MINORÍAS ABSOLUTAS
Agua
Este es el verano de mi agua. Pocas veces he sido tan consciente de toda la realidad líquida que me rodea, que me construye y que me espera como elemento referencial en mi presente próximo.
He vivido el grifo abierto, el agua corriente en mi fregadero con el que limpio, bebo y aliño a veces segundos sin importancia. He ido más allá de la ducha. He conocido el placer del agua. Agua hecha millones de añicos para ser polvo minúsculo en mi cuerpo: sauna. He sentido el contraste de su calor y del frío que atempera y rejuvenece en una piscina mientras nieva. La he bebido con insignificancia, pero también con la devoción de los manjares que otorgan la felicidad vital. Nunca he sido de derrochar, pero he derrochado a sabiendas del bien que vierto sin precaución alguna. Y ahora me duele más.
Este mes he probado ser parte del agua. Construirme y conocerme rodeado de ella. Sentir su presión y ser una partícula submarina más. A la manera en que tan bien lo cuenta Miguel Ángel Curiel en su libro El agua (Tigres de papel, 2014): «La oscuridad está llena de aguas/ cristalinas. Trabaja el agua contra/ la realidad, o estas aguas verdes/ estancadas que me apaciguan.»
Ahora que en mi día a día su presencia se vuelve más hermanamiento, más sustento de todo lo que me rodea, tengo la sensación de que soy más susceptible a cuanto de ella se cuenta, a lo que supone su alteración, su cambio y su asfixia.
Soy más consciente y me preocupa más saber que nuestros vecinos de Palencia están asolados por su falta. En España más del 40% de las cosechas se han perdido este año por la sequía y la situación de Palencia es tremendamente peor con pérdidas en torno al 80%. La cuenca del Segura se encuentra al 20% de su capacidad total y hay municipios dispersos por España —Por ejemplo Villafranca, en Castellón— que necesitan suministro de agua en camiones para poder subsistir en este verano. Otros ni siquiera pueden y tienen restricciones horarias para el agua como lo son Badolatosa o Lora de Estepa en Sevilla.
Yo vivo en un lugar donde el agua no escasea, pero no era consciente del privilegio que eso supone. Desde hace poco tengo un huerto al que puedo mimar con riego diario. Veo la necesidad de vida que genera el agua en cada una de las plantas que cada día miro, hablo, limpio… Son, o somos, en definitiva, un cúmulo de agua acotada por filamentos que nos distinguen en poco, pero nos aúnan entorno a todas esas moléculas de H20.
Hace un par de noches compartí, tumbado en la hierba, al lado de mi huerto, con mi compañera, otra experiencia de agua deslumbrante. «Llovían» estelas brillantes en el cielo. Ambos sabíamos que eran lágrimas de San Lorenzo y lo hermoso de su sustancia acuosa —aunque poco de agua lleven además del nombre— transfiguraba el cielo. Mientras, en un estanque, dos carpas y un siluro chapoteaban a la luz fugaz de esta lluvia de estrellas. Mientras, en mi cabeza, los versos de Curiel recomponían la importancia: «Criba/ arena/ hasta que/ aparezca/ la lágrima./ Me alimento/ de visiones breves./ Cucharadas de vino».