Diario de León
Imagen antigua de la colegiata de San Isidoro, expoliada por las tropas francesas.

Imagen antigua de la colegiata de San Isidoro, expoliada por las tropas francesas.archivo

Verónica Viñas
León

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Un frío día de diciembre de 1808, las tropas napoleónicas dieron cuatro horas a los canónigos de San Isidoro para desalojar la colegiata.

La joya románica se convirtió en cuartel general de la guarnición de dragones, el Panteón Real en establo y las tumbas de los reyes sirvieron de abrevadero para los caballos del ejército invasor.

Los canónigos trasladaron los restos de los monarcas, que habían quedado esparcidos por la 'capilla sixtina del románico', a la vecina iglesia de Santa Marina, donde permanecieron hasta el fin de la francesada, a excepción de la momia de doña Sancha, puesta a salvo en una casa particular.

Mientras España luchaba por su independencia, el emperador francés y sus hombres no solo buscaban conquistas territoriales, sino también el botín artístico. Napoleón ya había esquilmado cientos de tesoros en las campañas de Egipto.

En León, el pillaje fue despiadado. Los canónigos pudieron esconder los relicarios en un convento de monjas cercano y ocultaron pergaminos únicos bajo el altar mayor. Sin embargo, antes de su huida, los soldados cargaron cuarenta carros con joyas y obras de arte, dispararon al gallo de la veleta porque pensaron que era de oro, aunque no consiguieron derribarlo, e incendiaron la iglesia.

Este saqueo no fue un caso aislado. El expolio napoleónico, durante la Guerra de la Independencia, afectó a unas 3.000 obras de arte, según el recuento de algunos historiadores, muchas de ellas destinadas al Museo del Louvre o a colecciones privadas en Francia. A algunas piezas leonesas se les perdió definitivamente la pista.

El «equipaje del rey José», también conocido como Pepe Botella —el hermano de Napoleón impuesto como monarca—, se convirtió en sinónimo de saqueo sistemático, con convoyes que transportaban tesoros hacia París. En la provincia leonesa, el daño se extendió a otros monumentos, dejando un reguero de castillos volados y templos arrasados.

Las tropas francesas estaban mal pagadas y los sueldos llegaban con retraso o no llegaban, por eso los mandos permitían a los soldados el robo y el saqueo. Napoleón estaba al corriente de los expolios.

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