Diario de León
Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

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L a justicia y su dicción raramente ponen de acuerdo a dos partes encontradas. Al final uno parece entender que la objetividad es un elemento tan ficcionado como la puntualidad de los conejos con chaleco y bombín.

Atentos: los escritores españoles no podrán cobrar sus derechos de autor –pagando obviamente sus retenciones fiscales- y una pensión de jubilación sin ser sancionados por Hacienda. La ley de la reforma de las pensiones que se empezó a aplicar en el 2013,nos dice que un trabajador de la creación, cuando se jubila y realiza alguna actividad, si sus ingresos anuales por ella superan el salario mínimo interprofesional (unos 9.000 euros), no ha de cobrar su pensión. Tampoco permite esta ley cobrar sus derechos de autor de las obras escritas durante toda su vida. Ante la protesta pública de muchos de nuestros mejores escritores, la mayoría de los ciudadanos agachamos la cabeza con vergüenza por pertenecer a un país que trata así a sus escritores con más trayectoria. Otros, ponen el grito en el cielo por ciertas expresiones como «si esto sigue así habrá que dejar de escribir».

Pareciese que incluso dentro del gremio ciertas envidias mal entendidas asumen que el proceso creativo ha de estar inexorablemente unido a una vocación casi eucarística y altruista. Un escritor no debe dejar de escribir jamás. Y menos por un tema tan banal como el monetario. Este argumento nunca es sacado cuando durante décadas el mismo escritor ha pasado penurias y aún así ha estado escribiendo y entregando vida y compromiso para con sus textos. Sólo en el momento en que reclama que no le diezmen lo poco o lo mucho que la suerte le ha podido otorgar con su creación, nos acordamos de que lo importante jamás ha de ser el dinero.

Pongo un ejemplo notable de las letra españolas. Antonio Gamoneda. Con 14 años empezó a trabajar como recadero en una oficina bancaria. Allí estuvo casi un cuarto de siglo trabajando con dureza – lean Blues Castellano- mientras compaginaba la pulsión de la escritura. Vinieron tiempos donde la censura le intentó callar, tiempos de despidos, diversidad de puestos, penurias y ninguneos sociales por ser un poeta de la periferia. Vino también, ya de mayor, un reconocimiento que las modas no aceptaron pero que la rotundidad hizo necesaria. Tarde. Llegó tarde pero llegó. Ahora, décadas después, sus libros se reclaman en varios continentes y su obra prolifera. Por cada lectura o conferencia que da cobrando genera una complicidad y colaboración con muchos colectivos sin posibles a los que no les pide absolutamente nada. Y esto; unos emolumentos ya tardíos, son los que incompatibilizan una pensión –por la que cotizó en su vida laboral- que es lo único que da estabilidad a sus necesidades dinerarias. En otros países, ofrecen a sus creadores pensiones vitalicias. Es el caso de Argentina, por ejemplo. En Chile por ser Premio Nacional tienes una pensión vitalicia también. Aquí preferimos ver dobles sueldos a banqueros, ex ministros y realidades que ningunean nuestro pensamiento.

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