Diario de León
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rafael saravia
León

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Dos grandes enemigos tiene la poesía: la institución que hegemoniza y los poetas.

La primera por cercenar y querer ponerle nombre y habitáculo a algo que fluye y es en la misma disidencia. Los contrarios y sus líneas de fuga, lo emotivo y lo transitable sin camino certero, lo alabado y lo que siembra olvido, la claridad de lo pleno y la oscuridad de lo que acontece sin explicación plausible, lo abstracto y sus albuferas, lo concreto y sus estratos… todo ello se revela contra cualquier institución que canoniza el camino único, la verdad aplaudida en los vertederos del establishment.

La segunda, los poetas, por ser la torpe incertidumbre del instrumento que intenta y no siempre consigue la belleza más allá de la letra impresa. Por su condición de humanos con toda la dosis de genialidad y fascinación, pero también con toda la dosis de ego, perversión, envidia, torpeza, falta de bondad y generosidad para los intentos ajenos.

Y, sin embargo, el poema se sostiene y avanza siglo tras siglo como la canción que es, como el instrumento de dicción y complicidad por el que nació: música y palabra. Baile sin frontera entre la emoción, su cosmos inmedible y el significado plural de un lenguaje desobediente.

La institución que hegemoniza torpedea el paso desenfadado de la poesía, sin embargo, es gracias a instituciones, con sus torpezas y sus aciertos, que conocemos y celebramos la posibilidad de encuentro entre poemas, poetas y lectores más allá de nuestra vecindad. La Unesco le ha dedicado un día, La Academia de la Lengua la celebra, Instituto Cervantes, Bibliotecas Municipales, Ayuntamientos, Diputaciones y Ministerios le conceden atenciones que con más o menos acierto homenajean la libertad -o su intento- que representa el lenguaje poético.

Con los poetas pasa lo mismo, somos cuatro, a los que les leen dos y con los que se pelean cinco. Una suerte de paradoja risible. Cansada a veces de sí misma por las riñas estúpidas que generamos… la poesía también es a través de esas personas, los poetas. Y a través de ellos es desde donde se encuentra en mejor forma la desesperación de lo bello y su expresión última.

Hoy me veo obligado a excusarnos. Aunque sea para recordar algunos lugares dignos cercanos no a la perfección, aunque sí a la concepción de serenidad y libertad. Además, quiero recordar a dos poetas en este día; uno se acaba de ir, Derek Walcott: «Ahora, ya no le pido nada a/ la poesía sino buenos sentimientos,/ ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa,/ podemos sentarnos a mirar las aguas grises,/ y en una vida inmaculada/ por la mediocridad y la basura/ vivir al modo de las rocas.»

A la otra siempre la tuvimos en lo hondo, pero este año vuelve con el entusiasmo de su desobediencia pacífica. Ella es Gloria Fuertes, este año se cumplen cien de su nacimiento y yo nazco en este día con ella y su magnífico decir: «He publicado versos en todos los calendarios,/ escribo en un periódico de niños,/ y quiero comprarme a plazos una flor natural/ como las que le dan a Pemán algunas veces.»

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