MINORÍAS ABSOLUTAS
Filantropía
Ya lo dijo John Steinbeck: «Puede que hiciera algo bueno con ese dinero. No hay mejor trampolín que una mala conciencia para saltar a la filantropía». Resulta que el buen samaritano de Amancio Ortega ha condescendido en este mundo injusto con una superdonación de 320 millones de euros para mejorar las infraestructuras de la sanidad pública. Esta exaltación filantrópica para muchos de ustedes, tiene atravesada una realidad mucho menos bondadosa y más cercana a la recreación de una película de Martin Scorsese —se me ocurre el Lobo de Wall Street— que de Disney —aquí apunten la película más edulcorada que les guste de esta gestoría cinematográfica—. Les voy poniendo al día para los que no lo estén. Resulta que esa enorme donación, no supone ni un 0,5% de su capital. Para que se hagan una idea, si usted es un trabajador que cobra 1.000 euros al mes, es porque el estado le quita en impuestos cerca de 400 euros de su nómina bruta.
Pues bien, al señor Amancio en proporción le quitarían menos de 70 euros en vuestra misma situación. Si tuviese que pagar con la misma retención que le hacen a un médico tendría que pagar esos 320 millones cada año de impuestos, como todo español cotizante que se precie. Así que aguantamos y nos convencemos de que hay leyes para cada clase social de este país. ¿O es que pensabais que todos somos iguales ante la justicia y la ley?
No obstante, el hecho de hacer una donación siempre es celebrable. Cuando la excusa imperante es decir que podía no donarlo y quedárselo y sin embargo lo dona. Pero aquí también hay trampa. Porque no lo dona a la sanidad española. Dona 320 millones para comprar unos equipos concretos para la detección del cáncer. Pero resulta —qué casualidad— que la empresa que fabrica esos aparatos, es propiedad participada de… ¡Exacto! nuestro queridísimo Amancio. Además, los suministros carísimos de esas máquinas son exclusivos, así que se tendrán que comprar a partir de entonces a… ¡Pues sí! nuestro queridísimo Amancio. Con esto se ahorra pagar impuestos —las donaciones desgravan— por 320 millones. A él los aparatos le cuestan mucho menos por ser parte de la empresa, hace una campaña genial y además deja obligada a la sanidad pública a comprarle los suministros y los cursos de formación para el desarrollo de esos instrumentos. Si la donación fuese para la sanidad pública y ella distribuyese ese dinero como mejor necesitase, todavía tendría su atenuante, pero no. Dona e impone hacia dónde llevar esa inversión.
No les diré nada de las noticias que hablan de casi 600 millones en impuestos «esquivados» por el gigante Inditex gracias a la ingeniería fiscal. Y tampoco haré demagogia con el acto de comprar o no en un Zara. No estoy en contra de esta empresa, estoy en contra de sus métodos. Por eso no pido su cierre, pido que los cambie. Sólo el que maneja puede cambiar los ríos de atrocidad financiera. Pero una cosa me queda clara, me resulta insultante que me quiera tachar de tonto uno de los hombres más ricos del planeta. Siga robándome, pero respete mi inteligencia.