad,/ de légamo y madrugada cubre/ su superstición,/ y así, poniendo cerraduras/ a nuestro declinar,/ tapiando balcones, héroes/ de una batalla que ninguno ha perdido, vamos/ hasta el altar/ de la magia, donde el insomnio oficia/ con el disfraz de la desdicha, /única verdad».
Gracias Manuel; nos queda tu poesía. Sabemos escucharte: Esta batalla que tan sólo las encinas pierden. Esta batalla que sabemos quien no ha de ganar. Única verdad.