Diario de León

PATRIMONIO

Una animalada de arquitectura

La asociación Hispania Nostra incluye en su Lista Roja los últimos corrales de ganado de Valdavida, como exponentes de un patrimonio rural a punto de extinguirse.

Arriba, uno de los apriscos que se conserva en Verdolaje; debajo, restos del corral comunal del Pico.

Arriba, uno de los apriscos que se conserva en Verdolaje; debajo, restos del corral comunal del Pico.

Verónica Viñas
León

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Su exterminio ha sido una ‘animalada’. Los corrales para el ganado, uno de los máximos exponentes del patrimonio etnográfico y cultural del mundo rural, están a punto de extinguirse. Construidos en adobe y tapial en el Sur y de piedra en la montaña de León. Hispania Nostra acaba de incluir en la Lista Roja del Patrimonio los apriscos de la zona de Valdavida. Sin embargo, horas después de colgar en su web las corralizas de la ribera del Cea ha ampliado la alerta a todos los que quedan en España, en idéntica situación de ruina.

Durante siglos estos establos fueron casi un lugar sagrado, porque de ellos dependía la supervivencia de los habitantes de muchos pueblos leoneses.

La prosperidad de una comarca se medía por el número de apriscos. Valdavida, que llegó a superar el medio centenar, sólo preserva hoy las huellas de aquel esplendor. Los dos únicos corrales que se conservan intactos, recuperados con las técnicas de antaño, están en la majada de Verdolaje. El corral comunal de las vacas, situado en la majada del Pico y rodeado por robles centenarios —un enclave incluido en la Red Natura—, será uno de los que se salve, gracias a la pequeña subvención que acaba de otorgarle la Diputación, tras las insistentes peticiones de la junta vecinal. La partida forma parte de los 80.000 euros consignados en la convocatoria de 2014 para la restauración de patrimonio inmueble de interés etnográfico, que se repartirán 25 ayuntamientos y juntas vecinales.

En el libro de cuentas del concejo del año 1894 constan las cinco pesetas entregadas a Vicente Ajenjo para construir el aprisco en el que el pueblo guardó sus vacas durante generaciones y posteriormente ovejas. Era el vaquero contratado por el concejo el que cuidaba de los corrales comunales. En algunas localidades había incluso corrales para invierno y verano. Todos tenían su propio nombre en función de su propietario o de su situación.

El último guardián

Algunos apriscos estaban tan alejados del pueblo que los propietarios construían un refugio para el pastor. Es el caso del paraje denominado Corraladas de Arriba, en el valle de La Teja, donde la majada del ‘Tío Bisi’ daba cobijo a 500 ovejas. Otro tanto ocurrió en Castrillo de Valderaduey, donde la muerte de Lici, el último pastor, condenó también los últimos refugios para el ganado.

Realizados con materiales autóctonos y una arquitectura sencilla y endeble, exigían continuos trabajos de mantenimiento, que generalmente se llevaban a cabo en verano. El envejecimiento de la población y el desuso de estas construcciones, derruidas y saqueadas, convierte los corrales que han subsistido en las joyas de una arquitectura extinta. Los corrales se componían de uno o varios portales (según el numero de cabezas) y de un patio central, rodeado todo el conjunto por tapias para proteger al ganado de las inclemencias meteorológicas y de depredadores, disponiendo de uno o varios accesos, además del chozo del pastor. «Un cimiento de cantos rodados daba paso a la construcción de las tapias rematadas con tapines (especie de baldosas de tierra, obtenidas al cortar la campiña ) y con tejados y teja en el caso de los portales», describe Hispania Nostra. Esta asociación denuncia que debido a la ausencia de ganado y la falta de uso por el despoblamiento rural, la mayoría se ha abandonado. «Se encuentran derruidos y engullidos por la maleza».

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