PATRIMONIO
El botín leonés que exhiben los museos del mundo
De Chicago a Suecia, pasando por Irlanda e Italia, decenas de obras de arte robadas o vendidas en extrañas circunstancias están expuestas hoy lejos de la provincia

Mueso Metropolitano de Nueva York, dónde se exhiben varias piezas de incalculable valor procedentes de León
Obras de Peñalba de Santiago, ahora en el Louvre, o el sepulcro de Don Suero, en Nueva York, ilustran la rapiña que ha sufrido León y el destino al que ha ido a parar un botín de valor incalculable. Una pila bautismal románica de la montaña acabó en Suecia, un fragmento de la famosa Arqueta de los Esmaltes de San Isidoro está en Italia y un relicario del siglo XII originario de Sahagún lo luce el Art Institute de Chicago.
En el Metropolitan de Nueva York hay un crucifijo de marfil de Carrizo y en Irlanda obras de Nicolás Francés que salieron de la Catedral.
Párrocos, anticuarios, coleccionistas y ladrones han esquilmado el patrimonio de León durante décadas. Historiadores como Luis Pastrana, Alejandro Valderas y Ángela Franco, entre otros, se han dedicado a seguir la pista de algunos de los tesoros que ‘emigraron’ de León; muchos de ellos, en extrañas circunstancias. Algunos han acabado en prestigiosos museos de Europa y Estados Unidos, que durante décadas actuaron como auténticos depredadores; y otros, en colecciones privadas. El inventario es interminable y el rastro de muchas piezas se ha perdido. Llama la atención la cantidad de obras de origen leonés que han aflorado en los últimos meses en las casas de subastas. Christie’s y Sotheby’s, por ejemplo, han vendido este año varias pinturas del gran artista gótico de la Catedral Nicolás Francés.
Entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX el Patrimonio provincial se concentra el gran saqueo. Algunos monumentos fueron literalmente desmantelados piedra a piedra por mercenarios del arte y vendidos «al peso».
Coleccionista de techos
El magnate de la prensa norteamericano William Randolph Hearst se erigió su propio palacio con ‘joyas’ que expolió en España. Hearst, que más que un amante de arte era un comprador compulsivo, trasladó al otro lado del Atlántico –concretamente a San Simeón (California)- un artesonado procedente de Sahagún. El arquitecto José Miguel Merino de Cáceres, que ha seguido la pista al Patrimonio saqueado por Hearst, descubrió que el potentado editor llegó a tener 98 artesonados españoles. El multimillonario que inspiró a Orson Welles la película Ciudadano Kane también se hizo con varios medallones de la fachada de San Marcos. Los restos de don Suero de Quiñones, descendiente del famoso caballero que protagonizó la gesta del Paso Honroso, y de su esposa, Elvira de Zúñiga, yacen en la Hispanic Society de Nueva York, en el interior de dos espléndidos sepulcros, que salieron del monasterio de San Esteban de Nogales en el año 1913.
Un claustro románico del monasterio de Sahagún se ‘diseccionó’ a finales del siglo XIX y una parte fue a parar a la localidad norteamericana de Cambridge (Massachusetts) y el resto está diseminado entre el Arqueológico Nacional, el Museo de León y colecciones privadas. El Museo Arqueológico recuperó en 1933 la lápida del sepulcro de Alfonso Ansúrez, del monasterio de Sahagún, haciendo un canje por otra pieza con el Fogg Museum de Harvard. Es una de las obras más valiosas de estilo románico que conserva el MAN, que posee una colección impresionante de tesoros leoneses.
Hace dos años el Museo del Prado inauguraba un ‘santuario’ para albergar la colección donada por José Luis Várez Fisa y su esposa María Milagros Benegas. Doce piezas excepcionales y, entre ellas, dos ‘joyas’ de León: un artesonado procedente de Valencia de Don Juan del siglo XIV, que quedó suspendido’ del techo abovedado diseñado por Rafael Moneo, en la sala 52A del edificio Villanueva, y un retablo de San Juan Bautista del siglo XIII. El gran artesonado, con espectaculares pinturas de dragones, arpías y glifos de rotundos colores procede de la desaparecida iglesia coyantina de Santa Marina, considerada la mejor de estilo mudéjar de León.
El artesonado —de doce por seis metros y 6.000 kilos de peso— tiene detrás una rocambolesca historia que se remonta al año 1876, cuando los vecinos de Valencia de Don Juan alertan del mal estado de la iglesia. En 1926 una parte se desploma, aunque ‘milagrosamente’ la cubierta del coro queda a salvo y, con ella, el artesonado. El arquitecto de la Catedral de León, Juan Crisóstomo Torbado, certificó que la iglesia sólo precisaba «unas mejoras», aunque se optó por dejar caer el edificio. El historiador José María Luengo da cuenta de que el artesonado se lo llevó de noche un chamarilero en un carro de bueyes. Primero quedó en depósito por 5.000 pesetas y luego pasó a manos de un particular. Fueron décadas de rapiña y venta de importantes joyas artísticas del patrimonio leonés. No se sabe con certeza cuándo llegó a manos de José Várez Fisa, pero es seguro que fue antes de 1970. Tampoco se conoce cuánto pagó y quién se lo vendió.
Los saqueadores
Algunos de los personajes que esquilmaron los monumentos leoneses durante mucho tiempo fueron considerados salvadores del patrimonio. En principio, atesoraron objetos de arte para evitar que fueran vendidos al extranjero. En muchos casos son sus herederos quienes ponen en el mercado esos tesoros. Magnates estadounidenses como Hearst y Archer Huntington, anticuarios como Ignacio Martínez y Raimundo Ruiz, coleccionistas como el canónigo Manuel López Cepero y el arquitecto Juan Crisóstomo Torbado, ‘marchantes’ como Arthur Byne y el gran ladrón Erik el Belga figuran entre los principales saqueadores del patrimonio leonés durante el siglo XX, aunque el expolio comenzó mucho antes, con la desamortización de Mendizábal. La pobreza y la incultura de los encargados de velar por los tesoros artísticos facilitaron el trabajo de traficantes y coleccionistas, que sí sabían el valor de lo que compraban y, en muchos casos, cierran la venta de forma ‘legal’ y con recibo.
En el tráfico de arte hay todo un escalafón. En el nivel más bajo se encuentran los anticuarios de provincias, que recorren pueblos en busca de obras y ‘chollos’. En el vértice de la pirámide, los grandes coleccionistas. Los más peligrosos son los expertos, arquitectos e historiadores, que pagan a rastreadores locales, pero son ellos los que seleccionan las piezas y tienen contacto directo con los coleccionistas; es el caso de Arthur Byne y Raimundo Ruiz. El papel desempeñado por ambos en el desvalijamiento artístico del país en aquellas décadas resulta «bochornoso», según explica la historiadora María José Martínez en su trabajo Modernas mansiones con pretensiones cortesanas.
Rescatar el ‘botín’ expoliado a León parece hoy impensable e imposible. Exigiría, antes que nada, verificar qué objetos de arte se vendieron de forma fraudulenta para exigir su ‘repatriación’.