La caja mágica de Merino en el Instituto Cervantes
El escritor leonés depositó en la caja 1.120 dos manuscritos, 75 cartas a su hija, siete libros y tres figuras de los Reyes Magos

José María Merino deposita su legado en la caja 1.120 ante la atenta mirada de sus nietos. benito ordóñez (Merino junto al legado que depositó en el Cervantes. benito ordóñez)
La Caja de las Letras es una suerte de cofre del tesoro. El escritor y académico leonés José María Merino ha sido el último en depositar un legado. Tenía reservada la caja 1.120. El autor de Las visiones de Lucrecia ha querido guardar -donde hace décadas los ricos encerraban joyas y títulos de propiedad-, 75 cartas que le envió a su hija, entre 1993 y 2001, cuando Ana Merino residía en Holanda y, más tarde, en Estados Unidos. El escritor leonés, arropado por su mujer y sus dos nietos, también dejó los originales manuscritos de dos cuentos pertenecientes al libro Cuentos de los días raros. Asimismo, con dificultad, dado el voluminoso legado, introdujo en la caja las ediciones iniciales de siete libros que, en cierto modo, resumen su larga trayectoria literaria de 52 años: su primer poemario, Sitio de Tarifa; su primera novela, Novela de Andrés Choz, prologada por su amigo Luis Mateo Díez; su primer libro de relatos, Cuentos del Reino Secreto; su novela Intramuros, donde rememora vivencias de su infancia y juventud en León; un ejemplar de Parnasillo provincial de poetas apócrifos, recopilados por Merino, Mateo y Agustín Delgado; una edición de bolsillo de los Cuentos de los días raros; y un ejemplar de Palabras en la nieve, que reúne algunos de los minicuentos que el escritor, junto a Mateo y Juan Pedro Aparicio leen en los filandones con los que han recorrido varios países. Además, el autor de La orilla oscura, ha ‘colado’ en la caja tres figuritas de los Reyes Magos, de los años 40 o 50, porque «siempre tuve gran afecto por los belenes y los Reyes Magos son los personajes míticos a los que más amo», confesó. Aunque los números no sean contiguos, en la caja de al lado a la de Merino, en la 1.106, está encerrada la ‘herencia’ que dejó hace justo un año Luis Mateo Díez.
Tres leoneses con caja
Merino es el tercer leonés con ‘caja propia’ en la institución que dirige el poeta Luis García Montero, tras Antonio Gamoneda y Luis Mateo Díez, ambos premios Cervantes. Montero explicó que «en la Caja de las Letras ejercemos la memoria» y «recibir las mejores herencias es una forma de afrontar el futuro». Contó que Merino desembarcó en 1972 en la literatura «con muchas ganas de jugar y de conmovernos».
Tras el depósito en la Caja de las Letras, el escritor leonés participó en una mesa redonda en torno a su último libro de relatos, Yo y yo en breve, acompañado por la filóloga y profesora en la Saint Louis University Ángeles Encinar y la escritora Ana Merino, hija del homenajeado. Yo y yo en breve reúne narraciones muy cortas en las que combina el humor, la sorpresa y la inquietud ante lo desconocido, relatos que giran en torno a temas tan sugerentes como la identidad, el doble, la frontera entre la vigilia y el sueño, las realidades paralelas o la inteligencia artificial. Merino, uno de los grandes maestros del género del relato en España, construye en este libro un artefacto literario genial, al modo de las muñecas rusas, en el que las ficciones encierran ficciones que además hablan unas con otras y comparten personajes o situaciones. El escritor leonés también publicó en verano La belleza de los cuentos (Eolas Ediciones), donde desnuda un género que domina a la perfección. No sabe a ciencia cierta cuántos ha escrito a lo largo de su vida. «Puede que más de un centenar de cuentos canónicos y otros tantos minicuentos». ¿De dónde saca el material para tantas historias? Responde que la realidad está llena de ellas. Es tan importante la historia como la forma de relatarla. Merino cita una máxima del imprescindible y apócrifo profesor Souto: «La extensión en el cuento es inversamente proporcional a la intensidad». El autor de Musa Décima revela que no se considera terminado mientras se le ocurran cuentos.
La cámara acorazada del número 7 de la madrileña calle de Alcalá, sede de un antiguo banco y ahora ocupada por el Instituto Cervantes, se transformó en Caja de las Letras en 2007. La estrenó Francisco Ayala a sus 101 años; y dos meses después, Antonio Gamoneda, quien eligió la fecha de 2032 para desvelar su contenido. El 15 de noviembre del año pasado, Mateo Díez dejó en la caja 1.106 dos manuscritos inéditos: los cuadernos de notas de Los seres desaparecidos y el opúsculo Convulsaciones. Ayer el creador del reino de Celama regresó a las Cajas de las Letras para acompañar a su amigo Merino.