ACCIDENTE AÉREO EN LEÓN
Aquel Junker que se estrelló en Ocejo
El escritor Gregorio F. Castañón localiza imágenes inéditas de un accidente aéreo acaecido en León en 1939 en el que también se vieron implicados un avión alemán y la alta montaña

Los restos del avión Junker sobresalen entre la nieve mientras varios soldados y voluntarios inspeccionan el lugar del accidente.
Un avión, unas altas montañas, una tragedia que convierte el aparato y a todos sus ocupantes en unos cuantos pedazos diseminados por las laderas, y una sociedad consternada. La historia nos suena del suceso acaecido esta semana en los Alpes franceses, donde una aeronave de la compañía Germanwings se estrelló con 150 pasajeros a bordo estremeciendo a toda Europa, pero los valles orientales leoneses fueron asimismo escenario, hace 76 años, de otro siniestro aéreo —también un avión alemán, también un lugar poco menos que inaccesible— del que hoy apenas guarda recuerdo un puñado de vecinos.
La historia acaba de ser rescatada por la revista cultural Camparredonda, dirigida por el escritor y editor leonés Gregorio Fernández Castañón, cuyo último número recoge el accidente de un aeroplano Junker en lo alto del Pico Cerroso, cerca de Ocejo de la Peña, localidad montañesa ubicada entre Cistierna y Riaño. La coincidencia —con sólo unos pocos días de por medio— entre la aparición de esta publicación de periodicidad anual y la reciente catástrofe de los Alpes, aunque casual, no deja de ser sorprendente. El autor del artículo, el ingeniero industrial Víctor Fernández, explica que la idea de escribirlo surgió una vez comprobada la espectacularidad y calidad de unas fotos recientemente conseguidas en subasta pública por su padre, Gregorio F. Castañón, exhaustivo recopilador de cuantos documentos tengan que ver con la tierra leonesa, en especial visuales, literarios y artísticos. Se fijó en los restos del avión sobre una ladera nevada junto a participantes en las labores de rescate, en un acto de homenaje a los soldados muertos con la instalación de una lápida conmemorativa y la presencia de oficiales nacionales y germanos y banderas de la Alemania nazi y la España franquista, unas imágenes «si no inéditas, sí muy poco divulgadas», que le dieron pie para trenzar su texto en torno a un siniestro sobre el que rápidamente se cernió, tal y como asegura, un «secretismo casi total».
«La censura de ambos bandos en la contienda, el secreto militar o simplemente la desidia a la hora de recopilar datos» provocaron que sea «muy poca la información del suceso que ha llegado hasta nuestros días», indica. Pero, en esencia, se sabe que un avión Junker del ejército alemán que había despegado de la base aérea de La Virgen del Camino encontró su destino final en lo alto del Pico Cerroso, una montaña de 1.838 metros de altitud. «Las causas concretas del accidente se desconocen aunque lo más probable es que se tratase de un fallo humano como consecuencia de la falta de visibilidad, nada extraña en ese mes invernal o la aparición súbita de la niebla», avanza Víctor Fernández, quien también apunta cómo algunos investigadores «defienden que el avión pudo haber sido saboteado antes de despegar, aunque en este punto no se puede sino especular». Algo más puede decirse, en cambio, de la meta perseguida por el súbdito germano y los cinco españoles que fallecieron en el accidente. El objetivo está documentado en una página del Diario de León correspondiente al 5 de abril de ese año, en la que se da cuenta de la instalación de la lápida. El redactor, Luis Valdés Mateo, incluye un poema de su autoría en el que se lee: «Eran seis aviadores/ como seis rosas tempranas. Sobre la tarde de invierno/ la muerte os acechaba/ íbais hacia Cataluña/ a llevar ecos de España./ Hervían en vuestros pechos/ emociones y plegarias;/ Dios quiso que vuestro viaje/ hiciese un alto en la marcha,/ y allá en Pico Cerroso/ se estrellaron vuestra ansias/ (...) Ayer eran seis pilotos/ y hoy seis estrellas muy altas/».
Líneas que arrojan un delgado hilo de luz sobre el término del vuelo: en aquel tiempo se aceleraba la ofensiva catalana —la caída se produjo el 10 de febrero de 1939— y posiblemente los ocupantes de la nave acudían a engrosar los especialistas en aviación de guerra (en el artículo del Diario se les llama «pilotos» y «aviadores») destinados a aquel frente. De todos modos, Víctor Fernández incide en que no son pocas las incógnitas relacionadas con aquel desgraciado incidente. «¿Quiénes eran realmente aquellas personas? —se pregunta— ¿Aviadores, oficiales, escoltas, soldados regulares...? ¿Espías?»
De cualquier modo, sus nombres quedaron fijados en la estela escrita en alemán que aún hoy se alza en aquel lugar, y aunque ha sido objeto de diversos actos vandálicos, ya se ha reparado. En concreto, reza: «El 17 de enero de 1930 murieron aquí el aviador Horst Meiling y sus compañeros españoles Modesto Candela Munar, Anselmo Gutiérrez Mateo, Daniel E. Torraldoiz, Ernesto Peña Saiz-Rojas y Jesús Escudero González».
Nuevamente las páginas del Diario aportan datos sobre el rescate de cuerpos y fragmentos del avión, tareas que debieron ser muy arduas por lo escabroso del terreno y en las que sólo se emplearon brazos, camillas y dos carros de vacas.
Aunque las primeras pesquisas tuvieron lugar a más de treinta kilómetros del lugar, hacia los Picos de Europa, el 7 de febrero cuatro vecinos de Ocejo lograron localizar los restos: «De los seis tripulantes, dos estaban junto a los motores completamente abrasados y los otros cuatro se hallaban distantes del avión y asomando sus cuerpos por entre la nieve», informaba este periódico el 17 de febrero de 1939 tras constatar cómo el presidente del pueblo y el inspector de Aeronáutica habían ordenado a la vecindad que saliese a buscar los despojos e incluso a hacer guardia nocturna en aquellas alturas hasta la llegada de las autoridades civiles y militares.
Un cuadro de Hitler
El nuevo número de Camparredonda incluye anécdotas relacionadas con el rescate, por ejemplo la de aquel mozo que se apropió de una pistola alemana en un descuido de los soldados, «probablemente una Luger, aunque lo descubrieron ese mismo día y obligado a devolverla», aclara el autor del artículo, quien añade que ninguno de los cadáveres fue enterrado en la comarca. Por otro lado, la fascinación de los poderes de entonces por la Alemania nazi queda bien patente en las líneas escritas por Luis Valdés Mateo en el decano de la prensa leonesa: «Los alemanes, muy cumplidos y atentos, han gratificado a los vecinos de Ocejo por sus servicios espontáneos y desinteresados (...) y entregaron al presidente del pueblo, don Nicomedes Escanciano, un hermoso cuadro con la efigie del canciller Hitler en prueba de la amistad y simpatía que les une con el pueblo español».
Curiosamente no ha sido ésta la única coincidencia habida entre la dura actualidad y un artículo de Camparredonda: «El año pasado, sin ir más lejos, escribí otro sobre el siniestro ferroviario de Torre del Bierzo y pocos días después tuvo lugar el accidente de Santiago...», susurra Víctor Fernández.