LA ENTREVISTA
«La literatura me libera del peso de la verdad»
JUAN RAMÓN LUCAS / PERIODISTA Y ESCRITOR

Juan Ramón Lucas, que hoy emite desde León su programa ‘La Brújula’. DL
Juan Ramón Lucas llega hoy a la Casa de las Carnicerías con su programa La Brújula, que se emite a partir de las 20.00 horas. El periodista, que se estrenó en la novela recientemente con La maldición de la casa grande, prepara ya la segunda parte.
—Como periodista ha conocido a miles de personas, ¿qué tiene de especial Miguel Zapata ‘Tío Lobo’?
—Fue muy poderoso, sufrió e hizo sufrir mucho. Tuvo una mala vida. Fue un hombre que también creó riqueza y supo hacer una empresa importante desde un lugar perdido, pero su memoria quedó luego en el olvido. Tiene una serie de características que le hacen muy singular, con lo mejor y lo peor de la condición humana. Es un personaje fascinante.
—¿Fue María Dueñas quien le puso tras la pista del personaje?
—Me ayudó con la primera documentación sobre el personaje. Sobre la pista me puso el que era entonces alcalde de La Unión, Paco Bernabé, que me habló por primera vez de Zapata.
—Zapata era un empresario minero. ¿El hecho de que usted proceda de una provincia minera como Asturias le influyó para elegirle?
—No. Lo que tiene de peculiar ser empresario minero es que un mundo en el que las diferencias son brutales entre empresarios y trabajadores. Es un mundo que conozco de pasada por mi propia familia, que trabajó en la mina. Si hubiera sido de otro sector industrial habría sido igual, pero quizá su vida no habría sido tan fascinante
—¿Va a esperar a que otra historia llame a su puerta para una próxima novela?
—No. La historia de Zapata, tal y como está escrita y descrita en La maldición, tiene muchos rincones que merece la pena seguir explorando.
—Entonces, ¿va a haber una segunda parte?
— Ya le estoy dando vueltas. La novela va a recoger algunos de los personajes de la primera, pero va a ser completamente ficcionada, salvo por un personaje central que nos va a llevar al Estados Unidos flamenco de principios del siglo XX.
—Ha querido dar protagonismo a las mujeres en una época en la que eran secundarias...
—Sí. La voz que relata la historia es una mujer. A partir de esa decisión, muy pensada, porque me costó mucho encontrar la voz del relato, me metí en el mundo de la mujer de aquella época. Hay que hacer un esfuerzo para sentirse como ella debió sentirse. Eso ha sido lo más duro y, al mismo tiempo, lo más gratificante de la novela. Mi hija me dijo que lo más sorprendente para ella era que el relato en primera persona de una mujer era verosímil, que estaba escuchando y leyendo la voz de una mujer, que no era la de un hombre ni la de su padre. Es una mujer de finales del XIX y principios del XX especialmente explotada, que es consciente de su situación, como lo son las otras mujeres, que saben poco pueden hacer para cambiar las cosas, aunque lo intentan. Es una novela no sé si feminista, pero sí de mujeres.
—¿Qué le da la literatura que no le da la radio?
—Aunque me produce pudor hablar de literatura cuando se trata de lo que yo escribo, me ha permitido liberarme del peso de la verdad. En la radio hago todos los días el relato de la verdad, que a veces es grata, pero la mayoría de las veces no. La ficción es invención y habla de la condición humana. Poder contar un universo que tú creas te libera mucho de contar el universo que es de verdad. La literatura te permite navegar por el ser humano, sin el peso de tener que ser fiel a la realidad.
—La gente, con las redes sociales, quiere inmediatez. ¿Está matando el buen periodismo?
—No lo sé. Al buen periodismo sólo lo va a matar el mal periodismo, el que se ejerce sin responsabilidad ni compromiso con la verdad y las personas a las que te diriges. Las redes, si las utilizas de forma inteligente, son fuentes parciales de información y, por tanto, importantes y útiles.
—¿Cuál es su brújula literaria?
—Los clásicos. Los escritores del siglo XIX españoles. Un escritor es clásico porque habla de la condición humana. A mí me interesa saber cómo somos. Homero o Shakespeare hablaban de sentimientos humanos que no tienen tiempo. Lo me gustaría escribir y lo que prefiero leer es lo que habla de mí mismo; que un tipo de hace 2.000 años sentía igual que yo. En el fondo, La maldición de la casa grande pretende hablar de la condición humana, aunque suene pretencioso.
—Además de documentarse en la época, leyó a clásicos como Galdós o Concha Espina, ¿no?
—Sí. Galdós sigue presente en mi mesilla. Concha Espina escribió la novela más importante sobre minería, El metal de los muertos. También leí a Valle-Inclán para deprimirme, porque nunca escribiré así. Quería no sólo retratar ese mundo, sino escribir como lo haría María Adra si hubiera sido capaz de escribir ese relato de verdad. Me interesaba mucho la forma de contar, el lenguaje del siglo XIX.
—¿Le gustaría ver su novela convertida en serie de televisión?
—No me lo planteo, pero sí me gustaría ver a los personajes en la pantalla.
—Zapata fue uno de los hombres más ricos de su época, pero excepto en Cartagena es un desconocido...
—Eso es algo que me fascinó. Él no se fue a Cartagena, vivió en Portmán. Su hijo y su yerno se construyeron palacetes en Cartagena. A su tumba nadie le lleva flores. Ese olvido es muy literario. Es una justicia histórica, porque hizo mucho daño.
—León forma parte de su infancia. ¿Qué recuerdos tiene?
—Sobre todo de la adolescencia, de los campamentos en Mansilla de las Mulas. Antes, los de Asturias íbamos a León a secarnos. Recuerdo con mucho cariño aquellos veranos.
—¿Tiene algún método o manía a la hora de escribir?
—Soy poco metódico. María Dueñas hace esquemas muy precisos, pero Loureiro o Palomo Garnica dicen que empiezan a escribir y luego los personajes van creando sus propias historias. Yo soy más de esta segunda opción.
—¿Cuántas veces corrigió la novela?
—Muchas. Corriges mientras escribes y cuando repasas. Incluso ahora, casi todas las páginas me parecen manifiestamente mejorables.
—¿Qué le dijo María Dueñas de la novela?
—Tanto ella como Pérez-Reverte me dijeron que les gustaba, que era un novelón clásico y que estaba muy trabajada. Eso me animó mucho. También las críticas, en general, han sido muy buenas.
—De la actualidad, ¿qué personaje le resulta novelesco?
—Puigdemont. Es un bufón, pero tendría que escribir sobre él un humorista. Como personaje novelesco me interesaría alguien que estuviera sometido a una situación de sufrimiento, de angustia o de felicidad, alguien que tenga una vida intensa.
—La realidad supera a la ficción, ¿por eso eligió un personaje real?
—La realidad tiene tantos matices que supera a la imaginación. En la segunda parte habrá un personaje real, pero casi todo será ficción, para descansar de la verdad cotidiana.
—¿Tiene ya título?
—No. De hecho, La maldición de la casa grande no era el original.
—¿Y cuál era?
—Tenía varios, como Lobo, Tormenta en la Tierra... Me decidí por La maldición de la casa grande porque, en el fondo, esa es la historia que se cuenta; y porque la vida de este hombre me pareció trazada por una suerte de maldición. Le salieron bien los negocios y mal la vida.