Diario de León

UN TERRITORIO LITERARIO

El León que contaron desde Lorca a Darío Fo

Autores como Richard Ford, Jovellanos o Cela inmortalizaron la provincia en sus libros

Unamuno, en el centro, en una imagen del documental ‘Palabras para el fin del mundo’. ARCHIVO

Unamuno, en el centro, en una imagen del documental ‘Palabras para el fin del mundo’. ARCHIVO

Verónica Viñas
León

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León ha sido fuente de inspiración para muchos escritores. Algunos solo estaban de paso, pero acabaron seducidos por los paisajes y sus gentes. Le ocurrió a sir Muirhead Bone. Sus dibujos despertaron el interés por este país en escritores como Chris Stewart, autor del best seller Entre limones y ex batería de Génesis. En 1930 Bone expuso en Londres las estampas de su aventura leonesa. A raíz de la muestra, el artista escocés firma con la editorial MacMillan para la publicación de un libro, que incluye seis ilustraciones de León capital, cuatro de Villafranca del Bierzo, cuatro de Sahagún y una de Astorga -maragatos comprando comestibles en la Plaza Mayor-.

Richard Ford y George Borrow, los más célebres viajeros del XIX, quedaron impactados por comarcas como la Maragatería y el Bierzo.

Han tenido que pasar cien años para que Emilia Pardo Bazán sea reconocida entre los grandes escritores de su generación. Una mujer inquieta que quiso ser una viajera de su tiempo y ofrecer una imagen, a veces cruda y crítica, de los paisajes y las gentes que dejaba atrás a bordo de un ferrocarril que era «como un sueño fantástico de las imaginaciones gallegas», según escribe la propia Bazán en sus Apuntes autobiográficos. León fue escenario de alguna de sus obras —como El viaje de novios—, un lugar de paso y enlace de trenes.

Federico García Lorca estuvo en León al menos en dos ocasiones. En 1916, en el viaje que daría como fruto el libro ‘maldito’ Impresiones y paisajes; y en agosto de 1933, tres años antes de ser asesinado, cuando pasó por la ciudad al frente de su grupo de teatro La Barraca. La primera vez que Lorca pisó León fue en el transcurso de un viaje junto a su amado maestro Martín Domínguez Berrueta, quien avivó en el joven -más inclinado por entonces a la música y, en concreto, al piano-, el amor por la literatura. El autor de Poeta en Nueva York recorre la ciudad los días 30 y 31 de octubre de 1916 teniendo como guía a Clodoaldo Velasco, canónigo de la Catedral, y a Juan, hermano de Domínguez Berrueta, profesor de instituto en Salamanca. En el libro Impresiones y paisajes, que fue un fracaso de ventas, por lo que Lorca hizo una hoguera con todos los ejemplares que pudo reunir, únicamente hay ‘pinceladas’ de su paso por León.

Los demonios de Unamuno

El autor de San Manuel Bueno, mártir, que presumía de ser uno de los españoles que más capitales conocía, visitó muchas veces León. Sentía predilección por San Isidoro. Tras una de sus visitas a la colegiata escribió: «Difícilmente olvidaré la impresión que se produjo en mi alma cuando entré, hace ya más de siete años, por primera vez en el panteón de los reyes leoneses Tiene para mí San Isidoro de León otro recuerdo, y es que en su solemne recinto, en un día del mes de agosto de 1906, su abad solemne, don Jenaro Campillo, me sacó los demonios del cuerpo con la mandíbula de San Juan Bautista, que allí se venera. Es una historia que he de contar algún día para edificación de las almas sencillas que crean en la mandíbula del Bautista y en mis demonios».

El hombre del paraguas rojo. Así se conocía al gélido periodista Azorín, no tan brillante como Valle-Inclán, Unamuno, Baroja o Machado, pero el que dio nombre a esta generación, la del 98. El escritor mantuvo una larga relación con León. Tenía un plan para «castellanizar» esta provincia. Azorín pensaba de León: «Todo es severo en esta tierra; el panorama y los hombres». Cuando Lorca visita León con La Barraca, Francisco Pérez Herrero, el poeta que engrandeció la leyenda de Genarín, le hizo una entrevista en la que le preguntó por el autor de Las confesiones de un pequeño filósofo. «No me hables de Azorín, que merecería la horca por voluble», afirmó.

Un Nobel tuberculoso

Tras un breve escarceo en los Monegros, donde resultó herido, Camilo José Cela se libra de seguir combatiendo en la Guerra Civil por padecer tisis. El joven intenta regresar a Galicia, pero las comunicaciones son difíciles. Tras varios días de viaje en tren, llega a León. Tiene fiebre. Decide pedir ayuda a su tío Pío, hermano de su padre, que era ingeniero de Obras Públicas. Su tío le lleva a la consulta de Olegario Llamazares, quien, además de confirmar la enfermedad pulmonar, sentencia que está malnutrido. Ante semejante diagnóstico, su familia leonesa le envía, con gastos pagados, a una pensión de La Vecilla. Un episodio que recordaría en sus Memorias: «Desayunaba tres huevos fritos con panceta, morcilla o chorizo, según los días...». Cela volvería en numerosas ocasiones en León.

En 1984, cuando Darío Fo representó en León Misterio bufo, el polifacético dramaturgo italiano era ya un genio consagrado. Lamentó pasar solo dos días en la ciudad, lo que le resultaba demasiado poco para introducir en su monólogo algún detalle netamente leonés que hiciera entender al público que el suyo no era un espectáculo estático. Fo se dejó cautivar por la leyenda de Genarín. De hecho, se llevó los romances del ‘santo pellejero’ escritos por Pérez Herrero con la idea de escenificarlos en un futuro. Cuando desde el escenario del Teatro Emperador divisó en primera fila una hilera de señoras con abrigos de piel exclamó con ironía: «¡Cuántas pieles! ¿Todos banqueros?».

Umberto Eco, autor de la inolvidable novela El nombre de la rosa, quedó deslumbrado por el monasterio de Escalada.

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