Diario de León

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El agradecido amigo germano del Prado

El empresario Hans Rudolf Gerstenmaier dona al museo obras de Sorolla, Zuolaga, Regoyos y Eduardo Chicharro.

La obra ‘Bayaderas indias’, de Eduardo Chicharrao, entre las donadas por Gerstenmaier. PACO CAMPOS

La obra ‘Bayaderas indias’, de Eduardo Chicharrao, entre las donadas por Gerstenmaier. PACO CAMPOS

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miguel lorenci | madrid
León

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«¡Estás loco, chaval¡ ¿Qué haces aquí? Las oportunidades están en Alemania». Esto fue lo que escuchó Hans Rudolf Gerstenmaier (Hamburgo, 1934) cuando en 1962 llegó en autoestop a Barcelona, «con 1.000 pesetas en el bolsillo y ganas de comerme el mundo». Diez años después había progresado aquí. Tras fundar una exitosa empresa de recambios automovilísticos, iniciaba una colección de pintura hoy portentosa. Medio siglo más tarde, Gerstenmaier, el generoso amigo germano del Prado, dona agradecido al museo once obras muy relevantes de finales del siglo XIX y principios del XX, todas de pintores españoles, con las que la pinacoteca suple algunas de las más llamativas carencias en sus fondos de pintura moderna española.

Hasta el 12 de enero de 2020 se expondrán en la sala 60 edificio Villanueva las once pinturas, cedidas sin contrapartida ni reserva de usufructo, y que se integrarán luego en la colección estable del Prado. Son obras de pintores como Hermen Anglada-Camarasa, Ignacio Zuloaga, Joaquín Mir, Darío de Regoyos, Eduardo Chicharro y Juan de Echevarría, que no estaban en las colecciones del Prado, en las que sí están representados sus contemporáneos Agustín de Riancho, Joaquín Sorolla y Aureliano de Beruete, también incluidos en la generosa donación Gerstenmaier.

«Enriquecemos los fondos modernos del museo y abrimos una vía ampliación de la colección con esta oportuna donación», se felicitó Javier Barón, conservador del pintura del XIX. Destaca obras como el tardío y sobrio retrato pintado por Sorolla de Ella J. Seligmann, la esposa del marchante británico del genio valenciano; Una manola, sensual y de mirada retadora pintada por Ignacio Zuloaga en 1913; el pequeño retrato de Mariquiña del Valle-Inclán, hija del dramaturgo y escritor, pintado por Juan de Echevarría hacia 1928; una diminuta escena de un ‘café-concert’ parisino de Anglada-Camarasa; el hasta ahora inédito Alrededores de Bruselas, de Regoyos, o el paisaje montañoso de Agustín de Riancho que el Prado todavía trata de identificar con la ayuda de geólogos y particulares.

No se facilitó la valoración económica de unas obras que tendrían cotizaciones millonarias en una sala de subastas.

El milagro de un turista

«Vine como un turista más, para conocer España, su idioma a y su gente, y he pasado aquí 50 años fabulosos». Quería fundar su propia empresa y lo logró pronto, atendiendo las recomendaciones de sus contactos alemanes para ofrecer recambios de automóviles fabricados en aquel país. De los dos empleados de 1964 pasó a tener 150 cuando vendió la compañía por una millonada en el año 2000.

«Es un milagro que un tío que llegó sin contactos consiguiera hacer una empresa en España, un país que me lo ha dado todo, incluida la colección de pintura», agradeció el coleccionista y empresario alemán flanqueado por el director del Prado, Miguel Falomir, y el presidente de su patronato, Javier Solana.

«Sí cedo parte de mi colección al Prado es por agradecimiento a España, y para demostrarle toda mi gratitud», reiteraba Gerstenmaier, para quien la cesión es «una obligación y un honor». «El Prado me da la posibilidad de dejar parte de mis colección del museo más importante del mundo», se ufanaba. «Coleccionar es magnífico, es lo más bonito que hay, pero es un veneno y hay que tener mucho cuidado» ironizaba luego.

«Coleccionar significa también enseñar. No creo que los cuadros deban estar escondidos en ninguna casa», precisaba este sensible coleccionista que ha montado más de 75 exposiciones en España e Hispanoamérica con una colección que hoy tiene «un porrón de obras». «Para coleccionar sacrificas una parte de tu vida, pero, como aprendí de mi madre, todas las cosas tienen su fin, todo es temporal y sabía que algún día debía dejar volar los cuadros, porque lo que coleccionas es algo prestado y que debe pasar a la próxima generación», dice el octogenario Gerstenmaier, que no tiene hijos. Recuerda con viveza cómo compró la primera obra a principios de los años setenta, «una pintura flamenca que adquirí a un anticuario de la calle del Prado, cerca del museo, y por una cantidad razonable». «Entonces era posible hacerse con un Goya», recuerda este vecino de Madrid y de la localidad serrana de El Boalo.

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