Diario de León

RECONOCIMIENTO

La vida inabarcable de Marcos Oteruelo

La Casa de León en Madrid rinde homenajea al que fue director del Diario.

Alfredo Marcos Oteruelo. DL

Alfredo Marcos Oteruelo. DL

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pacho rodríguez | madrid
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¿Quién no recuerda una radio sonando en casa? Aquella radio que sonaba era el mundo en casa. Lo que pasaba. Para casi todas las generaciones. Y en una España de los años 70 y 80, los más pequeños tenían de fondo ese hilo sonoro de voces de locutor. . Pero algo tan gordo que, para saberlo, en España se escuchaba Radio París, esa radio que nuestros mayores escuchaban no para conocer lo que había ocurrido sino lo que iba a pasar. En ese contexto, Alfredo Marcos Oteruelo, al que hoy homenajea la Casa de León en Madrid, a las 19.30 horas, le pone nombre propio a una época y sale un personaje racimo.

Poeta, profesor, periodista, filósofo, catedrático, director de Diario de León... ¿De cuántas horas eran sus días? Sus hijos, al recordarlo, advierten que también padre presente que les lleva al colegio, a las fiestas, a los caballitos, al campo. Quién lo iba a decir mejor, si Francisco Umbral escribió: «Débil de hechura, fue la fuerza más fuerte en que pude basamentarme para empezar a creer en mí mismo. Alfredo, yo y mi vocación. En la columna que me encargaste aprendí a hacer columnas, Alfredo».

Fue profesor más al estilo de maestro que enumera por su nombre a los alumnos, que de lección magistral ante un bulto de asistentes. Lo corrobora Diego García Paz, presidente de la Casa de León, al que le dio clase en el Legio VII: «Marcos Oteruelo fue quien me inculcó el amor por la Filosofía. En sus clases, cuando tomaba la lección, me identificaba con el futbolista Iván de la Peña», cuenta, lo que suma además una afición futbolera de color blaugrana.

Se ensancha así la figura de Alfredo Marcos Oteruelo (Pozos de La Cabrera, 1932-León, 2004) como una mancha de tinta literaria, periodística y humanística, que reúne en la misma persona el estudio y la reflexión de intelectual con la vorágine del periodismo, ese que consiste en que cada día hay una historia que contar. En esta línea se manifiesta Florencio Carrera, director de Radio Televisión de Castilla y León (RTVCYL), quien suma, como acostumbra, la importancia de los afectos y la vinculación ineludible del origen, a la valía profesional: «Lo conocí desde la política a mediados del año 1991. Yo empezaba en la tele desde la radio y era nuevo en León. Mi recuerdo es la de un veterano (pero muy joven aún) que siempre estuvo cercano, siempre amable. De pueblo en el mejor sentido de la palabra.

Pese a ya quedar demostrado lo inabarcable (al menos en un artículo) de la actividad de Alfredo Marcos Oteruelo, que estuvo durante diez años al frente de Diario de León, y que con 32 años, en 1964, se convirtió en el más joven en España en dirigir un periódico, un intento es el ir desde lo familiar a lo que fue su actividad múltiple, allí donde la filosofía y el periodismo ocuparon lugar primordial. Dos de sus cinco hijos, Emilia y Alfredo, son un ejemplo perfecto, una desde el mundo de la comunicación en todas sus vertientes, y el otro, como catedrático de Filosofía en la Universidad de Valladolid. Ambos recuerdan una Olivetti, que ahora sería una locomotora de la actualidad. También la sede antigua de Diario de León. Los libros en casa. Y, entre medias, un padre multidisciplinar que, sorprendentemente, también ejerce de sobra de padre.

Emilia Marcos recuerda radios sonando en casa, incluida esa Radio París de los 70, y periódicos, telediarios. «Desde luego, la información, la actualidad, especialmente política, era importante en nuestra casa; para mi padre, diría que una necesidad y una pasión», explica. Y tiene un recuerdo que ya es periodismo a toda página: «Recuerdo acompañar a mi padre en alguna ocasión a Pablo Flórez, a aquel Diario de León de linotipia y rotoplana, el olor de la tinta, la magia de las páginas impresas al salir de aquella extraña máquina…».

Para Alfredo Marcos, «parafraseando a Kant, el periodismo sin reflexión es ciego, mientras que la filosofía sin contacto con lo cotidiano se queda vacía y enloquece. Lo aprendimos/vivimos en casa, de pequeños, sin que nadie nos lo dijera», asegura. Él mismo añade como constantes, el cariño de padre, el inculcarles la lectura y el estudio, y diríase que el no perder el tiempo.

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