Diario de León

CULTURA

El Macondo leonés de Aldecoa

No hay mecenas para convertir la casa de la escritora en centro cultural.

Josefina Aldecoa y la casa en la que nació en 1926 en La Robla.

Josefina Aldecoa y la casa en la que nació en 1926 en La Robla.

Verónica Viñas
León

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La Robla no es Macondo, pero se le parece. Aquí hay historias que podrían haber sido fabuladas por Gabriel García Márquez, como la de los Álvarez, la familia de Josefina Rodríguez Aldecoa. Eustasio, el abuelo de la autora de Mujeres de negro, un guardia civil que fue uno de los últimos de Filipinas y luchó en la guerra de Cuba, compró, a la vuelta de sus epopeyas bélicas, un terreno en La Venta de Alcedo, donde construyó una vivienda para vivir con su mujer, Gabriela, una maestra muy querida que inspiró a Josefina —también maestra e hija de maestra—, la novela Historia de una maestra.

Fue la casa donde nació en 1926 y pasó toda su infancia la fundadora del colegio madrileño Estilo, en el que fusionó ideas de la Institución Libre de Enseñanza, tan arraigada en León, con las de avanzadas academias británicas y norteamericanas. La casa en la que Josefina y su hermano Eustasio pasaron los primeros días de la Guerra Civil, mientras sus padres, propietarios del mítico bar Fernando en la calle Ramón y Cajal, quedaban atrapados en León.

«A partir del Rabizo era zona republicana, así que la guerra nos pilló a mis padres y a mi hermana y a mí en bandos distintos», cuenta Eustasio. «Fue un momento que mi hermana y yo siempre hemos recordado. Veíamos los trenes llenos de milicianos desde la casa».

Josefina tenía entonces diez años y, como relató a este periódico: «Mi infancia, absolutamente consciente, comienza ese año de 1936. De la Guerra Civil tengo recuerdos muy nítidos. A los 13 años acabo el Bachillerato, pero no en el Instituto, sino en una pequeña academia que tenía una señora que había sido depurada después de la guerra. En su propia casa nos daba clases a cuatro o cinco alumnos».

La casa de La Robla, la de los felices veranos, marcaría para siempre a Josefina Rodríguez, que unió a su apellido el del escritor Ignacio Aldecoa, autor de El fulgor y la sangre, tras casarse en 1952.

Una casa en el limbo

Después del fallecimiento de las tías Florentina y María, la casa de los Álvarez la heredan pro indiviso, cinco familias, todos descendientes del abuelo Eustasio. Hace cinco años, tras disolverse judicialmente el pro indiviso, el inmueble sale a subasta y el hermano de Aldecoa lo compra, sobre todo, por razones sentimentales. Como primera medida se ve obligado a reparar la cubierta, para evitar que corra la misma suerte que las casas de Concha Espina y Concepción Arenal.

El hermano de la escritora que mejor retrató a los maestros de la República inició entonces conversaciones con la Hullera Vasco Leonesa, la Diputación y el Ayuntamiento de La Roba, con el fin de crear un centro de actividades culturales, para reivindicar la memoria de la autora de Los niños de la guerra.

Consigue promesas y buenas palabras, pero sobreviene la crisis y proyecto queda en el ‘limbo’. Eustasio, que trabajó durante años en el Banco Mundial en Washington, apela a la Junta de Castilla y León, que, en su opinión, debería tener «una responsabilidad suprema», teniendo en cuenta que iniciativas encomiables como la de la Asociación de Casas-Museo y Fundaciones de Escritores, que pretende a través de su web poner en valor inmuebles que, lejos de una visión fosilizada y erudita, «salen al encuentro de la sociedad a través de rutas literarias», carecen de fondos.

Pese a los esfuerzos de Eustasio por mantener en pie la casa familiar, lo cierto es que el interior del inmueble exige también una gran rehabilitación. El hermano de Aldecoa, afincado en Madrid desde hace años y que también adquirió una casa en Cantabria para estar cerca de Josefina en su último retiro, en la localidad de Mazcuerras, confiesa que no puede mantener tantas viviendas.

De momento, no ha encontrado un mecenas que cumpla su sueño de rendir homenaje a su hermana convirtiendo la casa que tanto amó la escritora en un centro que ponga a salvo su legado.

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