EXPOSICIÓN EN EL ALBÉITAR
Cuestionar lo aprendido y alcanzar la maestría
Juan Rafael expone obra reciente en El Albéitar bajo el título de 'La fluidez del caos', en donde muestra toda una evolución creativa bella y de alto impacto

Vista panorámica de una de las salas de la exposición de Juan Rafael.
Puede haber el reflejo en el arte de «un periodo de tiempo convulso, lleno de contradicciones, regresiones y cuestionamientos de todo lo aprendido», y puede haber belleza. Si se llega a la obra de Juan Rafael, artista leonés de referencia, en visita gentileza de Miguel Ángel Álvarez Barreales, coordinador de Actividades Culturales de la Universidad de León, con sede en El Albéitar, el impacto visual de la obra de este leonés de 1968 es de abundancia y delicadeza, como algunos poemas que aparecen también a lo largo de los cuadros expuestos en esta La fluidez del caos, título de la muestra que ayer inauguró en la sede universitaria leonesa de la cultura.
Hay profundidad en esos cuadros, mensaje abstracto pero también la interpretación directa de la pulsión del artista. Que es resultado de la fuerza creativa que se alimenta de su inquietud y su propia evolución. Cuenta el propio Barreales que «aquí había un cuadro suyo (a la entrada de las oficinas del Albéitar) y un dijo que iba a traer otro. Y lo trajo». Y no era cuestión de desechar su propio arte sino mostrar su coherencia con su propio avance como artista. Y todo, además, con otro interés como es el que en este indagar pueda, como indica al respecto de esta exposición, cuestionar no sólo el qué de su obra sino el cómo ha sido. La fluidez del caos es una exposición espectacular que también tiene la pincelada del artista que abre espacio para otros creadores, en este caso del mundo literario. Con, por supuesto, Eloísa Otero, pero también con Víctor M. Díez, Ildefonso Rodríguez, Felipe Zapico, Aldo Z. Sanz, Silvia Abad Motoliú, Miguel Casado, Olvido García Valdés, Tomás Sánchez Santiago, Juan Carlos Valle Karlotti. Son esos poemas cuadro que Juan Rafael tiene presentes y que convierte en ventanas literarias.
Juan Rafael Álvarez estudió Bellas Artes en la Universidad de Salamanca y forma parte de la generación de artistas que eclosionó en León a principios de los 90, emergentes gracias a la labor de la galería Tráfico de Arte, gestionada por Carlos de la Varga, y de críticos como Javier Hernando Carrasco o José Gómez Isla. Así, en la última década del siglo XX participó en exposiciones tan representativas como «León punto y aparte. La nueva escena artística» (Sala Provincia, 1995), «Las nuevas vías de la abstracción» (Sala Provincia, 1997) o la «Bienal de Maia. Arte jovem» (Maia, Oporto, 1997). Sin abandonar nunca la pintura —desde 1993 ha colgado sus obras en un buen número de muestras individuales y colectivas—, este artista leonés se gana la vida trabajando como freelance en diferentes terrenos vinculados a la imagen (diseño gráfico, maquetación, fotografía, cartelismo, muralismo, decoración, escenografía, acabados pictóricos o escaparatismo). En ocasiones firma como Rafa Murciego (o como Murciego a secas) algunos de esos trabajos que no tienen que ver directamente con la pintura.
DESDE UNA LÓGICA INTERNA
Toda esta biografía conduce a La fluidez del caos, en donde se indica que «podría reflejarse en la manera en que las manos, el pincel o las herramientas se mueven a través de la tela, como si la pintura estuviera tomando vida propia. No se trata de controlarla, sino de permitir que las formas surjan sin una planificación demasiado estricta. Las manchas, los trazos erráticos y las combinaciones inesperadas de colores pueden verse como una representación visual del caos que, al mismo tiempo, tiene una lógica interna y una fluidez que lo conecta todo».
El pintor, al igual que el caos, no tiene control total sobre la obra, pero en la pérdida de control surge una nueva forma de expresión, en la que la fluidez (la interacción entre el pincel, la pintura, el lienzo y el espacio) se convierte en la esencia propia de la obra. Aquí, el caos no es algo que se deba ordenar, sino algo que se debe abrazar.
La fluidez del caos se conecta con la idea de que lo imperfecto, lo incontrolable y lo fugaz también tiene su propia belleza. Cada trazo y cada mancha no tiene que ser perfecto; de hecho, lo que crea la singularidad de una obra de arte es precisamente esa combinación de elementos impredecibles que surgen a medida que el pintor interactúa con su medio.
Esto puede llevar a una pintura que se siente viva, que no tiene una resolución cerrada, sino que refleja la idea de que el proceso de creación es, en sí mismo, caótico y fluido, y que ese flujo es parte de su identidad.