Diario de León
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rafael saravia
León

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Escribía hace unas semanas el bueno de Alberto Olmos en un suplemento cultural su gran enfado por el servilismo institucional que se ejerce en torno a la poesía. Decía literalmente que: «Casi nada que hoy tenga que ver con la poesía carece de subvención, sea ésta pública o privada, de modo que los poetas, que habitaron en tiempos las buhardillas más miserables de París, se han convertido en una nueva clase de funcionario, el interino lírico».

Pues bien, no manifestaré enfado porque ante un artículo tan efectista sería entrar en niveles que ni Olmos ni yo estaríamos dispuestos a defender si no fuese porque él vive de estos y otros efectos. Tengo —espero seguir teniendo— una buena relación con Olmos. Ha venido a León con nuestro Club Leteo y colaborado en nuestras publicaciones. Todo agradecimiento por mi parte. Muy buen rato he pasado conversando con él. Pero cuando se pone estupendo analizando de manera «telefílmica» las realidades de la literatura, me acaba empachando. Viene a decirnos con rabieta y pataleta de niño enfurruñado que nadie lee poesía y que toda la poesía viene de la subvención. Nos quiere rememorar el discurso de Witold Gombrowicz pero sin su ironía, humor y reflexión.

No sé qué mal encontrará Olmos en un género que, como decía Juan Ramón Jiménez siempre ha sido para «la inmensa minoría». Es cierto que mucha poesía vive de ayudas. Unos cuantos poetas viven como él dice muy bien de premio en premio. Pero los premios que se generan a nivel poético siempre van más acordes al movimiento mercantil que tanto preocupa a Olmos. Como él dice, el premio más importante a nivel económico de poesía en España está dotado con 20 mil euros. Premios de narrativa por encima de esa cifra hay decenas. Y hablamos de cantidades sumamente mayores. Hasta los escandalosos 600 mil euros del Planeta.

Yo no soy ejemplo de coherencia vital, pero nuestro señor Olmos hila demasiado gordo en cada palabrita que dice. Despotrica contra los premios de relato y poesía. Dice literalmente: «Una novela de 200 páginas es un filtro impresionante que deja atrás a muchos escritores malos». Y se queda tan ancho. Escribir 200 páginas licita la dignidad de un texto; amén. Luego, se presenta a un premio de «relatos» de 50.000 euros, queda finalista y publica en el grupo editorial para el que trabaja actualmente «su» libro de «relatos» que no ha ganado esos 50.000. Comparto con Olmos que hay una mafia en cada premio importante que existe en nuestro país —y diría que fuera de él también—.

Pero hablar de esas grandes cantidades de dinero que se mueven en favor de la poesía es de chiste. Igual que su mención —desde la ignorancia y la rabia no de lector malherido, sino de escritor malherido— a Gamoneda, donde difama y aplana la verdad: ni Gamoneda deja de escribir, ni tiene problemas con el fisco. Pero yo suelto que siempre algo queda. Querido Olmos, desde el aprecio —y lo digo en serio— Contra los poetas es una manera fácil de llamar la atención, tanto como bailar una polca desnudo en una catedral. Esperamos mucho más de ti. Polémica sí, a costa de todo, no.

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