Diario de León

CULTURA ■ PATRIMONIO EN PIEDRA

La serpiente que guarda un tesoro envenenado

Descubren en Omaña un posible petroglifo con forma de reptil. Se asocia a una leyenda popular de índole disuasoria

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e. gancedo | león

Aunque gana en número de años al más anciano de los vecinos de la comarca, sólo ahora este singular y enigmático habitante de la alta Omaña ha dado el salto a las redes sociales y a las tertulias de los bares, y desde hace unos meses recibe impávido las visitas de no pocos especialistas y curiosos. Se trata de una gran figura con aspecto de serpiente, grabada profundamente en la piedra y que parece surgir del suelo o apuntar hacia él, y cuyo origen —natural, humano o mixto— está siendo discutido estos días.

Su descubridor es Francisco Álvarez, un gran conocedor de la zona que la encontró en una de sus habituales excursiones y la dio a conocer vía Internet. «Pregunté a gente mayor de pueblos cercanos y, mientras algunos no habían oído nunca hablar de la figura, para otros era familiar y recordaban además una curiosa leyenda asociada a ella: su cabeza, enterrada en el suelo, señala dos arcas: una con un tesoro y otra con veneno», explicó Álvarez al Diario. En Internet lo vio el investigador Miguel Ángel González, autor de libros como Teleno, señor del laberinto, que acudió a estudiarla junto a su descubridor y quien ha catalizado la mayoría de preguntas a expertos y viajes al lugar. «La figura se encuentra en la pared de una gran mole rocosa y tiene aproximadamente dos metros de altura. Es una silueta de tipo serpentiforme con un borde vivo y profundo», caracteriza.

González elevó sus consultas a arqueólogos (como Feliciano Cadierno y Manuel Santos Estévez), y a otros expertos (Juan Carlos Campos, el descubridor de los petroglifos maragatos), que se mostraron «muy interesados», y adelantó que los tres «se inclinan por un origen humano pero son prudentes». También preguntó a un geólogo, Javier Fernández Lozano, «quien defiende rotundamente que es natural». Después de varias visitas, la opinión de Miguel Ángel González es que la serpiente omañesa se debe, en principio, a la acción de la naturaleza pero ha sido «remarcada y subrayada por el hombre».

La controversia está servida, aunque tanto si se está ante un producto cultural —y de ser así, sería el primer petroglifo conocido de Omaña— como fruto de la erosión y la meteorología, «la leyenda asociada a la figura es real, y resulta muy significativa», defiende González. «El hecho de que un arca contenga un tesoro y la otra veneno alude a un tabú, esto es, tiene un carácter disuasorio, de protección de un lugar valioso, posiblemente un espacio de culto», argumenta, y recuerda que la serpiente es un símbolo guardián presente en todas las culturas. «Cuando una creencia como ésta ha arraigado tanto y ha sobrevivido durante tanto tiempo, indica que en su día hacía referencia a algo muy importante para la población que lo creó», añade.

La cueva del Cuélebre de Corao en Asturias, la serpiente grabada del castro de Peñalba, «a la que los matrimonios ofrecían tazas de leche», y la gran serpiente grabada en piedra del yacimiento aurífero romano de Pino del Oro, Zamora, son otras evocaciones reptilianas asociadas, como ésta, a los ‘lunasticios’ (un tipo de ciclo lunar), aporta el investigador. «En cuanto a las fiestas de primeros de mayo y agosto podemos enumerar la cueva de la sierpe Rupiana de Montes de Valdueza o el lago de Leitariegos y la terrible serpiente que allí causaba estragos, nacida del cayado de un peregrino no auxiliado», repasa.

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