EL PATRIMONIO EXILIADO
Un botín leonés entre Rusia y EE UU
San Petersburgo y Nueva York poseen dos marfiles que salieron de San Isidoro y originalmente formaban parte de la misma pieza

Detalle del marfil que se encuentra en Nueva York.
Dos marfiles leoneses que, con seguridad, formaron parte de una misma pieza, fueron a parar al Museo de San Petersburgo y al Metropolitan de Nueva York. La web Nostra et Mundi, recién creada, se ha propuesto localizar, catalogar y difundir el patrimonio histórico-artístico de Castilla y León disperso por el mundo. Los marfiles leoneses son las dos primeras piezas leonesas incluidas en este proyecto. Ambos museos tienen identificado el origen leonés de las placas —de finales del siglo XI o principios del XII— y cómo llegaron a ellos desde León. La obra que atesora el Hermitage de San Petersburgo, de 13,5 por 13,5 centímetros, representa a las Tres Marías ante el sepulcro y recaló en el museo ruso en 1885. Esta exquisita talla formaría parte de una pieza mayor en la que aparecerían otras escenas relativas a la vida de Cristo. La historiadora Noemí Álvarez da Silva ha estudiado conjuntamente esta placa con las dos del Metropolitan Museum of Art, Camino a Emaús y Noli me tangere; y en la Colección Massaveu de Oviedo. Nostra et Mundi explica que «tanto la delicadeza de la talla, como la disposición alargada de los cuerpos, así como los gestos de las figuras, permiten relacionar esta obra con otras elaboradas en León en las mismas fechas».
Fue donada al Hermitage Museum por el coleccionista Alexander Petrowitsch Basilewski, un diplomático ruso que llegó a reunir una excelente colección de arte, en la que destacaron las piezas de marfil.
La placa del Metropolitan es el doble de grande (27 por 13,4 centímetros). Las escenas representadas son alusivas a dos apariciones de Cristo tras su resurrección: el camino de Jerusalén a Emaús dos discípulos se lamentan por la Crucifixión —en la parte superior—, y la aparición a María Magdalena, que primero le confunde con un jardinero y, cuando lo reconoce, Jesús dice que no le toque (noli me tangere), porque aún no ha ascendido al cielo.
Las dos exquisitas tallas, tanto la de San Petersburgo como la de Nueva York, salieron de San Isidoro, que contaba con uno de los principales talleres de producción de marfiles en el siglo XI. La pieza del Metropolitan tuvo una agitada historia antes de llegar a Manhattan. El francés Georges Hoentschel, decorador de interiores, ceramista y arquitecto, conocido por el pabellón de la Exposición Universal de París de 1900, era un hábil buscador de obras de arte para sus clientes, lo que motivó que él mismo formase su propia colección. Gran parte de las obras que llegó a reunir se las regaló a su amigo John Pierpont Morgan, un magnate norteamericano de los ferrocarriles. Morgan se dedicó a viajar por el mundo a la caza de obras de arte. En 1871 se convirtió en benefactor del Metropolitan Museum of Art, museo al que legó gran parte de su colección, incluido el marfil leonés.
En 2013, el Metropolitan invitó a una serie de curadores para que eligieran una obra de arte del museo que cambió su forma de ver el mundo. Peter Bartnet eligió la placa Camino a Emaús y Noli me tangere, porque «la mayoría de las representaciones medievales de Jesús son amables. ¿Por qué esta talla es tan dramática?», se preguntó. «El poder que tiene esta esculturareside en el hecho de que no siempre se preocupa del naturalismo y sí de contar una historia».
El báculo descabezado
El museo ubicado en Central Park custodia también un curioso báculo de marfil, de la misma época que las citadas placas, de cuya procedencia solo especifica que es «del norte de España». Lo mismo sucede con un crucifijo relicario de marfil, del siglo XII procedente también del «norte de España». Ambos podrían haber salido de San Isidoro. El MET posee una de las mayores colecciones de arte de marfil anterior al siglo XV. Recientemente, el museo neoyorquino decidió investigar sus marfiles. Los expertos Nicole Pulichene y Andrew Mellow se fijaron especialmente en el citado cayado, que estaría coronado por una cruz o una voluta. Al ampliar las figuras y observarlas con técnicas modernas, encontraron algunas discrepancias en acabado de un mismo grupo figurativo. Es difícil saber si el artista tallador tomó atajos. «Probablemente nunca sepamos las verdaderas condiciones de fabricación y uso de este objeto único, pero las huellas de creatividad escultórica que conserva son precisamente la razón por la que nos fascina hoy».