Diario de León
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minorías absolutas rafael saravia
León

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U n día como hoy, un 27 de junio, tal vez con menos calor por aquello de que el cambio climático no estaba entonces ligado a la sinrazón humana, les dio por juntarse a nada más y nada menos que Alfonso VIII y Alfonso IX –ambos reyes, el primero de Castilla y el segundo de León- para ver cómo podrían solucionarse esas disputas que les traían ya cierto hartazgo y pérdidas en múltiples sentidos.

La cosa no era fácil, porque encima el rey de León se había casado con la hija del rey de Castilla y el tema de la dote –castillos, comarcas, etc.- estaba bien liado. Más aún después de que el matrimonio entre Alfonso IX y Berenguela de Castilla, la susodicha hija de Alfonso VIII, se anulase por consanguinidad (los dos alfonsos, reyes de León y Castilla, eran primos entre sí). Como ven, la situación era digna de la mejor de las series actuales –puro juego de tronos en sentido literal-.

Pero ocurrió algo bueno. Se sentaron a hablar, a dialogar, a negociar y a pactar. Y de ese encuentro veraniego del 27 de junio de 1209, salió un acuerdo por el que los dos reinos firmaban una tregua de 50 años. Veinticuatro caballeros, doce de cada reino, y varios prelados –entre ellos el arzobispo de Santiago de Compostela, y los obispos de Astorga, Salamanca, Burgos, Segovia y Palencia-, se encargaron de testimoniar este tratado y hacerlo cumplir. Los veinticuatro caballeros que suscribieron el tratado de Valladolid, se comprometieron a romper sus vínculos con el monarca que quebrantase el acuerdo de paz y a servir al rey que lo hubiese respetado. Por su parte, los prelados que allí estaban se comprometieron a excomulgar al soberano que profanase la paz que iban a firmar. Todo esto me viene a la cabeza en estos días de futbol pobre, calor excesivo y movimientos propios de los que intentan gobernar en favor del acuerdo plural y no a base de gónadas. Porque en los acercamientos para hablar con el País Vasco por parte de Pedro Sánchez y Catalunya por parte de Pablo Iglesias, yo lo único que puedo ver es intención de parlamentar, vocación de acordar y propósito de paz y estabilidad para unos conflictos que no interesan a nadie que vive y convive en uno u otro lado del conflicto.

Otra cosa es qué salga de esos encuentros, si motivará, aunará ilusiones o extenderá el polvo de la vergüenza aún más. Pero como propósito, el hecho de acercarse e intentar hablar para solventar heridas, me parece de lo más acertado que estos calores nos ofrecen.

Ojalá Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tengan buen talante y encuentren lo propio en Urkullu y Torra. Y que de ahí, con veinticuatro damas y caballeros –repartidos a partes iguales entre los “reinos”- se llegue a un pacto de acuerdo y paz como el que consiguieron los reyes de León y de Castilla. Peor andaban por entonces y se pudo conseguir. A ver si aprendemos de nuestra historia para mejorar nuestro presente.

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