Diario de León

CULTURA

Un taller único en el país de la madera

En esta carpintería emboscada entre chopos trabajaron y vivieron varias familias, durante 60 años, sin usar otra energía que la del agua. Es una joya inédita del patrimonio industrial cuya maquinaria aún funciona y que Nogarejas quiere convertir en museo junto a otros lugares de este mundo de pinos y resinas..

Varios rincones de la carpintería de los Paramio, también llamada ‘la Tahona’, un espacio de patrimonio industrial cuyo gran valor había pasado inadvertido hasta ahora. JESÚS F. SALVADORES

Varios rincones de la carpintería de los Paramio, también llamada ‘la Tahona’, un espacio de patrimonio industrial cuyo gran valor había pasado inadvertido hasta ahora. JESÚS F. SALVADORES

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e. gancedo | nogarejas

Hace un siglo, en agosto de 1918 —la fecha quedó impresa en la memoria grupal del pueblo—, una mañosa familia de apellido Paramio, procedente de la localidad de Cubo de Benavente, en la vecina e inmediata provincia de Zamora, llegó a Nogarejas para vivir y trabajar de su talento a la hora de cortar, tallar, taladrar, componer y convertir la madera en muebles, en aperos y en muchas otras cosas útiles. Se asentaron a las afueras del pueblo, en un viejo molino de cereales y de linaza que las gentes llamaban, desde antiguo, la Tahona, y se las ingeniaron para encauzar la única fuerza disponible, el salto de agua de su canal y su presa, hacia la mejora y ampliación de su oficio de carpinteros.

«Prácticamente todos los marcos de puertas y ventanas que hay en Nogarejas, todos los armarios, aparadores, camas, arcones y otros muebles, todos los aperos y hasta los carros con todas sus piezas salieron de la carpintería de los Paramio», explica el actual presidente de la junta vecinal, Pedro Fernández, quien abre las puertas de este taller, cerradas desde hace casi tres décadas, a Diario de León.

Un olor a serrín y a humedad, a tablones arrumbados y a agua empozada recibe al visitante, y la mirada tarda un poco en habituarse a tanta maquinaria y herramientas como las que se apiñan en un lugar donde el sol no acostumbra entrar a menudo. Pedro Fernández y el vecino Juan Manuel Carracedo van mostrando todas y cada una de las máquinas, dejando claro que están en perfectas condiciones —no han sufrido desperfectos ni modificaciones, el lugar tampoco ha sido víctima de expolios— y que podrían ponerse a funcionar de nuevo en cualquier momento. De hecho, tan solo un desagüe obstruido impide la demostración. «¿Ves esos raíles? Con esa vagoneta metían los troncos enteros, y esta máquina los tableaba», enseña el presidente, y se detiene en apuntar el juego de cintas procedentes de la turbina que movía todos los componentes de este valioso y primitivo ejemplo de industria relacionada con la abundante madera de la comarca. «Aquí están las lijadoras, esta otra máquina servía para afilar las hojas de sierra, esa cortaba según una plantilla, estos son los bancos de carpintero, hay taladro, cepillo...», van enumerando, y Carracedo se acuerda de venir con su padre y con el carro repleto de troncos recién cortados, «y marchar con ellos para casa, hechos tablones».

«Tuvieron fragua también, aunque acabó por hundirse, y en ella hacían todos los herrajes y piezas de metal necesarias, y además soldaban», informa Pedro Fernández, y precisa que eran tres los socios, con sus respectivas familias —abajo el taller, arriba la vivienda—, los que en la Tahona residieron. «Uno de ellos continuó hasta 1990, cuando esto se cerró del todo», añade, y también informa de ciertos derrumbes sufridos por el edificio que obligaron a elevar parte de las paredes con bloques de hormigón y a techarlo de fibrocemento. «Aquí no hubo luz nunca, lo más moderno que entró fueron estos dos motores, que usaban cuando los estiajes del verano hacían que el caudal del agua fuera insuficiente», y señala dos auténticas piezas de museo.

El pedáneo ha depositado muchas esperanzas en un taller que por su amplitud y por lo completo y bien conservado de su equipamiento es bastante más que las ‘sierras’ de los molinos maquileros. «Con una inversión no desmesurada, aquí podríamos hacer algo realmente hermoso, algo vivo. Las máquinas están todas, funcionan, y podríamos mostrar de qué ingeniosa manera se trabajaba antiguamente, sin electricidad, algo que sería muy útil y atrayente para las jóvenes generaciones», dice Pedro Fernández. De hecho, el municipio de Castrocontrigo se planeó enviar el proyecto de su puesta en valor al último y muy bien dotado Plan de Restauración del Patrimonio de la Diputación, al que no pudieron optar por no ser BIC, aunque a partir de ahora buscarán nuevas líneas de ayuda para salvar este curioso lugar. De momento la junta vecinal, ya propietaria del inmueble por gentileza de los últimos herederos, ha abierto el camino de acceso, que estaba intransitable, ha cercado la finca y prepara el entorno para ser eje y meta de un agradable paseo desde dos barrios del pueblo.

«El lugar es de gran belleza, situado entre tanta vegetación de ribera, y por todas estas cosas queremos que la gente conozca la zona y disfrute de este patrimonio cultural y natural», y continúa hablando del canal, o sea, del ‘caño de la Tahona’, que luego desagua en el Codes y éste en el Eria, y de que el proyecto, lógicamente, habrá de sustituir el techo de fibrocemento por la clásica teja y que tendrán que cubrir los bloques para asemejarlos a la guapa piedra local que aún luce la base. Aparte de eso, «trazar un itinerario para la visita, garantizando la seguridad, por supuesto, y lo más importante: hacer lo posible para que se pueda meter un tronco como antes, en la vagoneta, y abrirlo y serrarlo con la máquina». Un espectáculo que habría que completar hablando de cómo muchas veces se pagaba «a trueque», ofreciendo a los carpinteros productos propios y hasta parte de los troncos que los vecinos bajaban de los poblados montes de la contorna. «Tenían huerto, volatería, frutales... y este taller. Era la subsistencia de la época». Una imaginación digna de ser admirada.

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