ESCRIBIR CONTRA EL SILENCIO Y EL OLVIDO
"Nunca sabremos cuánta gente queda en las cunetas»
Emilio Silva, fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, relata su historia familiar en el Bierzo en su primera novela, ‘Nébeda’

Emilio Silva, periodista, escritor y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.
En el corazón del Bierzo, donde las historias duermen bajo la tierra, Emilio Silva ha desenterrado no solo los restos de su abuelo, sino también una novela que llevaba más de dos décadas guardada. Nébeda es mucho más que un libro, es un grito contra el silencio impuesto, un homenaje a la memoria de una familia rota por la represión y un intento de restaurar la verdad de la Segunda República. Con un estilo que mezcla historia real con ficción, Silva teje una narración que huele a la 'menta de los gatos', la nébeda que usaba su abuela Modesta para dar sabor a las castañas.
«La escribí en 1999. Dejé mi trabajo para escribirla. Iba al Bierzo los fines de semana a entrevistar a gente mayor para que me contara historias que habían ocurrido por allí», cuenta Silva, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH). Fue en una de esas visitas, en marzo del 2000, cuando su vida dio un vuelco.
Arsenio Marcos, un preso político de la dictadura, le llevó hasta la fosa donde yacía su abuelo, Emilio Silva Faba, asesinado en 1936. «Acabé la novela, pero mi vida dio ahí un giro. Creamos la asociación, identificamos a mi abuelo, va a hacer este mes 25 años de esa exhumación, y yo la novela la he tenido guardada», dice.
El silencio, ese manto pesado que cayó sobre tantas familias republicanas, también envolvió a los Silva. «Cuando era pequeño y preguntaba por el abuelo que había muerto en la guerra, mi padre decía que no podía hablar de eso fuera de casa. Yo temía que mi abuelo hubiera hecho algo muy malo», confiesa. Ese miedo a hablar, a significarse, se convirtió en una sombra que lo acompañó hasta el año 2000, cuando en Priaranza, frente a la fosa de su abuelo, pronunció una frase que marcó un antes y un después: «Aquí nació mi silencio y aquí murió mi silencio».
Nébeda no es solo la historia de su familia, sino un mosaico de memorias descolocadas, como él mismo describe. La novela narra el asesinato de su abuelo, un republicano de Pereje, pero también imagina a dos jubilados que, exiliados en Argentina en los años 50, regresan tras la muerte de Franco con un plan quijotesco: volar el Valle de los Caídos. «Uno de los protagonistas, que podría ser mi padre, se llama Justo. Tiene mucho miedo a llegar a Pereje porque ha perdido muchas cosas allí. Ha estado muchos años fuera y lo que más le duele es volver a ver su casa familiar», explica Silva. La narración alterna dos tiempos: el regreso al pueblo y el estallido de los recuerdos al enfrentarse a esa casa que guarda las cicatrices de la historia.
Consciente del peso de las palabras, Silva evita mencionar la expresión «guerra civil» en toda la novela. «Es un homenaje a mi abuelo, a mi familia y a toda la gente que construyó la primera democracia que hubo en España», afirma. En su relato, la Segunda República no es un preludio del caos, como a menudo se ha pintado, sino un proyecto democrático que fue aplastado. «Mi abuela Modesta, que nació en Pereje en 1904, votó en las elecciones de 1933, volvió a votar en 1936 y tuvo que esperar hasta 1977 para volver a votar. La Transición ya la había hecho en los años 30. Lo que hizo mi abuela fue recuperar la democracia». Para Silva, la Transición, lejos de ser un comienzo, fue un velo que ocultó el pasado democrático de España, una narrativa que ensalzó a los «siete padres de la Constitución» —cuatro de ellos altos cargos franquistas— mientras enterraba a los verdaderos artífices de la democracia, las familias republicanas.
La publicación de Nébeda llega en un momento inquietante, con el auge de la ultraderecha, alimentado por un 30% de jóvenes varones que, según las encuestas, fantasean con que una dictadura podría resolver los problemas de España. «Voy a bastantes institutos, en Madrid, para hablar de estos temas. Me han silbado el Cara al Sol», relata. «Es difícil no repetir la historia, incluso aunque se conozca. Mark Twain decía que la historia no se repite, pero a veces rima. Igual ahora está rimando un poco», advierte.
La memoria no es un lujo
Silva no solo escribe para recordar, sino para combatir la ignorancia. En sus charlas, explica a los jóvenes qué significaría vivir en una dictadura: «Lo primero que les desaparecería de las manos sería el móvil, y el 99% de los contenidos que consultan en él estarían prohibidos». Su mensaje es claro: la memoria no es un lujo, sino una necesidad. «Nunca vamos a saber cuánta gente queda en las cunetas. Yo nunca he encontrado un documento que dijera que asesinaron a mi abuelo. Habrá mucha gente asesinada extrajudicialmente que nadie va a reclamar porque su familia se exilió o murió en Argentina o México».
En Nébeda, Pereje no es solo un escenario, sino un personaje. «Es casi la protagonista de la novela», dice Silva, evocando los veranos de su infancia. A pesar de la dureza de la historia familiar —su padre, el mayor de seis hermanos, tuvo que trabajar a los diez años y nunca volvió al colegio—, el autor siente un arraigo profundo por el lugar. «Me siento muy bien en Pereje. Es un lugar al que le tengo muchísimo cariño. Mi hija me contó que las plantas terminan asimilando el ADN de las personas que respiran allí durante muchos años. No sé si es cierto, pero a mí me pasa algo parecido».
Publicar Nébeda ha sido, para Silva, un acto de liberación. «En el prólogo explico por qué me ha costado tanto. Es como acabar de matar el silencio de mi familia». Un silencio que su abuela Modesta impuso con un golpe en la mesa cuando la conversación se acercaba demasiado a la verdad. «Nunca habló de mi abuelo».