Diario de León

Su cadáver fue incinerado en una íntima ceremonia

Los restos de Chillida reposan en el caserío familiar de Zabalaga

La viuda de Chillida acompañada por su hijo Eduardo y una de sus nietas

La viuda de Chillida acompañada por su hijo Eduardo y una de sus nietas

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I. Escarpategui - SAN SEBASTIÁN
León

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Descansa en paz. Los restos mortales del escultor Eduardo Chillida Juantegui, uno de las más universales creadores del siglo XX, fueron incinerados a mediodía de ayer en el cementerio donostiarra de Polloe. Fue en el curso de una sencilla y sentida ceremonia de despedida al «poeta del hierro» en la que se congregaba la extensa familia del artista. Un respetuoso silencio despedía al más universal artista vasco, cuya desaparición deja un enorme vacío en la escultura contemporánea que dominó durante medio siglo. Sus cenizas se depositarían luego bajo un magnolio en la zona privada del Chillida leku de Zabalaga, el caserío museo en el que Chillida quiso reunir lo mejor de su legado. La esposa de Chillida, Pilar Belzunce, junto a sus ocho hijos, había velado el cadáver del escultor durante la madrugada en la casa familiar, Intz-Enea, en la falda del monte Igueldo de San Sebastián y no muy lejos de su celebérrimo Peine del viento. Un emblema de la extensa producción de Chillida que acaba de cumplir un cuarto de siglo y ante el que hoy le rendían homenaje muchos de sus vecinos. Allí había fallecido el escultor en la tarde del lunes, a lo 78 años, tras un penosa enfermedad neurológica que había consumido su salud en los últimos meses. De allí saldría un furgón fúnebre con sus restos poco después de un mediodía soleado y clemente y tras un goteo de condolencias de amigos y autoridades. Tras la breve y sencilla ceremonia de la cremación en Zorroaga, en el cementerio de Polloe y con asistencia de la titular de Cultura, Pilar del Castillo, la urna con las cenizas de Eduardo Chillida se trasladaba a Hernani. Quedaría depositada a primera hora de la tarde en la parte privada del Chillida leku el lugar en el que se materializó el utópico sueño de Chillida, «encontrar un espacio donde pudieran descansar mis esculturas y la gente caminara entre ellas como por un bosque». Se cumplía así con el deseo del escritor, entregando sus cenizas a la tierra un acto estrictamente íntimo y familiar. El terreno, a la sombra de un magnolio, había sido previamente bendecido. El vetusto y remozado caserío de Zabalaga, a una decena de kilómetros de San Sebastián, acoge en su dos plantas un centenar de piezas de mediano formato y muy distintos materiales. En las doce hectáreas que rodean al caserón del siglo XVI, un espacio -«leku» en euskera- marcado por el genio de Chillida, se reparten cuarenta piezas de acero, hierro y piedra, algunas monumentales. Chillida había adquirido en 1983 lo que era apenas unas ruinas para convertirlo en una de sus esculturas, renunciando a conformar un espacio museístico convencional y diseñando un seductor y mágico paraje dominado por hayas, robles y magnolios. El deseo de intimidad de la familia Chillida fue respetado en su sepelio, pero antes numerosos representantes públicos, amigos y conocidos se trasladaron al domicilio familiar para ofrecer el pésame a su deudos. Por la casa familiar del monte Igueldo pasaron la ministra de Cultura Pilar del Castillo, el diputado general de Guipúzcoa, Román Sodupe, o el alcalde de san Sebastián Odón Elorza. Allí se recibieron los telegramas de condolencia de los reyes, de José María Aznar, y del lehendakari Juan José Ibarretxe. El presidente del Gobierno dirigía su mensaje de condolencia a Pilar Belzunce y a su hijos lamentado la pérdida «de un hombre que hacía bien las cosas y era un excepcional escultor reconocido por todo el mundo». Deseaba Aznar en su misiva que «tanto sus dotes artísticas como las cualidades personales que le adornaban encuentren personas que las continúen por largo tiempo». Un mensaje que agradecía Pilar Belzunce, quien agradeció las innumerables muestras de cariño.

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