UNA RESTAURACIÓN MONUMENTAL
El arco de triunfo de la Catedral de León sale de las tinieblas
El trascoro, obra maestrra del Renacimiento, se libra de los andamios y vuelve a lucir el blanco del alabastro y los dorados originales tras nueve meses de una rehabilitación que ha sufragado íntegramente el Ministerio de Cultura

Así luce el trascoro tras librarse ayer de los andamios y plásticos que lo recubrían.
Lleva nueve meses enfundado en plásticos. Bajo ellos, la empresa madrileña Talleres de Arte Granda ha llevado a cabo la restauración de uno de los mayores tesoros de la Catedral de León: el trascoro. Tras librarse ayer de andamios y plásticos, ha emergido en toda su majestuosidad. El arco de triunfo había quedado invisibilizado por la mugre. El polvo de siglos impedía apreciar el blanco alabastro y los dorados de una joya renacentista en la que intervinieron maestros como Esteban Jordán y Juan de Juni. Ahora se aprecian todos los detalles de los relieves.
Han transcurrido justo los nueve meses de plazo que la empresa adjudicataria tenía para devolver la majestuosidad perdida a esta obra maestra. Pese a la «rapidez» de la restauración, el Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE), dependiente del Ministerio de Cultura, se ha tomado su tiempo, tras varios análisis previos que duraron cuatro años. El informe desveló múltiples «tropelías», como un sistema de cableado eléctrico fijado al trascoro, que fue retirado durante la fase de investigación por el equipo de mantenimiento de la propia Catedral. El IPCE ha costeado íntegramente la rehabilitación, por importe de 420.699 euros.
El arco de triunfo de la Catedral, que rompe la unidad espacial del templo y «tapa» prácticamente la nave central, sufría numerosas patologías, fundamentalmente porque en el siglo XVIII se cambió su ubicación. El traumático traslado en el año 1746 desde el presbiterio y su nuevo montaje en la nave mayor, donde ha permanecido hasta la fecha, dejó numerosas secuelas. La reinstalación del trascoro provocó «uniones mal encajadas, numerosas roturas y pérdidas matéricas», según el informe firmado por Susana Alcalde Amieva, subdirectora general del IPCE.
El incendio que asoló la Catedral leonesa el 29 de mayo de 1966 también dejó su huella. «Aunque no se puede valorar qué impacto pudo haber tenido en el trascoro, a buen seguro lo hizo, por lo que quizá también habría sido objeto de alguna intervención coincidiendo con las obras que se acometieron en la Catedral para reparar los daños», dice el informe técnico.
Las tallas de madera del trascoro padecían numerosas grietas, fracturas y mutilaciones, por ejemplo, en los dedos de la mano derecha de san Isidoro, así como en el brazo y parte de la vestimenta de la sibila situada a la izquierda. En cuanto a la policromía, hay incontables craqueladuras, así como desgastes y abrasiones. Algunas imágenes tuvieron que ser desmontadas, como las sibilas de madera, el crucificado, los ángeles que acompañan a la Asunción y todas las esculturas que estén en posición inestable o con peligro de caída.
Documentos preservados en la Catedral, como contratos con los artistas, permiten verificar la cronología del trascoro. Ubicado desde el siglo XVIII en el corazón del edificio es una auténtica maravilla del Renacimiento, gracias al talento y la delicadeza de los maestros que lo ejecutaron.
Fue proyectado por Juan de Badajoz, ornamentado por Juan de Juni y los mejores maestros del momento —como los franceses Angers y Doncel, que ya habían colaborado en San Marcos—, y concluido por Esteban Jordán y artistas de la talla de Bautista Vázquez, que ganó el concurso para realizar el Crucificado que corona el trascoro.