Una de las voces poéticas más respetadas de las letras españolas
La voz del poeta José Hierro, una de las más representativas y respetadas de las letras españolas de este siglo, con una personalidad tan rotunda como su cráneo rapado, se apagó hoy a los 80 años aquejado de la insuficiencia respiratoria crónica que padecía pero que nunca le privó de su compromiso con el hombre mismo. José Hierro, que falleció ayer a las 14.30 horas en el Hospital Carlos III de Madrid, donde había sido ingresado el pasado viernes como consecuencia de un agravamiento de afección respiratoria, ha sido considerado junto a Blas de Otero, Gabriel Celaya y Eugenio de Nora una de las figuras más representativas de la poesía social de posguerra. Sin embargo, él siempre aseguró que no pretendía «ser social, ni lírico», que sólo quería expresar «mis sentimientos» y, aún así, «sólo» había «aportado a la poesía un acento personal». Tras publicar Cuaderno de Nueva York -considerado «una obra mayor» de la poesía española-, José Hierro obtuvo el Premio Cervantes, el Nobel de las letras hispanas, en 1998; en marzo de 1999 recibió el Premio de la Crítica y en abril fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua, una institución en la que durante años se resistió a ingresar porque no se consideraba digno de ella. José Hierro, que posee también el Premio Nacional de Poesía por Cuaderno en Nueva York, de octubre del 1999, así como el Príncipe de Asturias de las Letras de 1981, nació en Madrid en 1922, aunque la región que marcó su infancia fue Cantabria, donde adquirió la mayor parte de su formación intelectual y donde comenzó a escribir a los catorce años. A esa temprana edad, confesaba, ya sentía la poesía como «algo vivo» y quizás porque compatibilizaba su oficio literario con la pintura o porque su sentido político siempre fue «bastante acusado», su obra fue más intensa que extensa: «Nunca he tenido prisas para publicar», decía, «no siento temor a que me olviden». Afiliado a la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios, su primer poema, Una bala le ha matado, aparece publicado en 1937, en plena Guerra Civil, pero, una vez concluyó la contienda, el poeta fue detenido y procesado por «auxilio y adhesión a la rebelión» y permaneció en la cárcel hasta 1944. Allí empezó a practicar de forma sistemática la literatura, apareciendo ya en sus primeros escritos diversos hechos vividos durante la contienda, como la muerte de su padre, la interrupción de sus estudios y el descubrimiento de la Generación del 27 a través de la antología de Gerardo Diego, a quien considera su «padre espiritual». De verso desnudo y profundo, nunca se creyó que viviéramos en un mundo justo.