ESCRIBIR EN SECRETO
El poeta leonés que quiso ser clandestino
Un extenso libro de Eduardo Mogas saca del olvido a Basilio Fernández, el único autor al que concedieron el Nacional de Literatura una vez fallecido

El poeta de Valverdín Basilio Fernández López.
Sesenta años escribiendo poesía en secreto. Un caso insólito en la literatura española. Basilio Fernández, nacido en 1909 en el pueblo montañés de Valverdín (Cármenes), no publicó en vida ningún libro. Solo cinco solitarios poemas de juventud vieron la luz desperdigados en revistas. Eso fue todo.
La historia podría ser la de un autor sin talento, censurado o maldito. Pero Basilio no encaja en el perfil.
En la editorial Los Papeles de Brighton, nacida de la pasión por rescatar voces olvidadas, acaba de irrumpir un volumen que pesa como un secreto largamente guardado: El esplendor y la amargura. La poesía de Basilio Fernández, de Eduardo Moga. Más de 700 páginas que diseccionan, con la precisión de un orfebre y la ternura de un confesor, la obra de un hombre que vivió entre vinos y coloniales en el bullicio gijonés, pero que en sus cuadernos ocultos tejía versos de melancolía existencial.
Basilio Fernández López tiene un lugar en las antologías porque es el único poeta español que ha recibido el Premio Nacional de Poesía en la tumba.
Hijo menor de cinco varones, su padre, arriero de oficio, lo traslada pronto a Gijón, al almacén familiar de vinos y productos coloniales. Allí, entre sacos de harina y barriles de sidra, transcurre la vida de un joven que estudia Comercio en la Escuela Jovellanos y Derecho en Oviedo y Madrid, donde se codea con Gonzalo Torrente Ballester en los cafés de la Revista de Occidente. Un par de novelas de Torrente —entre ellas, Filomeno a mi pesar— recrean la silueta desvaída de Basilio, que mantuvo siempre la voluntad de escribir poesía sin importarle los destinatarios.
Soldado en dos bandos
En la Guerra Civil, durante la batalla de Santander, se pasa del ejército republicano al franquista, terminando la contienda en Cataluña con el peso de las lealtades rotas a cuestas.
Basilio escribe en secreto, como si los poemas fueran un vicio privado. Discípulo de Gerardo Diego, que le dedicó un poema, ni siquiera entonces rompió su enigmático silencio. Cuando falleció, su sobrino Emiliano Fernández sacó a la luz un universo poético insospechado, tan arriesgado y audaz como sólidamente anclado en la mejor tradición del verso español y europeo, tan descarnado en ocasiones como cargado de ternura en otras, siempre profundamente humano, arrebatadamente libre.
Amigo de Luis Álvarez Piñer, devora a los creacionistas: Vicente Huidobro, Juan Larrea y el propio Gerardo Diego. Sus primeros versos, de 1927 a 1929, son diecinueve textos que invocan «el poder alumbrador de la palabra», como los describe Eduardo Moga en su estudio, donde la imagen se desborda en metáforas de luz. Solo cinco de ellos aparecieron en revistas. Luego, silencio.
Décadas de comercio, de estancias en Barcelona como representante, de viajes a Italia que le dejaron huella y una vida prosaica hasta el tuétano. Pero en sus cajones ocultaba un arsenal: Solitude, optional april (1929-1937), un poema largo en verso libre que anticipa el modernismo de T.S. Eliot; Canciones a María Luisa (1940-1943), sonetos clasicistas dedicados a un amor que quizás fue real o soñado; y Mano sin rosas (1957-1969), siete piezas de sobriedad melancólica, influídas por los surrealistas franceses y hasta por Lezama Lima y Octavio Paz. La muerte le sorprende el 18 de abril de 1987 en Gijón. Basilio escribió con secreta perseverancia en libretas que descifró su sobrino, el profesor Emiliano Fernández Prado, y, en 1991, Llibros del Pexe publica Poemas 1927-1987, con un epílogo de Torrente Ballester.
No hay constancia de que alguien leyera los poemas que escribía. Su sobrino explica en un prólogo: «Al final, la clave sobre la que se construye su obra poética es la voluntad de aislamiento, de escribir y, en cierto modo, vivir sin interlocutores: no formar una familia, mantener una reserva estricta sobre una parte muy importante de sí mismo, no tener ninguna relación con un ambiente intelectual, no formar parte de ninguna iglesia, no manifestar abiertamente ninguna ideología; evitar, en suma, todo aquello que comprometa esa vida interior, ya sea abriéndola a otros o empujándole a falsearla».
El poeta leonés Antonio Gamoneda lee su obra y se estremece. El jurado del Premio Nacional de Poesía, en 1992, le corona póstumamente, un hito inédito en España. De pronto, Basilio emerge como una figura mayor, un puente entre la Generación del 27 y el siglo XX, con ecos de Pessoa y el jazz que tanto amaba.
Su Poesía completa (2015) añade 36 inéditos, revelando una evolución del estallido creacionista a la contemplación mayúscula de Hay un mayo cualquiera (1977) o el extenso Raudos contornos donde el silencio persevera (1981). Eduardo Moga, licenciado en Derecho y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, es un nómada de la palabra, un poeta que ha reunido su obra en los tres tomos de Ser de incertidumbre (2024), galardonado con el Adonáis en 1995 por La luz oída y el International Latino Book Award por Insumisión (2014). Crítico voraz, ha desmenuzado en ensayos como Lecturas nómadas (2007) o El oro de la sintaxis (2020) los meandros de la lengua. Su tesis doctoral de 2011 ya se inclinaba ante Basilio —La poesía de Basilio Fernández: El esplendor y la amargura—, un análisis que ahora, revisado y ampliado, se erige en una obra monumental sobre el poeta leonés que ocultó su talento durante 60 años.