Citando a la vida al quiebro
El Camarote Madrid dedica al veterano torero Felipe Zapico una colección de retratos y perfiles.

Un momento de la apertura de esta muestra dedicada a Felipe Zapico en el Camarote Madrid. RAMIRO
marcelino cuevas | león
Felipe Zapico cada mañana, al levantarse, lanza un brindis a la historia taurina leonesa y le pone al correr del tiempo un par de banderillas al quiebro. Juncal y elegante, el veterano torero leonés hace cada día su particular paseíllo por las calles de la ciudad. Sombrero, en vez de montera, y abrigado gabán, en vez de brillante traje de luces, el torero camina hasta la glorieta de Guzmán, hace una rápida visita al Barrio Húmedo y, camino de su burladero, de su hogar, realiza una obligada parada en el Camarote Madrid. El local de la calle Cervantes donde ayer quedó inaugurada una muestra de retratos del diestro con textos del periodista de Diario de León Manuel Carlos Cachafeiro.
Zapico es amigo de todos, en su memoria hay mil pasodobles taurinos, recuerdos imborrables para todos aquellos paisanos que le acompañaron en los ruedos, relatos heroicos de brillantes intervenciones ante el toro… pero también se conoce al dedillo la cultura leonesa y a sus protagonistas. En el Madrid asiste asiduamente a las exposiciones pictóricas que allí se muestran y es capaz de criticarlas con la sapiencia que le otorga su larga trayectoria en el ruedo. Y, eso sí, compara las brillantes pinceladas con cadenciosas verónicas, y los paisajes con interminables pases de pecho. Felipe Zapico es un artista que lleva la música taurina en las venas y al que le cuesta ver los toros desde la barrera.
El torero tiene en el Madrid, reducto taurino de la ciudad, un sitio guardado para su sombrero, y una mesa alta en la que apoyarse mientras degusta un vino de León, tal y como se apoyaba en la barrera en las tardes de corrida. Y tiene amigos, muchos amigos, que se recuerdan como un grande de los toros enfundado en el ajustado traje de luces poniendo, con valiente ademán, el percal al astado en la cara, o ejecutando esa danza imposible del banderillero que, a cuerpo limpio y con una simple movimiento de cadera, le pone al toro un vistoso par de banderillas.
En casa de Felipe Zapico, en vez del típico despertador, suena al iniciarse la jornada un tronar de clarines y tambores, y el torero brinda el nuevo día a los recuerdos del toro...