MINORÍAS ABSOLUTAS
Porque puedo
Decía José Luis San Pedro que si fuésemos una sociedad autocrítica educada en ese precepto no serían necesarias tantas leyes porque nosotros mismos seríamos capaces de ir regulando los desvíos que en el día a día vamos cometiendo acorde a nuestra naturaleza errática.
Existiría obviamente una tendencia insalvable hacia todos los hábitos indecentes y perniciosos que nos conforman como especie humana. No sería cuestión de creer que un buenismo naif nos haría levitar en el bien más pleno y meloso. Pero sin duda tendríamos las herramientas para entender el mundo de mejor manera y sabríamos percibir la bondad de nuestros hechos como algo que nos concierne de pleno a nivel social.
Sin duda, el castigo sería un elemento que, al contrario que en la actualidad, sólo sería necesario para casos concretos, minoritarios y de más y profundo calado. La moralidad personal, no la impuesta por ciertos sectores, nos haría estar más en consonancia con nuestro entorno y la empatía sería un valor que arreglaría, de manera sabía, muchas más cosas que las leyes impositivas y castigadoras.
La indecencia, desde el grado más minúsculo en nuestra cotidianeidad, tendría ese contravalor personal que nos haría saber qué no es justo y desde ahí aceptar la injusticia o corregirla.
Hoy estamos rodeados de ese denominador común que supone el ‘sálvese quien pueda’ o el lo hago ‘porque puedo’ con la arrogancia y la falta de valores que conllevan. Vengo en el tren y he de asumir que me cobren 2,60 euros por un café. Porque pueden, porque saben que no habrá otra opción y la decencia y el valor responsable no son conceptos que nos construyan como seres o sociedades justas. Hasta en situaciones tan nimias como el hecho de cobrar el precio justo de un producto pequeño y ridículo como un café.
Mañana iré a una ventanilla pública y me dejaran fuera de una ayuda importante porque saben que tienen el poder de hacer o no hacer, y la falta de autocrítica supone que ejercer el poder sobre otro —negando un formulario ?o imponiendo causas burocráticas subsanables fácilmente con buena voluntad—, nos hace sentir importantes como frustración del poder que ejercen sobre nosotros en el día a día.
No se concibe el «porque debo» como medida de mejora personal. Se concibe el «porque puedo» como medida depresiva, corrosiva y ulcerosa que mitiga nuestra deprimente vida asumiendo que nos mandan y que en algún momento podremos ejercer nosotros ese poder absurdo e injusto que nos sitúa como escalafón superior; aunque sólo sea dentro de la miseria humana.
La educación libre y crítica, la que nos ayuda a saber qué es lo justo, sería la causante feliz de tornar en cada uno de nosotros, desde la juventud, ese «porque puedo» en ese otro «porque debo y es justo» que nos ayudaría a mejorar y ser más plenos. Sin la necesidad de que un sistema nos obligue a través del miedo a ser más «vivos», a ser más tramposos, a ser cada vez más parte de ese «sálvese quien pueda» y menos parte de la salvación común como vecinos de una misma sociedad.