El hijo de las cosas
DESTILA HUMOR. ‘El hijo de las cosas’ (Galaxia Gutenberg) es un libro inquietante sobre los afectos y las relaciones viciadas. Una fábula, entre la risa y la melancolía, que gira en torno a tres hermanos, rodeados por una pléyada de secundarios magistrales. La obra más humorística del leonés Luis Mateo Díez llega hoy a las librerías. Diario de León adelanta los primeros párrafos de una novela que engancha desde el principio.

Las hermanas Corada decidieron llamar al juez Beraza cuando después de cuarenta y ocho horas su hermano Cano no había dado señales de vida. Lamo Beraza ya estaba en su despacho pero todavía no había tocado ninguno de los papeles que colmaban la mesa, distribuidos en un orden equivalente de diligencias, demandas, recursos, autos y providencias, sin que existiera un criterio para comenzar a revisarlos.
Al juez Beraza le gustaba apurar los plazos y le entretenía dejar de lado los asuntos que mayores consecuencias contuvieran, como si en la importancia de las razones procesales residiese la desidia con que la ley mejor alimentaba sus úlceras y padecimientos renales.
–Cuarenta y ocho horas en la vida de Cano, queridas amigas –dijo el juez Beraza, cuando las voces de las hermanas Corada duplicaron los suspiros en el auricular del teléfono, que había descolgado con la misma desgana con que observaba los ordenados y renuentes papeles– no tienen causa ni instrucción. ¿Cómo podéis preocuparos de ese modo, cuando el tiempo de Cano nunca obtuvo medida ni solvencia…? ¿Es que a estas alturas de la película todavía no conocéis a vuestro hermano…?
–Cano está enfermo –afirmó Fruela, la hermana mayor, consternada– La sinusitis le inflama la cabeza. Lleva varios días con el pañuelo en la nariz y con las amígdalas irritadas, y en las últimas semanas se le salió tres veces la hernia. Además, y esto podemos decírtelo por la confianza que tenemos contigo, no se le cura la infección y no hay modo de que consulte al urólogo.
–Mira, Fruela, no andemos con recetas y no olvidéis que Cano es un cuarentón. Ni nervios ni histerias, por favor. La amigdalitis se cura con pastillas, los mocos no van a ahogarlo y unas purgaciones las padece cualquiera. Yo mismo las sobrellevé, y no soy sospechoso de falta de higiene.
La voz de Mila, la hermana pequeña de Cano, llegó a los oídos del juez Beraza, mientras éste se rascaba con cierto esfuerzo la entrepierna y separaba del oído el auricular con la intención de rascarse la oreja.
–Cuarenta y ocho horas son muchas, Lamo. Ya sabemos que no es la primera vez pero, en casi todas, supimos algo: una llamada, un recado. Y lo que dice Fruela es verdad, hacía tiempo que no estaba tan malo. Esa infección que apenas le deja hacer pis se 13 agrava con la lumbalgia y unos dolores de cabeza que lo hacen aullar, y es que da miedo ver cómo mancha las sábanas, no puedes ni imaginártelo.
–Mira, Mila –dijo el juez Beraza, que había conseguido rascarse la oreja y volvía a hacerlo en la entrepierna, mientras observaba ahora con desprecio los papeles acumulados en la mesa, con el pensamiento puesto en una sentencia que se quedaba corta, uno de esos delitos de mierda, según sus valoraciones, que merecían, como los pecados veniales, mayor castigo que los mortales, entendiendo que en la comisión del delito existían componentes tan pusilánimes como propios de una voluntad feminoide–, las sábanas a la edad de vuestro hermano ya es difícil mancharlas con una ilusa polución, seamos serios, que ya somos todos suficientemente mayores, incluidas vosotras, que no sois bobas por mucho que estudiarais en las Madres Consultivas. El flujo de la herramienta viril suele provenir de haberla usado con menos cuidado del debido, pero no pasa nada, no seáis mojigatas. ¿Qué va a decirle el urólogo, y me da lo mismo el doctor Cuevas que Manolo Saravia, además de que les será difícil contener la risa al verle el pingajo con la mucosidad…? Pues lo que todos sabemos: que hay que meterle penicilina a la membrana de la uretra… Así de sencillo, Mila. Un antibiótico y adiós purgaciones.
El juez Beraza alcanzaba con la mano derecha un bolígrafo e intentaba dibujar en la cabecera del expe- 14 diente más cercano un falo enhiesto, el que habitualmente calibraba en los folios procedimentales cuando, cansado de leer lo redactado, bostezaba alzando el bolígrafo y recordando con apacible petulancia el pene de su propiedad, que cada vez le costaba más alzar y cada día le picaba de modo distinto.
–No pasa nada, no os pongáis nerviosas. Ya es el colmo que Cano tenga todavía la capacidad de enervaros, sois dos tortolillas en manos de un inconsciente. Anda, pásame a Fruela y ocúpate de tener a punto la lavativa.
Además de la oreja, el juez Beraza hizo el esfuerzo de rascarse la calva, y entonces sintió la pelusilla erizada y, del modo más inesperado, tuvo la sensación de que la voz de Mila, la hermana menor de su amigo Cano Corada, sostenía un arpegio menos suplicatorio que sensual, como si la voz exhalase alguno de los ingredientes con que en más de una ocasión filtraba el pensamiento de sus masturbaciones.
–Son cuarenta y ocho horas, Lamo –dijo Fruela Corada, con el timbre reincidente de una circunspección dramática– y aunque no sea la primera vez, tampoco se trata de una circunstancia banal, no somos alarmistas. Cano está malo, y lo sabes de sobra. Malo de todo aquello que echa a perder a cualquiera que ni se cuida ni se toma en serio. Las dolencias tienen en su caso la agravante de la mayor negligencia. ¿Dónde puede me- 15 terse un ser humano de tan precaria catadura en tanto tiempo, sin dar señales ni decir ni mú…?
–Vamos a esperar las setenta y dos horas reglamentarias, por Dios, seamos razonables, no salgamos disparadas a las urgencias y a las comisarías. La vida que lleva Cano es la que presumimos y sabemos, no hay otro carril, qué se le va a hacer. Quedaos tranquilas, yo me encargo, no hagamos de un roto un descosido.
Las hermanas Corada se miraban menos consoladas que confiadas, y el juez Lamo Beraza tachó en la cabecera del expediente lo que intentaba configurar un falo enhiesto, y recordó que el expediente pertenecía al sumario de un asunto de malversación de fondos públicos, donde cuatro encausados jugaban con la perniciosa estrategia de inculparse con las mismas pruebas, lo que dejaba al aire una impunidad compartida de la que los cuatro querían prevalecerse, con el consiguiente cabreo del fiscal que no era capaz de adjudicar a cada cual lo suyo.
La culpa se lame la herida, y en estos asuntos es como en los religiosos, pensaba Beraza, que iba a guardar el expediente en el último cajón de la mesa para que durmiera el sueño de los justos: no hay contrición donde las contradicciones son tan flagrantes como las culpabilidades, aquí el que no corre vuela.
–No sé, Lamo –dijo todavía Fruela Corada, mustia y desasistida– No sé lo que podremos resistir, por mu- 16 chas pastillas que tomemos. La tila la tenemos desterrada desde que Cano se hizo adolescente.
–¿Habéis oído algo de la malversación de fondos en la Diputación Provincial, exactamente en el proyecto comarcal de vías y desagües…? La realidad es otra, Fruela. Las hermanas Corada apenas suponen un ínfimo tanto por ciento en la contabilidad presupuestaria y en la realidad administrativa. No seamos tozudos, la vida contabilizada apenas pertenece a la intimidad de las personas, es la pública la que se lleva la palma. Hay que estar a las duras y a las maduras. Mira, amiguita, ahora mismo tengo ante mis pupilas un expediente que pone patas arriba la condición de cuatro perillanes, quiero decir de cuatro sinvergüenzas que hacen con el dinero público lo que cualquiera de nosotros con el que de niños le sisábamos a la abuelita. Las hermanas Corada no podéis prevaleceros de la inquietud de un hermano tarambana, eso apenas son domésticos quebraderos de cabeza, no nos subamos a la parra. La realidad es otra, y el mundo no cabe en la mesa camilla...