Robles de Laciana respiró ayer música, lírica y teatro
Incendiando la tristeza
Robles posee, además de otros encantos naturales, un inusitado poder de convocatoria que atrae cada año, hasta el mismo corazón de Laciana, a un gran contingente de aficionados al arte y la

La soprano Rosa Torres Pardo fue una de las artistas que actuaron ayer
A medio camino entre la ópera y el recital, entre el teatro y la improvisación, entre inteligencia y sensibilidad, la cita de Robles es una fuente de descubrimientos, de estéticas y de sugerencias que deja ahíta la capacidad de sorpresa, porque allí se va ante a disfrutar, a dejarse llevar por lo que una palabra, un gesto, un sonido, te puedan sugerir. Fue la propia mantenedora del evento, Rosa Torres Pardo, la que rompió el fuego acompañando con su piano y con su voz a la mezzosoprano Marina Pardo en unas hermosísimas canciones de Albéniz que traían aires jazzísticos a la noche lacianiega. Unas canciones en el más puro estilo de salón a las que la dulce voz de Marina iba poniendo su toque personal de lied mientras Rosa las deshojaba en estilo Cotton Club, produciendo un contraste y una suerte de coloridos de lo más sugerente. Voces y piano se imbricaron de tal forma que los textos de Money Couts tenían una doble lectura por obra y gracia de estas dos artistas. La de Marina Pardo, impostada, afinada, melódica y exquisita, la de Rosa, desgarrada, profunda y provocadora. La directora del instituto Cervantes en Alemania, Susana Zapke, continuó una desenfadada presentación de uno de los showman más impactantes del mundo de la lírica, el tenor Enrique Viana, al que acompañaba al piano el no menos inquietante Manuel Burgueras, para ofrecernos uno de los espectáculos líricos más deliciosos e inteligentes de los que tenemos memoria. Apoyado en un libreto, unos figurines y una escenografía creadas por el propio tenor, Enrique Viana nos fue mostrando la otra cara de los cantantes líricos, a veces, tan endiosados, tan distantes y tan divos. La locura de un tenor, que así se llama el sainete creado por el protagonista, tuvo que ser adaptado a una duración de tres cuartos de hora, de las dos que dura, para ajustarlo al formato de la velada. Desmitificador, alegórico, provocador y pletórico de finezas, Enrique Viana fue haciendo un desternillante recorrido por algunas de las partituras más conocidas del bel canto. Con esta lección de complicidad y sugerencias finalizó la primera jornada que continuó ayer por la mañana en la iglesia de San Julián con la charla que el musicólogo Arnoldo Liberman y Máximo Pradera dieron sobre la música y sus intérpretes. Ya por la tarde, en el atrio de la iglesia de San Julián, tuvo lugar la esperada actuación de unos de los grupos de cámara más prestigiosos del momento, el Cuarteto Assai quienes hicieron una excelente lectura de dos cuartetos de Bocherini. Torres volvió a deleitar al numeroso público con cuatro piezas de Brahms. Para la segunda parte quedó la actuación de la magnífica soprano Carme Serrano, quien acompañada al piano por Antonio López, hizo un auténtica recreación de canciones populares armonizadas por García Lorca. Voz transparente, de sutil legato y hermoso color, Serrano ofreció un recital lleno de exquisita elegancia e intencionalidad.