Diario de León

Los vadinienses creían en el más allá: levantaron un templo en La Peña del Castro, su fortín en la Ercina

Historiadores de la ULE documentan en La Peña del Castro un complejo religioso de la Edad del Hierro, único en el norte de la Península Ibérica

Eduardo González Gómez de Agüero, director de las intervenciones arqueológicas en La Peña del Castro, un poblado vadiniense en La Ercina. 

Eduardo González Gómez de Agüero, director de las intervenciones arqueológicas en La Peña del Castro, un poblado vadiniense en La Ercina. Ule

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Ical / S.V.P.
León

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Las últimas excavaciones arqueológicas realizadas por el grupo de Investigación Historia y Arqueología de la Universidad de León en el yacimiento de La Peña del Castro, en el municipio leonés de La Ercina, permitieron documentar un complejo religioso de la Edad del Hierro de carácter excepcional en el norte de la Península Ibérica.

Se trata de un conjunto formado por dos edificios de culto que presentan un notable estado de conservación y que están situados junto a una de las principales entradas del poblado. Según apunta el director de las intervenciones arqueológicas y profesor del Departamento de Historia de la ULE, Eduardo González Gómez de Agüero, el uso de estas instalaciones se fija entre los siglos II y I a.C.

El hallazgo tuvo lugar en el mes de agosto durante la octava campaña de intervención que se llevó a cabo en el yacimiento leonés y que se centró en una estructura realizada en piedra que había sido localizada en campañas anteriores. «En esta intervención se documentó un edificio en cuyo interior aparecieron restos de combustión relacionados con un altar, así como diferentes ofrendas depositadas en este espacio», añade González Gómez de Agüero.

Construido en piedra y situado junto al acceso suroeste del poblado, el edificio se emplaza en plena calle principal del asentamiento y presenta una planta singular en forma de «D», con un diámetro aproximado de seis metros, destacando el uso de arenisca de tonalidad amarilla en su construcción.

El acceso se realizaba mediante una entrada sobreelevada con varios escalones y su interior era diáfano, ocupado parcialmente por una plataforma que albergaba un gran altar de morfología cuadrangular, cuya superficie aparece intensamente alterada por el uso reiterado del fuego. En el interior del altar se recuperaron restos carbonizados de huesos de animales domésticos y de cereales, lo que confirma, según detalla el profesor de la ULE, la realización de rituales con ofrendas tanto animales como vegetales.

Este edificio se encontraba directamente relacionado con otro templo situado frente a él, al otro lado de la calle principal, conectado por medio de un paso elevado realizado con bloques de piedras y con el que formaba un conjunto unitario de carácter religioso. Esta segunda estructura, excavada en 2014, comparte una concepción arquitectónica similar, con planta en D y acceso elevado, aunque presenta mayores dimensiones, alcanzando los ocho metros de diámetro.

Construida en esta ocasión con piedra de tonalidad rojiza, su interior se divide en tres estancias, una de las cuales albergaba un altar realizado con lajas de piedra situado en el extremo oeste. En una de las salas contiguas, los investigadores de la ULE recuperaron un destacado ajuar ritual, entre el que sobresalen un gran cuchillo sacrificial y diversos recipientes vinculados a prácticas de purificación. Además, en la entrada del edificio, ya en la calle de acceso al poblado, se documentó un pozo excavado en el terreno que habría sido utilizado para la realización de ofrendas.

Ambos edificios configurarían un complejo religioso de gran entidad que, según señaló el director de la excavación, estaría destinado tanto al culto de divinidades relacionadas tanto con los ciclos agrícolas como con fuerzas ctónicas o de la tierra. «Este conjunto de espacios religiosos es algo excepcional en el norte de la Península Ibérica y constituye una fuente de información de gran valor para conocer unas creencias especialmente difíciles de documentar en las comunidades de la Edad del Hierro», subraya González.

Estas construcciones juegan un papel «importante» en la monumentalización del poblado vinculado a los procesos de complejización social que se van a producir en el asentamiento en estos momentos. Este proceso implica la paulatina diferenciación social entre los habitantes del poblado, además de la privatización de espacios públicos o la intensificación de las relaciones con las comunidades de la meseta.

«Aunque la existencia de espacios rituales de la Edad del Hierro en el norte peninsular es algo recurrente, el complejo documentado en La Peña del Castro supone un hallazgo de gran importancia por su excepcionalidad, al encontrarse en un ambiente urbano y configurado por varios edificios, así como por su excelente estado de conservación», destacó el director de la investigación, que apuntó a que el análisis de los materiales recuperados abre nuevas vías de estudio para conocer mejor las creencias y modos de vida de los habitantes del norte peninsular antes de la llegada de Roma.

Las excavaciones del pasado año se enmarcaron en el proyecto «Territorio y Patrimonio. Los pilares un turismo cultural sostenible en el medio rural», englobado en el programa Interreg VI-A de Cooperación Transfronteriza España-Portugal que cofinancia junto a la Junta de Castilla y León. Además, se contó con el apoyo económico y material del Ayuntamiento de La Ercina. Por su parte, los trabajos de laboratorio y análisis se están llevando a cabo en la Universidad de León por parte del grupo de Investigación Historia y Arqueología, responsable también del trabajo de campo.

Quiénes eran

Los vadinienses, una de las tribus rebeldes a Roma que estaban asentados en la Montaña occidental de León, era una sociedad organizada social y políticamente, autárquica, que se regulaba en torno a asambleas y celebraban consejos de familia. Los arqueólogos han encontrado alguna evidencia de que existía una especie de propiedad privada ya en los castros y tienen una idea fiel de cómo vivían, con constancia de sus topónimos, del nombre que daban al lugar en el que vivían o les rodeaba, de sus dioses. En realidad, no eran un pueblo sino tribus, y no todos guerrearon porque hubo clanes que pactaron con los romanos e incluso, como los brigecinos, que traicionaron a los astures.

Tenían una agricultura muy avanzada. Los vadinienses del castro de La Ercina, que vivían ya allí entre el año mil y el 900 aC según los estudios de González, tenían arados de metal y su producción era muy diversificada. Los arqueólogos del poblado de La Peña del Castro creen que utilizaban los valles colindantes como zona de cultivo, lo que encajaría con la tesis de que tenían terrenos comunales y que esa organización es la que les permitió conservar Roma cuando fueron bajados de las montañas. Pero faltan muchas piezas para completar el puzle. La mayor dificultad es la ausencia de enterramientos cántabros y astures. No se sabe qué hacían con sus muertos.

A Cayo Julio César Augusto, primer emperador romano, cántabros, astures y vadinienses le obligaron a venir a Hispania en el 26 aC para tomar personalmente las riendas de la contienda. Para César Augusto no era una guerra más. Se jugaba su prestigio militar y político. Y el control estratégico del Mediterráneo occidental, acceso a inmensos recursos minerales —y no sólo al oro— para fabricar armas, la gestión de una gran despensa agrícola y mano de obra esclava. Entre siete y nueve legiones desplazadas a territorio hostil, 54.000 hombres bien pertrechados para doblegar a los indígenas. Su sistema de lucha, basado en el saqueo y la rapiña, en emboscadas y rápidos repliegues, una especie de guerra de guerillas en palabras de Dion Casio, extenuaba a las legiones. Se negaban a pactar, preferían suicidarse antes que caer cautivos, se resistían a ser sometidos por el poderoso Imperio romano y su maquinaria militar. Lo cuenta en el siglo II Floro, Lucio Anneo Floro, historiador romano, cuya obra es fundamental para conocer las Guerras Cántabras.

Los romanos se vieron obligados a levantar fortificaciones, campamentos de conquista en los puertos de montaña incluso en cordales que rozan los 2.000 metros de altitud. Emprendieron una terrible y cruenta guerra hasta que en el 25 aC impusieron su ley. Bajaron a las tribus de los castros y los obligaron a vivir en llano, a poblar el fondo de los valles. Destruían así su principal fortaleza. El lugar en el que vivieron en León, en La Peña del Castro, mantiene intacto el aura de esta tribu rebelde a Roma.

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