Diario de León
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RAFAEL SARAVIA
León

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D ecir que fue puro o limpio el miedo? Ni la muerte ni el miedo son limpios. Así de claro. Con tan buena letra como buen desatino vital nos ilustra Rafael Chirbes la concepción del mundo. No ese mundo con mayúsculas que los dientes mascantes de verdad se reparten a dentelladas como queriendo consagrar su trozo más grande como el mejor para representar lo verdadero. Hablo de esa verdad íntima, inconsciente y mal vestida que da fe a cada minuto de nuestra realidad. Hablo de ese mundo con minúsculas que a tan pocos ha interesado por falta de fuegos artificiosos y que Chirbes, como presidente de esa república del fracaso que es la vida, supo plasmar con valentía, rudeza y preciosismo atroz. Hace tiempo que nadie dudaba de que la narrativa de Chirbes era de la mejor que se ejercía en este país. Nadie lo dudaba pero pocos la ponían en el altavoz de las estanterías. Porque Rafael Chirbes era la incomodidad moderada que dolía si te acercabas. Un hombre que no trabajó para complacer, que supo dejar margen -comercial y por tanto vital- para que quien quisiera viviese el placebo, el meloso engaño que podía ser la vida. No recriminaría a nadie esa decisión... pero no dejaría a nadie indemne si se acercaba por voluntad propia a esas verdades que marcaba con un ritmo poético en su prosa cincelada, de párrafo corto y pulsión extrema.

Recuerdo en el paladar esa sensación con La buena letra ; el libro llegó a mí de la mejor manera posible, en una lectura que hice en la librería homónima de Gijón, cuyo gerente y luchador versátil, Rafa, tenía y tiene la delicada amabilidad de los hombres que no aspiran a ser ricos -Ya lo decía Chirbes... no hay riqueza inocente-, y regala siempre que algún escritor pasea sus escritos por su librería, un ejemplar de este título que incuba cátedra vital.

La dureza con que Chirbes marcaba el tempo de sus novelas no era otra que la dureza con que el tiempo marca sus realidades históricas. Rafael jamás olvidó -creo que no pudo nunca- su condición de historiador y por tanto cronista de tantas verdades mínimas y máximas que se pierden por el camino de los perdedores.

Por ello Rafael fue verdad. Fue cúmulo e intensidad en las historias que nos conciernen. En toda la maraña de contradicciones que conforman nuestro tiempo y que él veía con una clarividencia no apta para hipócritas. Es en esta realidad que escuece y no queda otra que vivirla, de la manera más coherente posible, donde se forja la entereza de los textos de Chirbes. Sólo aquellos que saben sangrarse consiguen una percepción del mundo más real. Sin saber si eso conllevará la palabra mejor o peor.

Hoy celebro las letras que se han ido. Por eso me acuerdo en el día que sería su cumpleaños, con versos suyos, también de otro escritor que generó esa verdad que pocos son capaces de soportar: Pedro Montealegre. «Así me despedían: blanco entre las sábanas colgadas al aire/ y hambriento por la forma, la verdad de un leño ardiendo: un fénix/ con su pico atragantado de cenizas». ¡A la salud de las buenas letras!

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