Diario de León
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rafael saravia
León

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Veo la noticia de Ana Gaitero sobre la muerte de Concha Casado y acto seguido pienso en la bondad, en la sencillez y en el esfuerzo. Como si esos atributos fuesen un rara avis en personas que sostienen cierta importancia a nivel social y destacasen por méritos propios en ciertas vidas entregadas a construir y no a demoler.

Conocí a Concha hace más de una década, cuando mis versos apenas reunían un poco de luz y una ristra enorme de errores. Fue su manera de mirar con un poco más de distancia lo que me hizo ver la posibilidad como una realidad futura. Uno de los primeros empujones de ánimo para seguir escribiendo aún lo guardo manuscrito de su puño y letra donde sus palabras eran elogio y respeto hacia mi trabajo.

Una mujer que junto a Dámaso Alonso hizo de la investigación y el pensamiento etnográfico un camino más cercano a la verdad. Pero la rotundidad de sus aportaciones, siendo una de las primeras mujeres investigadoras en el CSIC, no dejan de lado la pasta con que Concha Casado estaba hecha. Una mujer que ampliaba siempre para generar, no para derribar. Una luchadora nata que no necesitaba la agresión ni la polémica fácil para construir sus motivos.

La Cabrera y su dicción fue puesta en los libros modernos gracias a ella, La realidad de las industrias propias, las que vertebran las vivencias de antes con el buen hacer y la tradición, fueron objeto de estudio y visibilización por parte de esta mujer que llegó a dirigir la Revista de Filología Española y la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares.

Pero todo su trabajo, su empeño por perpetuar los valores activos de nuestro paisanaje, de nuestra cultura popular, de nuestra idiosincrasia como pueblo generador de patrimonio, con la complejidad de su situación como mujer en esta España tan arraigada al machismo de élite, no quitaron a nuestra Concha ni un ápice de buen humor y conducta conciliadora. Su bonhomía la paseaba junto a su rectitud como investigadora, su alegría la llevaba prendida en su condición vital y eso generó esperanza en no pocos jóvenes generación tras generación.

Hoy se recuerdan todos los museos que perpetúan nuestra consigna histórica y etnográfica y que son y existen gracias al tesón de doña Concha Casado. Ejemplo de ellos son el del Val de San Lorenzo, el de Jiménez de Jamuz o Carracedo. Pero hay muchos más. También una calle, un centro de enseñanza y una biblioteca llevan su nombre y lo alejan del olvido. Una realidad que nos muestra el tamaño de esta pequeña gran mujer que ahora nos deja.

Doña Concha se nos va con el descanso de haber forjado en sus casi cien años una historia patrimonial de nuestra provincia que abarcará muchos más siglos de pervivencia. Sus experiencias y su amor por la tradición nos las contagió a todos aquellos que tuvimos la posibilidad de charlar con ella. Pero para los que vendrán, sus libros y los museos que creó, serán referentes vivos de todo su trabajo y bondad.

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