Diario de León

MINORÍAS ABSOLUTAS

Aproximándose al hombre

Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

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L a manera en que el hombre se revela puede ser definitoria de su temperamento y valía. Algunos, asumen su mediocridad con el insulto fácil, el intento de ironía como baratija y lo elevan a ego a través de las redes sociales como si a falta de un público concreto, buenos son los espejismos virtuales. Otros, asumen la disidencia como actitud vital y les importa poco que su triunfo o descalabro público formen más o menos opiniones. Este es el caso de el poeta que celebro hoy, con todo el ímpetu que su revelación ha supuesto en mis lecturas.

Más de una vez he hablado con mi buen amigo Aurel, intelectual sin título, humano y proletario con ideas extrañas sobre el poder y su función, pero sabio en el sentido elemental de la palabra. Más de una vez he hablado con mi amigo rumano de lo difícil que es encontrar en España publicaciones de la literatura de nivel rumana, traducidos y editados en estos tiempos que corren. Hay casos, sin duda. No hace tanto nuestro escritor Alberto R. Torices, también buen amigo, nos mostraba en una revista nacional una reseña muy viva de Mircea Cartarescu, de su libro El levante . Pero cierto es que no son tantos como merecen los autores rumanos que asoman por nuestras editoriales y librerías.

Hoy me gustaría hacer homenaje a ese hombre que se aproxima a sí mismo, ese hombre que siendo joven, siendo nadie y con el pundonor y la desvergüenza al mismo nivel, pasó a la historia de la literatura experimental y a la de los coherentes que luchan por la osadía sin temor a sí mismos.

A mediados de un mes como este, de hace ya 119 años, el hombre que escribió: «el ruido ordenado en la periferia del resplandor/ es un ángel/ que sirve de cerradura a la seguridad de la canción/ una pipa que se fuma en el compartimiento de fumadores/ en su carne los gritos se filtran por los nervios/ que conducen la lluvia y sus dibujos/ las mujeres lo usan a modo de collar/ y despierta la alegría de los astrónomos», puso su pie en este mundo, como lluvia ligera, en la ciudad de Moinesti (Rumanía).

Hablo sin duda de Tristán Tzara. Su verdadero nombre era Samuel Rosenstock, pero los verdaderos nombres eran sólo apariencia para el que fue el padre del dadaísmo. Su actitud fue siempre la lucha por eliminar el convencionalismo y su figura fue sin quererlo elegida como guía por su arrolladora personalidad.

Paul Eluard, André Bretón o Luis Aragon no consiguieron fagocitar su perspectiva individual y política. Duchamp o Man Ray lo siguieron con fervor. Tzara acabó militando y luchando por la liberación de la Francia ocupada por los nazis desde las filas del Partido Comunista; y su temperamento en contra de lo acomodado, le hizo desligarse del partido años después, cuando los soviéticos invadieron Hungría.

Romper los hilos de lo establecido para generar nuevas vías. Ese nihilismo que asumió Tristán Tzara me hace recordar hoy, un día antes del de su nacimiento hace ya más de un siglo que, como él dijo: «Todo acto es un disparo de revólver cerebral». ¡Actúen!

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