Diario de León

LEÓN ■ PATRIMONIO

El museo que fue matadero y frontón

Rastrean la historia del convento mansillés de San Agustín. Prosigue hoy la celebración de los diez años del Etnográfico.

La figura del ‘pelotari’, en una foto de 2003. JESÚS F. SALVADORES

La figura del ‘pelotari’, en una foto de 2003. JESÚS F. SALVADORES

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E. GANCEDO | LEÓN
León

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No son demasiados los espacios monumentales leoneses rescatados in extremis de la ruina total, y por eso abunda esta tierra en monasterios, castillos, torreones y casonas que o bien esperan con resignación la llegada de los inviernos necesarios para dar con sus huesos en tierra o llevan una existencia languideciente, con todo su potencial dormido, aún latente. Caso contrario fue el del viejo convento de San Agustín en Mansilla de las Mulas, convertido en 2008, tras una intensísima remodelación, en sede del Museo Etnográfico de León. Un centro difusor de más de 5.000 metros cuadrados que ha sido alabado como uno de los mejores del país en su campo, idóneo para albergar una de las colecciones, asimismo, más ricas, significativas y arcaicas de una región siempre alabada por la diversidad de su cultura tradicional.

Pero, ¿qué era este lugar antes de la inauguración del museo hace ahora precisamente diez años? Jorge Martínez Montero, profesor de Historia del Arte en la ULE y en la Escuela de Arte y Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de León, ha elaborado un amplio estudio sobre aquel monasterio que también contó con Cátedra de Gramática, siguiendo su amplia huella histórica hasta nuestros días. «La idea partió de una investigación en la que me encuentro inmerso, desde hace una década, acerca de la arquitectura religiosa de la Edad Moderna en la ribera del Esla», dice, y que coincidió con la adaptación de su osamenta final en Museo Etnográfico.

«Ante todo, me quedé gratamente sorprendido por la monumentalidad y relevancia del edificio, junto a la trascendencia histórica que había tenido en el norte peninsular, desde sus orígenes fundacionales por el almirante de Castilla, hasta el amparo y custodia que procuró de la orden agustiniana», cuenta Martínez Montero de un proceso de documentación que le llevó a recorrer varios archivos de la comunidad, el de la Diputación de León, la Real Academia de la Historia y el Archivo Histórico Nacional. «Las fuentes primarias son la base de toda investigación y los investigadores debemos de ser muy rigurosos en la consulta, transcripción e interpretación de las mismas», recuerda. E incide en que uno de los aspectos que más le sorprendió en el transcurso del trabajo «fue la construcción y dotación de la capilla de los Villafañe como legado funerario de la familia de los Acuña a partir de 1572, una obra que se ha venido atribuyendo a Juan de Badajoz aunque eso es algo que carece de fundamento al fallecer el maestro veinte años antes de comenzarse las obras en la misma. Su elevación sería dirigida, muy probablemente, por Juan del Ribero Rada, maestro activo en esas fechas en el cercano monasterio de San Pedro de Eslonza. Un espacio, este de la capilla, que se ha conservado en un estado bastante óptimo y que puede ser perfectamente contemplado en el nuevo edificio».

La investigación refleja que el convento de San Agustín comenzó a alzarse bajo el patrocinio del almirante, señor de Medina de Rioseco y conde de Modica, Fadrique Enríquez de Cabrera, en la década de los veinte del siglo XVI, y quien en su testamento del año 1537 destina cien mil maravedís anuales «para que completen renta e con la renta puedan acabar de labrar el dicho monesterio». Su custodia y tutela a lo largo de sus más de tres siglos de historia estuvo regida «bajo la orden de San Agustín, siervos de Dios en Mansilla de las Mulas».

¿Y su interior? ¿Qué joyas albergaba, de las que se tenga noticia? «Una de sus mejores obras, hoy perdida, fue el retablo del altar mayor dedicado a la Virgen de Copacabana, obra del escultor Jerónimo de Llamazares, artífice de numerosas muestras de retablística en la zona», dice el profesor sobre un curioso patronazgo que ahora mismo centra otro de sus trabajos. «Esa advocación arribó a España en 1652 procedente del Perú, gracias al fraile agustino Miguel de Aguirre. La historia de su llegada a Mansilla de las Mulas es larga y algo misteriosa, con viaje al Sur de España incluido», dice. Una parte de la investigación «muy novedosa» que se conocerá cuando se publique el estudio. «La Virgen de Copacabana es una imagen que contaba con especial veneración en el Perú y que contaba con gran presencia en otros conventos de la orden agustina como el de Madrid: en torno a ella se instituyó un vínculo y mayorazgo en el siglo XVIII».

En cuanto a sus dimensiones y al número de monjes que llegaron a residir en él, el profesor Martínez Montero detalla que, entre sus dependencias, «organizadas en torno a diversas capillas en la iglesia y el claustro, como las de los Villafañe y la de los Cavero, o las dedicadas a San José, San Andrés y Santa Catalina, se incluían una portería, escalera de comunicación entre las dos alturas del claustro dieciochesco, cocina, cuadras, gallinero, bodega, panera, celda prioral y cuartos altos. En ellas habitaban una veintena de hermanos bajo la supervisión del padre prior, viendo mermado su número a apenas media docena durante sus últimos años de existencia».

Sede de una Cátedra de Gramática desde 1788, el saqueo de las tropas francesas en los años de la ocupación y la Guerra de Independencia supuso, expone Jorge Martínez Montero, «la decadencia y posterior desaparición del convento, y con ella la salida de los monjes, quienes intentaron reconstruirlo a duras penas a pesar de ser testigos directos, en 1809, de la venta a un administrador de los bienes desamortizados del convento, llegando a habitar una casa aledaña durante más de una década hasta su total abandono en 1835».

Sus últimos usos fueron variopintos: el interior, junto a la propia capilla de los Villafañe, sirvió como dependencias del matadero de Mansilla y la fachada fue utilizada como frontón. El dibujo de los puntos y de un jugador de pelota, que persistieron hasta el remozamiento total de los restos, eran prueba de ello. «Esos usos permitieron que el edificio llegara a nuestros días, si bien distorsionaron y modificaron su distribución interior —valora el profesor Martínez Montero—. Los cambios de uso en bienes patrimoniales son una constante a lo largo de la historia, y es cierto que a pesar de atentar o modificar su organización espacial, contribuyen a su perduración».

Y hoy, visita guiada y filandón

Por otro lado, el programa de actos diseñado para celebrar el décimo aniversario del museo sigue su curso y hoy, a las 12.00 horas, Adelina Martínez, guía del centro, ofrecerá una visita gratuita por todos sus rincones, con especial atención a sus piezas más singulares. La actividad lleva por título 10 años en la colección del Museo Etnográfico Provincial, es de acceso gratuito y se repetirá mañana domingo. También hoy, a las 18.00, se celebrará un filandón con el director del ILC, Adolfo Alonso Ares, y el periodista Fulgencio Fernández, y mañana a las 17.00 se podrá asistir a una representación de las marzas o rondas leonesas a cargo del grupo Aguzo. La principal de estas actividades quedó inaugurada el pasado miércoles, la exposición Sierra de Atapuerca. Un millón de años de historia. Una serie de réplicas de fósiles hallados en el célebre yacimiento burgalés y de paneles explicativos que podrá ser visitada, de manera libre, hasta el 27 de mayo.

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