Diario de León

PEDRO VÍCTOR FERNÁNDEZ profesor y novelista, autor de ‘Con odio en la piel’

«En el Valle de los Caídos no gobierna nadie, es kafkiano»

El leonés Pedro Víctor Fernández lleva firmadas ocho novelas históricas. JESÚS F. SALVADORES

El leonés Pedro Víctor Fernández lleva firmadas ocho novelas históricas. JESÚS F. SALVADORES

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e. gancedo | león

Levantar la losa de granito de 1.500 kilos del Valle de los Caídos bajo la que reposan los restos de Franco. Esa posibilidad, que ahora rebulle en titulares de prensa y decisiones políticas, es precisamente una de las vigas maestras de Con odio en la piel , la última novela del profesor y escritor Pedro Víctor Fernández, dada a conocer el pasado mes de mayo. El mausoleo de Cuelgamuros funciona como el protagonista más de una narración que también plantea la asombrosa posibilidad de que el de Ferrol quisiera, en su juventud, pertenecer a la masonería.

—Lo de que Franco pidió entrar en una logia masónica... ¿tiene un fondo de verdad o es sólo una licencia creativa?

—Hay hechos de la Historia que no dejan rastro documental. En tal caso hubiera sido un despropósito inaudito. A los congresos que se celebraban en los años ochenta y noventa del pasado siglo, organizados por el Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, acudían personas que habían recogido testimonios orales: uno de ellos era el intento de Franco de entrar en la masonería, en Larache, en 1925. Es muy probable que pretendiera dos objetivos: subir al generalato y husmear dentro de las logias. Entre los militares de África se decía: «¿Quién es masón? El que está delante de ti en el escalafón?». Pero claro, si un día existió un documento de solicitud de ingreso en la masonería por parte de Franco, las autoridades falangistas que requisaron las logias de Marruecos se habrían encargado de su destrucción.

—¿Cuál fue la chispa que hizo nacer esta novela?

—La novela supone un homenaje personal al profesor Ferrer Benimeli, de cuya mano conocí este tema. Hice mi tesina sobre la masonería. Ferrer me facilitó la entrada al Archivo Histórico Nacional de Salamanca cuando yo era un simple alumno de cuarto de carrera, así que la novela surgió después de reposar todas esas ideas.

—Especialmente, ¿qué ha querido transmitir con ella, cuál ha sido su gran objetivo?

—Con odio en la piel es la historia de una obsesión, del trastorno mental de un hombre poderoso que acaba consolidando una venganza sistemática y cruel. Tiene trazos de psicología, sociología política y psiquiatría. Por eso, la tumba más polémica del Valle de los Caídos pudo haber sido saboteada por venganza. Un coronel de la Legión llama a las puertas de una logia y los masones le niegan el ingreso...

—Y ese militar acaba dirigiendo los destinos de su país durante cuarenta años...

—Claro, ¿qué lleva a un hombre con poder a ejercer un odio visceral sobre una institución que desconoce? La cruel guerra de Marruecos hizo que aquel militar perdiera la compasión y la empatía, convirtiéndose con los años en una esfinge con corazón de hielo. La saña, el rencor obsesivo, la frialdad de carácter, nacen del influjo de la dureza y el desprecio. Pero nunca se extermina del todo. Siempre queda alguien para recordar y perpetrar la revancha, llevando hasta la tumba de su enemigo el resentimiento por la sangre vertida.

—¿Cree que España, de algún modo, se ha reconciliado con su historia, o aún está dividida en dos bandos irreconciliables? ¿Por qué, en ese aspecto, sigue siendo diferente?

—España ha tenido una historia terrible. Si nos centramos en los últimos siglos, copiamos un liberalismo sin raíces y sostuvimos una aristocracia egoísta y corta de miras. España no creó el Estado-nación ni vertebró sus estructuras sociales, políticas o económicas. Hemos ido a remolque en el bucle de la modernidad, sin asumir las fases de los cambios ni madurar. Una guerra civil en pleno siglo XX supone un fracaso como sociedad. Esa frustración, pese a que se nos llena la boca con la palabra democracia, aún colea. Incorporamos ideas pero no las asumimos. En eso somos diferentes al resto de Estados de Europa occidental.

—¿Qué le parece la decisión de sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos?

—El Valle de los Caídos es un cementerio de guerra. Pero no de una guerra cualquiera, sino de una guerra civil: contiene huesos de enemigos de trincheras e ideología. Eso lo hace diferente a cualquier cementerio al uso, especialmente si lo construye y organiza el bando ganador. El Valle de los Caídos también es un reducto territorial que retrata lo que somos como pueblo: se trata de un lugar sin una ley clara. Lo gobierna un prior benedictino que desobedece requerimientos del Senado… y no pasa nada. En ese hipogeo no manda nadie de una forma plena, ni el Estado ni la Iglesia ni el prior. En realidad se rige por un limbo legal, es decir, por un convenio firmado entre el Estado y los benedictinos, fechado en 1958, cuyo contenido (parece una broma) aún no ha sido derogado. Detalles como este sí que nos hace únicos. Es verdad que desde 1982 pertenece a Patrimonio Nacional, pero Patrimonio no manda, solo administra. O sea, paga al prior pero éste no es su empleado. Parece una situación capaz de deslumbra al mismísimo Kafka... Finalmente una comisión de expertos, en 2011, decidió que se trasladasen los restos de Franco. Con la ley en la mano, el templo donde yace Franco pertenece a la Iglesia, lugar donde (otra perversión más) solo puede ser enterrados obispos y abades ¿Qué ha hecho la clase política desde 1977 hasta hoy para deshacer este galimatías legal? Esta respuesta la tiene que contestar el lector.

—Ese hecho de actualidad está de algún modo ‘previsto’ en la novela... ¿de qué manera?

—Se puede enterrar a un hombre, pero no se acaba así con sus obsesiones. La venganza del enemigo forma parte del juego de fuerzas que gobiernan el mundo, especialmente cuando se ha intentando exterminarlo. En la novela se abre la tumba de Franco, lo que da lugar a una enorme y terrible sorpresa... Pero no puedo decir más, pues destriparía la obra.

—¿Cómo afronta la elaboración de una novela histórica? ¿Cuánto de novela y cuánto de historia deben contener?

—Cocinar una novela me lleva a pasar por tres fases: documentarme, crear la trama y los personajes y, finalmente, redactarla. Trato de que el fondo histórico sea real, lo más contrastado posible. El lector tiene que aprender, a la vez que entretenerse. Pero hay que ser consciente que existen ciertos temas de los que solo se puede hacer una novela y no un ensayo. Eso por dos razones: porque desconocemos del hecho más de lo que conocemos y porque, muy probablemente, nunca se sepa más de lo que ya se sabe.

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