CULTURA
Una infidelidad amorosa hizo caer la red de espías San Miguel
Un libro sostiene que el despecho de uno de los integrantes de la trama que operaba desde León desencadenó el final de toda la operación de resistencia antinazi.
Imagen de Lorenzo San Miguel.
Una infidelidad, el factor humano, que siempre es lo que termina por precipitar los acontecimientos y que, en esta ocasión, inclinó la balanza en contra de la red de espías que el Reino Unido había ido, poco a poco, tejiendo en el noroeste y cuya sede estaba en León. Cientos de espías, entre los que había militares, maestros, modistas, fogoneros, mineros... fueron encarcelados y ejecutados por el régimen franquista a causa de una debilidad humana. Así lo aseguran al menos José Luis Cervero y José Antonio Landera, autores de la investigación que se ha volcado en El Tercer ruido, el libro que desvela la existencia de una organización secreta ubicada en León, cuya misión no era otra que la de controlar los miembros del ejército nazi destacados en España durante la segunda Guerra Mundial.
Todas las historias tienen un comienzo. En esta, el protagonista es Lorenzo San Miguel, un ponferradino hijo de un ferroviario que residió algún tiempo en México y fue el precursor y jefe de los agentes de esta red secreta desarticulada por la Guardia Civil. El espía regresó a España desde México en el mes de julio de 1935 para alistarse voluntariamente como soldado en el Regimiento de Infantería Burgos, 36, incorporándose seguidamente al II Batallón de este Regimiento acantonado en Astorga. «Su irrefrenable deseo de luchar contra el régimen dictatorial que se aproximaba, personificado por los militares que se alzaron en armas contra el Gobierno de la República le hicieron entregarse en cuerpo y alma a realizar actividades subversivas dentro del mismo acuartelamiento», destacan los autores de este trabajo, que subrayan que entre sus funciones estaba la confección y posterior siembra de propaganda clandestina en contra de los militares.
Sus actividades fueron descubiertas y Lorenzo, encarcelado junto a otro ‘rebelde’, Fernando Rebaque Vigón. Cervero y Landero sostienen en el libro que esta detención fue el origen de la entrada en escena de los capitanes Eduardo Rodríguez Calleja y Juan Rodríguez Lozano. «Calleja se convirtió en el defensor de Lorenzo San Miguel y Lozano de Fernando Rebaque», explican los autores de El Tercer ruido. Sin embargo, Lorenzo San Miguel consiguió fugarse y se puso en contacto con las representaciones diplomáticas en España de EE.UU y Gran Bretaña, a los que se ofreció como espía. Una vez que los ingleses dieron el visto bueno, Lorenzo organizó una extensa red de agentes secretos repartida por distintas provincias españolas, para lo que contó con los estimables servicios que le proporcionó el vecino de La Robla José García Robles, que trabajaba en una empresa propiedad de un inglés y de la tía carnal del prestigioso científico asturiano Francisco Grande Covián. La red de Lorenzo aportó importantes informaciones sobre las andanzas nazis en España al Servicio Secreto inglés, con la entrega de planos, mapas y croquis de arsenales, aeródromos y otras instalaciones militares nacionales.
El eterno femenino
Una de las conclusiones a las que llega la investigación es que la perdición de Lorenzo fue una mujer. Se trataba de la esposa de su segundo en la organización, Florentino Arias Moral. «A oídos de este fogonero de la empresa Duro Felguera le llegaron rumores sobre unos presumibles devaneos amorosos entre su esposa y su jefe en la organización de espías. Por si esto fuera poco para Florentino, se enteró por boca de su hermana de 17 años de que Lorenzo le había tirado los tejos en su casa del callejón del Padre Isla de León», destaca José Antonio Landera.
Y como el factor humano siempre es el factor definitivo, Florentino Arias no perdió un segundo en acudir a la Guardia Civil para descubrir a la red. «Con las primeras luces del alba del 10 de octubre de 1943, una comitiva de guardias civiles conducida por el fogonero delator y dirigida por el teniente coronel José Blanco Novo, se personó en el último piso de la casa del número 34 de la calle Condesa de Sagasta, donde pillaron a Lorenzo dormido como un tronco», revela el autor, que describe que el espía no tuvo ni siquiera la oportunidad de despertarse. «Los agentes no lo dudaron. Sacaron sus pistolas y dispararon sobre el indefenso cuerpo de Lorenzo», mantienen los autores, que añaden que los guardias civiles pudieron detener vivo al jefe de los espías. «Si no lo hicieron fue porque éste sabía mucho y tenía en nómina a varios mandos militares», revelan.